El próximo año se cumplirán 25 de la muerte violenta de Mons. Alejandro Labaka, junto a la religiosa Inés Arango, en las selvas del nororiente ecuatoriano. Esta muestra Alejandro Labaka–PUENTE ENTRE CULTURAS es como un prólogo de ese año 2012 en que se cumple la efemérides. Se trata de redescubrir a uno de los personajes más relevantes, generosos y valientes de todos los que vivieron en el Oriente durante los últimos años. Alejandro nació vasco/español, pero murió como ecuatoriano, en la patria que había hecho suya para siempre, donde se había nacionalizado y a la que amaba tanto que llamaba en sus cartas: el paraíso verde.

Vivió en Ecuador entre su llegada en 1953 y su muerte en 1987. Residió unos años en la Sierra y la Costa. En cada lugar donde estuvo, marcó huellas profundas de su compromiso con la gente más sencilla. Hombre práctico, siempre apegado a la vida diaria de las poblaciones en las que vivió, dejaba señales de su paso en obras concretas que mejoraran la educación, la sanidad, la convivencia entre las gentes.

Desde su llegada al país quiso vivir en el Oriente, en lo que hoy es Provincia de Orellana. En 1965 consiguió llegar a la Misión Capuchina de Coca, lugar donde residiría hasta su trágica muerte. La región que tantos han llamado infierno verde y él, como dijimos, llamaba paraíso. Fue un admirador incondicional de la selva y sus pueblos. Le tocó vivir los años rudos de la primera invasión petrolera y colonizadora hecha de la manera más desordenada y, a veces, violenta. Alejandro se esforzó por una sociedad ecuatoriana oriental donde se impusieran el diálogo entre culturas, el respeto de los derechos primordiales.

Por eso recordamos al personaje a través de uno de sus máximos valores: él fue siempre, de la manera más valiente y eficaz, puente entre gentes diversas y culturas dispares. Defendía con cariño especial la causa de los pueblos selváticos más débiles o minoritarios, pero trataba de respetar el derecho de todos los ecuatorianos a convivir en el marco incomparable de la selva oriental, a participar de manera justa en el reparto de sus riquezas. La prueba mayor del compromiso con el que cumplía su labor como pontífice (significa constructor de puentes) es su muerte a lanzazos, cuando intentaba mediar en un conflicto entre intereses petroleros y los derechos de un grupo indígena oculto en las selvas orientales.

Tras su desaparición, el Municipio de Coca acordó “recomendar su nombre a las generaciones futuras, como ejemplo de honestidad, trabajo, capacidad y sacrificio supremo, en aras del amor para sus hermanos” (Acuerdo municipal, 23/7/1987). Por esto, para que el tiempo no borre de la memoria ciudadana a uno de sus miembros más generosos y solidarios, es por lo que la FUNDACIÓN ALEJANDRO LABAKA, a través de esta exposición, quiere rescatar el ejemplo de la vida Alejandro entregada en un último intento de mediación, tendiendo un puente hacia la paz.

Tanto como en tiempo de su vida, necesitamos hoy construir puentes de diálogo y solidaridad en una sociedad pluricultural ecuatoriana que vive ahora también peligrosas tensiones internas. Evocar esta figura no será en vano. Así tendremos una buena perspectiva de lo que hemos avanzado o retrocedido desde su desaparición, y de lo que todavía falta por hacer, en esta tarea siempre por renovar que es el convivir en una patria de todos.

1°-UN PERSONAJE POR DESCUBRIR

El Municipio de Coca dispuso en su día, como vimos, recomendar su nombre a las generaciones futuras… Sin embargo, eso no se ha hecho. Probablemente, incluso en el lugar donde murió, Coca, la mayor parte de las ciudadanos desconocen a este personaje.

Lo cierto es que muerte de Alejandro puso a Ecuador, por unos días, en el escaparate del mundo. Que un obispo fuera muerto a lanzazos, en 1987, fue la más conocida noticia internacional sobre nuestro país en aquellos años.

