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Introducción

La vida de Mons. Alejandro Labaka es heterogénea: vivió en tres continentes: Europa, Asia y América. En sus 67 años de vida conoció realidades eclesiales muy diferentes: preconciliar, conciliar y posconciliar. Dejó muchas cartas escritas, pero pocas estrictamente “misionales”. Lo que sí dejó como testamento de su espiritualidad misionera es un libro, escrito en la misma selva amazónica: CRÓNICA HUAORANI. En este estudio quiero limitarme solamente a este libro, descubriendo en él algunos rasgos de la misionología actual.

“¿Enriquece Alejandro Labaka el arsenal de Misionología de la Iglesia? – se pregunta Rufino Grández en su voluminosa biografía: Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y de la Hna. Inés Arango. Después de haber leído y meditado Crónica huaorani, puedo asegurar que sí.

 

Primer rasgo: Missio Dei en vez de Missio Ecclesiae.

Tanto la Iglesia como la misión tienen su origen en la voluntad divina de amar. La esencia de la misión se diferencia esencialmente del trabajo misionero. El sujeto primero que actúa en la misión es Dios.

Tenemos que ascender de la misión como actividad propia de la Iglesia a la misión como proyecto fundamental de Dios. Prioridad de la misión con respecto a la Iglesia. Dios siempre ha estado actuando en el mundo, en la historia de los hombres, ya que su voluntad es que todos los hombres se salven (1Tim 2,4) y siempre el Verbo ha estado en el mundo iluminando a todo hombre (Cfr. Jn 1,9) y siempre el Espíritu Santo ha soplado donde ha querido (Cfr. Jn 3,8). No comienza la misión con la Iglesia; Dios es el origen de la misión; la Iglesia se pone a disposición de la misión. ¡La Iglesia es Misión!

¿Qué implicaciones tiene esta doctrina para la misión concreta?

La acción salvífica de Dios entre los pueblos no evangelizados. Dice el documento del Concilio Vaticano II Gaudium et spes: “Todo esto se aplica no solo a los cristianos sino también a todos los hombres de buena voluntad en cuyos corazons la gracia actúa de manera invisible. Ya que Cristo murió por todos; y todos de hecho son llamados a un mismo destino, que es divino, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que , de forma de Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GetS.22)

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

En Crónica Huaorani, p. 108, Alejandro hace esta reflexión: “Nos preguntan: ¿Para qué van a los aucas? ¿Acaso podrán predicarles? ¿Qué pretenden? Sencillamente: queremos visitarles como hermanos. Es un signo de amor con un respeto profundo hacia su situación cultural y religiosa. Queremos convivir amistosamente con ellos, procurando descubrir con ellos las semillas del Verbo, insertadas en su cultura y en sus costumbres. Nada podemos decirles ni pretendemos. Sólo queremos vivir un capítulo de la vida huaorani, bajo la mirada de un Ser creador que nos ha hecho hermanos”.

“De todos modos, Mampahuoe y Omare están muy dentro de nuestros recuerdos. Me hago más bien la ilusión de que son los últimos profetas de un pueblo libre del Antiguo Testamento, esperando entonar el “Nunc dimittis” de la liberación de su pueblo por Cristo” (Crónica huaorani, p. 152)

Alejandro, desde el Concilio Vaticano II en el que participó, ha reflexionado mucho sobre el tema “Semillas del Verbo”, sembradas en otras culturas y religiones diferentes de la cristiana. Dios trabaja en los seres humanos y los pueblos antes de que la Iglesia llegue a ellos. A donde llega el misionero, Dios le ha precedido. El beato Juan Pablo II dijo en uno de sus viajes a América Latina: “Antes que llegasen los misioneros a estas tierras, ya Dios abrazaba con su amor infinito a los Amerindios”.

Como Alejandro tenía presentes estas verdades, ejercitó un estilo misionero humilde, respetuoso y acogedor. Nada impuso, todo lo ofreció. Descubrió los valores de sus cantos, narraciones, tradiciones, su fe en Huinuni: El Ser supremo para ellos.

