Me preparo para morir

al borde de un sueño,

como el mártir se prepara para morir

de nuevo.

Mahmud Darwish

 

Lo que el olvido se llevó

El día 23/7/1987, dos días después de la muerte de Alejandro e Inés, cuando se estaba a punto de enterrar sus cuerpos en la pequeña catedral Coca, el Municipio de la ciudad levantó un acta oficial en la que podía leerse esta propuesta:

Recomendar su nombre a las generaciones futuras, como ejemplo de honestidad, trabajo, capacidad y sacrificio supremo, en aras del amor para sus hermanos.

Fue un gesto hermoso, pero, como tantos que se hacen con buena voluntad, quizá falto de contenido. Una palabra al viento. ¿Cómo se recomendó a la sociedad ese nombre de Alejandro como un ejemplo?, ¿de qué manera se pensaba mantener en la memoria de todos su esfuerzo solidario, su gesta de valiente, su sacrificio final de amor, por los más olvidados? Nada de eso se decía, ni se previno u organizó. Simplemente se escribió en acta, se firmó; luego se cerró el libro y a otra cosa. Dejemos que el tiempo haga su tarea y borre toda memoria, como hace el río con las pisadas sobre su playa.

En la iglesia de Aguarico, claro está, se sigue manteniendo, de alguna manera, el recuerdo vivo de la vida, trabajo, ideales y muerte de los dos misioneros. Pero, ¿qué sucede en la sociedad de Coca, más aún en el resto del país?

El Municipio decidió también que el puente que une la ciudad con esa carretera que se adentra en tierra huao, y se llama de tan mala manera Vía Aucas, ese puente llevaría su nombre: Alejandro Labaka. Lo pensó muy bien y con justicia. Porque Alejandro fue un auténtico pontífice, es decir, un hacedor de puentes entre las dos orillas culturales: la sociedad huaorani y la nación ecuatoriana. Se empeñó en crear modos de respeto mutuo, de entendimiento y relaciones pacíficas. Precisamente murió en su último intento de construir un puente con uno de los últimos grupos indígenas sin contacto pacífico: los tagaeri. Así que parecía muy propio y justo que ese nombre llevará su nombre, en una placa que se decidió colocar en su base, a la vista de todos, como un recordatorio del hombre que buscaba el diálogo mucho más que la confrontación o la violencia. ¡Y nunca se puso esa placa hasta hoy! Nadie sabe que ese puente se llame Alejandro.

En Ecuador se hizo y divulgó un serial televisivo (tres episodios, si no recuerdo mal, precisamente con el título EL PUENTE LLEVARÁ SU NOMBRE) para el cual se podría recordar aquella afligida sentencia: la buena voluntad no basta. U otra, todavía más lapidaria: hay gustos que merecen palos. Los resultados finales de la serie citada, en efecto, quedaban muy lejos de la generosa intención de su autor.

Es cierto que su nombre ha servido para llamar otras cosas o actividades. Hay, por ejemplo, una línea local de buses llamada así: Cooperativa Alejandro Labaka. Existe una Parroquia del cantón Orellana, con ese mismo nombre. Etc. Pero ya apenas nadie recuerda a quién se refieren, ni quién era ese sujeto. Mucho menos qué hizo, como vivió y murió, por qué se le recuerda en esos títulos. La memoria es débil, si no se la alimenta convenientemente se va desvaneciendo y puede acabar por confundirse.

A pesar de todo, ¿merecería recordarse su figura, como decía la bienintencionada acta municipal de Coca, a las generaciones futuras, las de ahora mismo, como ejemplo? ¿Por qué? ¿Qué hizo por la sociedad de su tiempo? ¿Y en qué sentido puede su figura ser todavía significativa para el nuestro?

La luz de Alejandro es alargada

Dicen los astrólogos que hay estrellas en el firmamento que ya se extinguieron, se apagaron. No obstante, su luz sigue llegando a nuestra tierra a través de la distancia espacial. Esto no es una figura retórica ni pomposa si la aplicamos a Alejandro, más bien se queda corta, porque muchas cosas que él inició han alcanzado su cumplimiento después de su muerte y todavía quedan otras pendientes que es preciso llevarlas a cabo.