Dentro de Ecuador ocupó las primeras planas de noticieros y periódicos durante días. Lo trágico de su muerte, junto a una religiosa, ¡y de tal manera!, consiguió que el país mirase, siquiera por un rato, lo que sucedía en las selvas orientales, tan desconocidas para la nación.

En Coca, la actual capital de la Provincia de Orellana, el fin de Alejandro tuvo un eco especial, pues era el obispo católico de la ciudad y un ciudadano muy conocido y estimado. Por eso, a la hora del entierro, su cadáver y el de la religiosa, fueron paseados por las calles de una manera espontánea, como dignos de admiración, por la ofrenda que habían hecho de sus vidas.

El eco de su trayectoria sigue aún resonando en diversos foros mundiales. En abril del año 2008 se inauguró en Roma, por voluntad del Papa anterior Juan Pablo II, el Templo de los Mártires del siglo XX. Alejandro e Inés están entre ellos. Desde Coca llegaron a Roma dos objetos personales suyos que están expuestos a vista de todos. Alejandro, pues, sigue siendo uno de los personajes ecuatorianos. Pero quizá nosotros ni siquiera lo sabemos.

Es cierto que dentro de la Provincia de Orellana su nombre permanece en avenidas, parroquias, comunidades, cooperativas, negocios particulares… Sin embargo, la mayoría de habitantes de Orellana y de Ecuador, desconocen quién fue esa persona, cómo llegó a nuestra tierra y se hizo ecuatoriano, por qué murió acá de tal manera. El tiempo borra los recuerdos. Pero hemos de salvar de esa pérdida la memoria de nuestra gente mejor, de aquéllos que nos enseñaron, con su ejemplo, cómo convivir entre todos.

Esto es lo que queremos mostrar en esta exposición. De qué manera Alejandro se preparó para ser puente y cómo consiguió llegar a serlo, arriesgando para ello incluso su vida. Quizá no todos estén de acuerdo en cada una de sus acciones si las miran con la perspectiva actual sobre ciertos temas. Pero, ¡quién podrá negar su entrega en defensa de las culturas indígenas, del diálogo social, de la paz entre todos!

2°-EL GRAN VIAJE

A sus 27 años, en 1947, Alejandro (como religioso se llamaba P. Manuel) se embarcó hacia China. Se había ofrecido voluntario. En ese tiempo, la salida del misionero de su patria era para toda la vida. No se regresaba ya a ver a la familia o la tierra propia. Por tanto, el viaje hacia China, no solo era largo, penoso y difícil, sino que era para siempre.

Alejandro había decidido ofrecer su vida en esa vocación de misionero, que significa enviado. Y que exige salir de lo que uno es, de su tierra, costumbres y mundo familiar, para descubrir y aprender de otros mundos culturales, otras gentes y costumbres del todo diferentes. Son, pues, dos movimientos al mismo tiempo: salir de lo que uno ha vivido y aprender o convivir con la cultura nueva. El viaje era largo por el inmenso trayecto hasta China (casi seis meses le costó llegar a su destino), pero lo era mucho más hasta llegar a comprender el idioma y la nueva forma de vida donde él quería integrarse.

El sitio de su estancia no era una de las grandes ciudades chinas, sino el lugar quizá más pobre de toda la enorme nación. La provincia de Kansu (hoy Gansú), limítrofe con Mongolia. Tierra áspera y seca, de campesinos o comerciantes, con variedad de razas (chinos, mongoles, tibetanos, etc.) y religiones (mahometanos, budistas, confucionistas, cristianos…). Al mismo tiempo, China se encontraba por entonces en plena guerra civil, entre nacionalistas y comunistas. Una guerra violenta, que asoló la región de Kansu y que, con la victoria final comunista, forzó la salida de todos los misioneros, entre ellos Alejandro, en 1953. Todo esto quiere decir que los años de China, si bien resultaron más breves de lo que esperaba, fueron, por su exigencia, de gran importancia en su formación.