 

Segundo rasgo: La misión, vida de la Iglesia, servidora del Reino.

No tenemos que identificar Iglesia-Reino. Estaríamos todavía en un concepto eclesiocéntrico de misión. La encíclica Redemptoris missio (1990) ha introducido la clara distinción entre Iglesia y Reino. El cap. II de esta encíclica está todo él dedicado al tema Reino de Dios. En él se afirma: “La realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta viva los “valores evangélicos” y esté abierta a las acciones del Espíritu Santo que sopla donde y como quiere”.

Esta afirmación hace pensar en una noción de misión que trasciende la actividad propia de la Iglesia, para referirse a toda acción misteriosa de Dios, Salvador en la entera historia de la humanidad. No hay que identificar el Reino de Dios con la Iglesia.

La presencia del Reino de Dios no es otra realidad más que la presencia universal del misterio de salvación que Dios ofrece a todos los hombres, que culmina obviamente en Cristo, pero que ya es activo por obra del Espíritu Santo en la entera humanidad: en él participan ya los hombres de todos los tiempos. En los paganos, en sus tradiciones religiosas, hay valores positivos, que pueden y deben ser considerados como preparación, como apertura al anuncio del Evangelio. La Iglesia no es el Reino, está al servicio del Reino.

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

Escribe en Crónica Huaorani: “Creo que, antes de cargarles de crucifijos, medallas y objetos externos religiosos, debemos recibir de ellos las semillas del Verbo, ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido” (Crónica Huaorani, p. 108)

Y en otra página: “El profundo silencio de la noche estrellada fue interrumpido de pronto por la sonora voz de Inihua… era como rescatar un salmo del antiguo testamento del pueblo Huaorani”. (Crónica, p. 166)

Vemos la profunda convicción que tenía Alejandro de que en La cultura huaorani latía la acción de Dios.

 

Tercer rasgo: El valor salvífico de las otras religiones.

Este es un tema central de la actual misionología.

El Concilio Vaticano II nos dio el documento Nostra aetateSobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Este documento fue firmado por Mons. Alejandro Labaka que se encontraba en Roma, participando del Concilio Vaticano II en calidad de Prefecto apostólico de Aguarico, del 18 de noviembre al 7 de diciembre de 1965. Y él se llevó en el corazón y en la mente la doctrina conciliar sobre el diálogo interreligioso.

“Todos los pueblos forman una sola comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios ha hecho habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un único fin último que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designio de salvación se extiende a todos”. (Nostra aetate, 1)

Las tradiciones religiosas no-cristianas representan, en relación al cristianismo, un como Antiguo Testamento, con la diferencia de que éste ha sido suscitado por una abierta y directa intervención de Dios, mientras que no podemos decir esto mismo de otras religiones. Antiguo testamento y tradiciones religiosas no-cristianas son vistas como “praeparatio evangelica”, y en el uno y en las otras, Dios actúa salvíficamente.

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

Escribe en Crónica huaorani: “Descubrir con ellos las semillas del Verbo, escondidas en su cultura y en su vida; y por las que Dios ha demostrado su infinito amor al pueblo huaorani, dándole una oportunidad de salvación en Cristo”. (Crónica huaorani, p.104)

 

Cuarto rasgo: Las semillas del Verbo.

¿Cuándo comenzó Mons. Alejandro a escuchar estas palabras y a reflexionar sobre ellas? Fue en el Concilio Vaticano II, al escuchar este párrafo del documento Ad gentes:

“Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, deben reunirse con aquellos hombres por el aprecio y el amor, reconocerse como miembros del grupo humano en que viven, y participar en la vida cultural y social por las diversas relaciones y negocios de la vida humana; familiarizarse con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubrir gozosa y respetuosamente las semillas del Verbo, latentes en ellas; pero, al mismo tiempo, deben estar atentos a la profunda transformación que se produce entre las gentes y trabajar para que los hombres de nuestro tiempo, entregados demasiado a la técnica y a la tecnología del mundo moderno, no se alejen de las cosas divinas, sino que, por el contrario, despierten a un deseo más vehemente de la verdad y del amor revelado por Dios”. (Ad gentes, n.11)

Tan hondamente quedó grabada esta doctrina de las semillas del Verbo en el ánimo de Mons. Alejandro, que escogió estas palabras para lema de su escudo episcopal.