Dicen que el tiempo es el juez definitivo, de manera que da o quita razón a las cosas que hacemos, a los pronósticos que aventuramos. En este sentido se habría de afirmar que el tiempo ha sido un juez de lo más benigno con las propuestas, ilusiones y planes de Alejandro; no solo les ha dado validez, las ha confirmado, sino que definitivamente le dio nada menos que toda la razón. Comprobémoslo en unos cuántos ejemplos concretos y más decisivos.

Ya en 1977 él, y muy poquitos más, pidieron que el Estado ecuatoriano reconocieran el derecho de los grupos huaorani a compartir un territorio indivisible y lo más amplio posible. El propuso una delimitación concreta. De las autoridades del tiempo, al ver el mapa, unos sonrieron compasivamente, otros se mofaron de forma abierta, los más amables tacharon de irrealizable y quimérica la propuesta. Alejandro murió diez años después, cuando muchos se iban sumando a su pretensión y la levantaban ya como una bandera, aunque las autoridades continuaban sin aceptarla. Sin duda su muerte fue decisiva en esa lucha e inclinó la balanza hacia su vieja pretensión. De manera que, tres años después de su lanceamiento y 13 después de su propuesta, el Gobierno vino a darle la razón donde gobernantes anteriores no le daban sino burlas. Los huaorani recibieron, al fin, un territorio cuyo primer defensor legal fue el obispo lanceado.

En esos finales años setenta y al comienzo de los ochenta, Alejandro, cuando se dirigía a cualquier huaorani, hombre o mujer, o cuando escribía sobre ellos, les llamaba señor o señora, sin ninguna diferencia con otra persona cualesquiera. Recordamos aún cómo los jefes o trabajadores petroleros se burlaban de él cuando llamaba, con toda cortesía, señores, a aquello lluchitos que se acercaban a robar a los campamentos petroleros. De nuevo, lo que entonces levantaba burlas, ahora es algo reconocido por casi todos. La defensa de la igual dignidad de las personas, por encima de otra distinción del tipo que fuera, fue una de las características más notables del trato de Alejandro.

Años antes de su muerte, Alejandro había hecho también otra propuesta que se consideró, en ese primer momento, como absurda. Él decía que el Estado ecuatoriano debía firmar “un Tratado de Paz” con los grupos aún sin contacto. Al mismo tiempo defendía que el petróleo, la colonización, o cualquier otra forma de conquista, no debía hacerse antes de un contacto pacífico y, por tanto, de una consulta previa y una explicación plausible a esos grupos. La propiedad de la tierra, defendía él, es de los indígenas por encima de las pretensiones de cualquier Estado, por tanto nadie podía actuar en ella sin autorización. Esto que en los años 80 parecía a casi todos en Ecuador desatinado e incluso inverosímil, ahora es doctrina que proviene de la legislación internacional y que acá va aceptándose mal que bien por todos.

Hace poco el actual Presidente ecuatoriano, sr. Rafael Correa, reconoció que el problema de los grupos selváticos aún sin contacto es un problema del Estado, el cual debe reconocer sus derechos y comprometerse a hacerlos respetar. Alejandro hubiera estado muy feliz de escuchar eso. Y aún tendrá esperanzas de que alguno de sus viejos sueños (una enseñanza bilingüe para todos los huaorani, la organización propia y consolidada, la intangibilidad de la selva donde siempre han vivido, etc.) sean aceptados, siquiera sea poco a poco, por una sociedad a la que cuesta demasiado reconocer como igual al diferente.

Sí, la vida y palabra de Alejandro siguen alumbrando los pasos que debemos dar en esta parte de la patria ecuatoriana.

Miguel Angel Cabodevilla

Misionero capuchino

Coca 6.6.2007

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