Conservamos muchos diarios, cartas, descripciones de la vida china, que Alejandro escribió. Pese a las dificultades de su vida diaria, se aplicó desde el comienzo en el aprendizaje del idioma y se afanó por ser útil. Casi siempre trabajó en un dispensario médico de un pequeño pueblo campesino. Lo cierto es que él quedó maravillado por las tradiciones culturales, así como de las costumbres sociales y religiosas chinas. Se resistió cuanto pudo a la expulsión, pasando incluso momentos de gran peligro. Muchos sacerdotes murieron en la región en ese tiempo convulso.

Alejandro quedó prendado de China y sus gentes. Siguió estudiando su idioma hasta el final de su vida. En 1984, cuando fue consagrado obispo en Coca, dijo públicamente que le gustaría, más adelante, regresar a China como simple sacerdote, acompañado de algunos misioneros ecuatorianos y morir allí.

En 1953, tras ser expulsado a Hong Kon, desde allí mismo se ofreció para ir de misionero al Oriente ecuatoriano donde los capuchinos iniciaban una misión. Un año después llegaba a Ecuador.

3°-ECUADOR: Sierra y Costa

Alejandro llegó a Ecuador con 33 años y una gran mochila de vivencias a sus espaldas después de la difícil misión en China. Era un misionero joven y experimentado al mismo tiempo. Aunque él quiso ir de inmediato a la amazonia, sus superiores lo pusieron en tres destinos de Ecuador que le iban a permitir conocer muy bien el conjunto de su nuevo país que, en seguida, adoptó como suyo.

Vivió en Pifo entre los años 1953-57, luego en Guayaquil 1958-61 y finalmente en Quito 1961-65.

De sus tiempos de China había admirado la cortesía de aquella civilización y esa virtud la mantendría él en su trato con los demás durante toda su vida. Alejandro mantenía un gran respecto y amabilidad con todos. Jamás hacía distinción entre personas a causa de su posición económica, raza, religión, o cualquiera otra diferencia. Probablemente en lo que estarán de acuerdo los que le conocieron es en que Alejandro fue siempre respetuoso y cordial.

Al mismo tiempo era alguien con gran interés por la vida práctica de las gentes con las que convivía. Para él, ser misionero era ser solidario, es decir, estar soldado, unido entrañablemente, al destino de las personas de su alrededor. Sobre todo, como es natural por su condición de religioso, se preocupaba por los más necesitados. Y dado que él tenía un gran don natural de organizador, su forma de interesarse solía ser la de buscar soluciones para mejorar los servicios sociales, la calidad de la vida.

Podríamos reconocer los pasos de Alejandro en cualquiera de sus lugares de vida en Ecuador por la gran cantidad de obras sociales que en ellos hizo nacer, impulsó o construyó. Realmente de él puede decirse: por sus obras lo conoceréis. En Pifo construyó la casa parroquial, los salones de servicio, una escuela aneja, etc. En Guayaquil se interesó sobre todo por la obra educativa en un, por entonces, abandonado sector del guasmo y alentó la construcción del Colegio Rodhe. Al norte de Quito, tras la iglesia de la Concepción, construyó un gran colegio, S. Lorenzo de Brindis, que más tarde los capuchinos donarían a la arquidiócesis quiteña.

No es difícil imaginar qué significaba lograr todo eso en el Ecuador de entonces, cuando Alejandro y los capuchinos no disponían de rentas ni propiedades que permitieran construir y sostener después tales servicios. ¿Cómo lo consiguió? El misionero no dejaba puerta donde llamar en solicitud de auxilio. Fuera en instituciones religiosas (las que más colaboraron), políticas, o de particulares que tuvieran medios suficientes para sumarse a su misión de solidaridad. Existen copias de infinidad de cartas y peticiones, la mayor parte de ellas desoídas o rechazadas. Pero Alejandro era tan cortés como porfiado. Para conseguir una ayuda social era capaz de soportar todos los desaires.