 

Quinto rasgo: Encarnación en la cultura.

Un rasgo muy acentuado en la misionología y en la práctica misionera de Alejandro es su inserción en la cultura huaorani.

Leamos los siguientes textos de Crónica huaorani:

“Esta vez traigo una inquietud: ver cómo puedo hacer para integrarme en la familia huaorani”.

“Me parece que lo ideal sería integrarme en una familia huao. Pero, ¿cómo? Dos requisitos serían fundamentales: ser útil en algo material y ser aceptado por ellos. Mis servicios de leñador y aguatero”.

Compartiendo el calor corporal:”Y llegué a pensar que es hermoso compartir incluso el calor del cuerpo con el pobre”.

“La vida misionera no es solo adaptación; es, sobre todo, comunión de vida, de costumbres, de cultura, de intereses comunes”.

 

Sexto rasgo: Una misión de actitudes inéditas.

Alejandro Labaka ya llevaba 10 años en contacto con la minoría étnica Huaorani al momento de recibir la ordenación episcopal. Ese día, en su homilía pronunció las siguientes palabras:

“Esta nuestra Iglesia, nacida de la confluencia de varias nacionalidades indígenas de diversas lenguas y culturas, está llamada a descubrir las semillas del Verbo, no asumidas todavía por ella. Los grupos humanos primitivos como son los Huaorani, Sionas, Secoyas, Cofanes, Quichuas, Shuaras, han tenido “maneras propias de vivir su relación con Dios y su mundo”. Su encuentro con Cristo se hace en situaciones inéditas, ofreciendo, por tanto, maneras y actitudes inéditas de vivir el Evangelio como salvación universal”.

Realmente a Alejandro le tocó vivir situaciones inéditas. Especialmente los 22 años que pasó en la Amazonia ecuatoriana como misionero de las minorías étnicas y muy especialmente cuando convivió con los Huaoranis. Situémonos geográficamente en la Amazonía, a la rivera derecha del río Napo. Desde tiempos ancestrales viven ahí pueblos que no han tenido ningún contacto con la “civilización” (llamémosla así desde nuestra ladera). Y entra un misionero a convivir con ellos. ¿Qué hace? Él entró desnudo, desarmado, llevando amistad, amor, aceptación. Y sabía bien a lo que iba, lo dejó escrito en Crónica Huaorani: “Hoy, lo que trabajen por las minorías tienen que tener vocación de mártires”. (Crónica huaorani, 198)

 

Sétimo rasgo: Rasgos de una nueva idea de misión.

Desde criterios evangélicos. Sin duda que en Alejandro se dio una conversión “pastoral”. En sus años de China se enfrentó a un mundo desconocido y participó del concepto de misión de los años 40 del siglo XX. Llegado a Quito en 1954, vivió una pastoral tradicional de religiosidad popular, enfrentada a un ambiente donde tenía fuerza una emisora evangélica con características proselitistas. Destruyó Biblias “protestantes”. Ahora entra en una cultura ancestral, no “contaminada” por la civilización. Entra con el Evangelio en la mete y eran el corazón. Vive la bienaventuranza de los pobres; vive el despojo material, dando su vestido, dejándose despojar de todo.

Una misión de paciencia y de integración. No todo era idílico en los contactos con los Huaorani: estaban de por medio intereses crematísticos en las petroleras, que veían de forma muy distinta el contacto con los Huaoranis. Estaba la relación con el ILV: Instituto Lingüístico de verano, organización misionera evangélica de USA. Y Alejandro, hombre cortés y diplomático por opción y talante personal, tuvo que contar con estas mediaciones. 