4°-EL HOMBRE QUE AMABA LAS CULTURAS

Algo que asombraba a Alejandro en Ecuador, más todavía en el Oriente, es su diversidad cultural. Él que provenía del País Vasco, minoría dentro de España, apreciaba como muy pocos la riqueza original de cada nacionalidad (en el Oriente comenzó a llamarlas así, antes que nadie), así como la necesidad de ayudarles a defender y desarrollar sus peculiares señas de identidad. Todo lo que fuera poner en peligro el desarrollo propio o la vida característica de cada grupo cultural, sobre todo de los minoritarios y por tanto más frágiles, le parecía que era atentar contra la riqueza común de la patria. Lo sentía como una gran pérdida.

Alejandro fue un adelantado en esa defensa. Desarrolló intuiciones personales y recibió no pocas críticas por ello, tal como podemos encontrar en los periódicos de su tiempo. Él solicitaba derechos que entonces parecían infundados, que bastantes personas rechazaban incluso violentamente, aunque hoy son respetados por la mayoría. Conceptos que ahora suenan familiares, pero no lo fueron en su tiempo, como territorio, cultura y organización propias, educación bilingüe, reconocimiento institucional de las nacionalidades… Proponía organizar el Estado de Ecuador teniendo en cuenta esos derechos anteriores incluso al país actual.

Amaba las palabras específicas de cada pueblo, porque en el habla está la vida propia. Le gustaba darle a este hecho profundidad religiosa, de manera que lo relacionaba con aquello de: la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros… Según él, cada pueblo tiene una manera original y exclusiva de apreciar la realidad, incluso de conocer a Dios. Todo ello está inscrito en su lengua particular, sus tradiciones, el conjunto de su cultura. Tan firme era esa convicción en Alejandro que la eligió como lema de su escudo de obispo: Semina Verbi. Esto es: cada cultura tiene en sí las semillas de Dios. Les falta llegar a su pleno desarrollo.

En la ceremonia de su consagración como obispo, en Coca, diciembre-1984, Alejandro saludó en castellano, euskera, kichwa y wao tiriro. Seguro que le apenó no poder hacerlo en secoya o cofán. En las palabras está el respeto y la vida, decía. Lo sentía tan hondamente que incluso conservaba el idioma chino; lo solía estudiar en las noches por medio de grabaciones. ¡Más de una vez cantó en chino!

Dijimos que Alejandro tendía su mano abierta a todos. Sin distinción. Pero no hay duda que tenía cierta predilección por aquéllos que él sentía más olvidados, pequeños, amenazados. Al repasar su vida y leer su biografía uno se admira de los viajes tan penosos y exigentes que hizo hasta el fin de sus días, cuando ya no era ningún muchacho, para visitar a grupitos indígenas que muy pocos conocían y menos apreciaban. Era feliz entre ellos, disfrutaba con su compañía y sus palabras.

5°/6°-CICAME, su obra en la selva

Alejandro llegó a Coca en 1965 como responsable de la Misión Capuchina-Prefectura de Aguarico. En ese momento, la ciudad contaba siete años de vida; era un pueblito de apenas 300 habitantes. La Misión, ante la falta por entonces de una sociedad civil organizada, era la fuerza principal para el progreso inicial y, de alguna manera, sustituía la presencia estatal. Acababa de inaugurar la pista de aviación, había construido hospital, escuela, colegio, contaba con una fábrica de ladrillos, iniciaba la ganadería… El nuevo Prefecto tomó pronto la dirección de ese empuje colonizador, aunque su verdadero interés estaba en otro lado.