Una misión desde los derechos del pobre. Leyendo las cartas perdónales y oficiales y la Crónica huaorani, llama la atención el respeto y sensibilidad que tuvo Alejandro con el tema de los DDHH. Escribe en Crónica huaorani: “Por otra parte, la labor conjunta de las Compañías petroleras, Instituciones de Gobierno y Misiones Religiosas puede obtener la integración de esta interesante minoría amazónicas, sin menoscabo de sus derechos humanos”. (Crónica huaorani,p.24)

La misión desde la cultura del hombre desnudo.

Una misión de la no-violencia.

 

Octavo rasgo: El corazón misionero de Alejandro.

Y después de pergeñar algunos rasgos de la personalidad misionera de Alejandro, quisiera centrar todo en su corazón misionero. Ese corazón que fue atravesado por una lanza tagaeri el 21 de julio del año 1987. Corazón traspasado como el de Jesús. Un corazón que, desde niño, latió a impulsos del ideal misionero. A sus 12 años ingresa en un seminario donde se respiraba ambiente misionero, alentado por entusiastas cartas que llegaban de China, escritas por capuchinos. Y hasta en los cantos se vivía el entusiasmo misionero:

“Grande ideal, amores sobrehumanos . me llaman hoy allende, allende el mar.

Las voces oigo de otros mis hermanos – que el corazón me quieren alentar.

Ya voy, ya voy a la misión querida – ya voy, ya voy tus hijos a salvar.

Que de mi patria es corta la medida – y al mundo entero intento yo abrasar.

Hasta los 25 años vivirá progresivamente el descubrimiento y cultivo del ideal misionero. Y al recibir la ordenación sacerdotal, inmediatamente escribe a su superior una carta pidiendo ser enviado a China.

Carta al superior: “Ecce ego.mitte me!Mi alegría sería inmensa si el Espíritu Santo se dignase escogerme para extender la Iglesia y salvar las almas en misiones…y sobre todo en países de más dificultad y donde más haya que sufrir”.

Un corazón que late con anhelos de entregar toda su vida a la misión hasta derramar su sangre por la fe.

Textos de martirio

“Mi premio ha de ser, oh Madre – al pie de un árbol morir.

De todos abandonado – de todos menos de ti.

Bendita mil veces –diré al expirar – la hora en que me enviaste la fe a propagar.

Y en China va a permanecer del año 1947 al año 1953. Son 7 años en que el corazón de Alejandro latió a nivel universal. China fue la misión añorada y nunca olvidada. Su mente y su corazón se abrieron a la cultura milenaria de un pueblo que no conocía a Cristo. El impacto de China dura toda la vida.

Y la última etapa de su vida, la más larga, de 1954 a 1987, son 33 años, la va a pasar en Ecuador, patria del corazón. Llega a Ecuador con 34 años, en plenitud de vida y entrega todas sus energías a la labor pastoral en Sierra y Costa del Ecuador. Pero es especialmente donde descubre su verdadera vocación misionera, cuando se contacta con los pueblos ocultos amazónicos. Ciertamente que su corazón ha vibrado a impulsos eclesiales universales en la última etapa del Concilio Vaticano II. Allí se fraguó una nueva idea de misión, las semillas del Verbo, que será su lema del escudo episcopal.

Y de su corazón y de su pluma brotaron las páginas de Crónica huaorani, que es su legado misionero, su ideario, la plasmación de su ideal en páginas llenas de fuego. Las escribió muchas de ellas en la misma selva, en las chozas de los Huaorani.

Corazón que derramó hasta la última gota de su sangre para regar la selva amazónica. Corazón que dejó de latir una tarde del 21 de julio de 1987, pero que sigue siendo el símbolo de una entrega misionera hasta el martirio. Corazón enterrado bajo las losas del pavimento de la catedral de Coca, en aquel mismo lugar donde un 9 de diciembre de 1984 se extendió en el suelo para su consagración episcopal.

Ahí está enterrado para brotar en siembra de ideales misioneros.Corazón universal: misionero de China, misionero de América. Una acción misionera, antítesis de una evangelización impuesta arrasando las culturas. La antítesis de una misión que no respeta a los evangelizados. Ahí está ese corazón que clama por una nueva evangelización de amor, de respeto, de entrega hasta dar la vida.