Por entonces los habitantes de Coca se sentían acosados por los que llamaban “aucas”; grupos de waorani no contactados que vivían en la margen derecha del Napo. Se sumaron numerosos muertos de parte y parte. Alejandro se interesó de inmediato en ese asunto, pues el último grupo indígena oculto en las selvas, los waorani, le atraía de modo especial. Cuando quiso buscar información sobre ellos, se dio cuenta que los más experimentados eran los misioneros evangélicos del ILV, los cuales ya habían reducido un buen grupo wao en Tiweno.

Aprendió de inmediato que la Misión, aunque llevaba más de 10 años sobre el terreno, no había estudiado a fondo ni técnicamente las características de cada uno de los diferentes pueblos indígenas que vivían en la zona. Y pensó que lo más necesario era organizar mejor ese conocimiento y la ayuda que les pudiera prestar. Así, con la iniciativa especial de varios misioneros capuchinos nació poco después CICAME, que significa: Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonia Ecuatoriana. Los primeros pasos para ello se dieron al iniciar la década de los 70 y en 1975 era ya una realidad. La sede central del Centro se instaló en la isla Pompeya.

La dirección del trabajo se orientaba hacia lo que Alejandro juzgó entonces prioritario para fortalecer las culturas indígenas locales: territorio, lengua/cultura propia, organización específica. Para resumir de forma muy breve sus actividades principales, podríamos decir que se centraron en:

Rescatar y elaborar las tradiciones orales de los pueblos indígenas del área y convertirlas, ya escritas en su lengua original y en castellano, en material didáctico para las escuelas de sus comunidades, o para la educación con adultos que se inició en varios niveles.

Cicame contaba también con una editorial que publicaba estudios en varias materias (historia de la región, antropología, lingüística, arqueología, literatura indígena, etc.) y que hasta hoy cuenta con más de 100 títulos en el mercado nacional. Varios de ellos escritos por autores indígenas.

Ayudar en la titulación de territorios indígenas suficientes para su existencia y desarrollo futuro.

Capacitación de sus dirigentes indígenas y ayuda para la formación de organizaciones propias. Dentro de éstas se valoraban especialmente algunos servicios como educación, salud, educación de la mujer… Pompeya se convirtió en un centro de cursos para incesantes para adultos, donde los indígenas analizaban los nuevos retos que se les presentaban con la rápida invasión de la zona tras la llegada de la industria petrolera y sus inevitables consecuencias.

Una característica especial en el rescate de su patrimonio cultural se dio con la conservación y estudio de las piezas arqueológicas de gran valor histórico que aparecían en la zona. De tal manera que Cicame posee en la actualidad la colección más valiosa de todas las existentes sobre lo que se llama Fase Napo.

En definitiva, Cicame ha sido, quizá, el centro más valioso de todos los existentes en el interior del Oriente ecuatoriano hasta el presente. Muchas de sus producciones son un referente obligado cuando se quiere estudiar la historia y culturas de nuestra zona.

7°-En el paraíso verde

Tradicionalmente se le han aplicado a las selvas orientales toda una serie de adjetivos peyorativos. Uno de ellos el de infierno verde. Durante mucho tiempo ha prevalecido una mirada hostil sobre ellas a causa de las dificultades para vivir en el territorio. Tampoco salían mejor valorados sus habitantes; se les ha llamado hasta hace muy poco salvajes, o lindezas semejantes. En general, los pocos que contaban bondades de la zona solían ser extranjeros apresurados o visitantes nacionales de paso. Es decir, gente más bien romántica, pero sin mayor experiencia en la vida selvática.

Por el contrario, desde su llegada a Coca, Alejandro nunca quiso salir de allí. Fuera de esa nostalgia que ya contamos sobre su querida y lejana China. En una carta personal a unos amigos quiteños, que no solían comprender su entusiasmo por el Oriente, escribía: regreso a mi paraíso verde. Fue un adelantado en la admiración por esa complejísima obra de arte de la naturaleza que es la prodigiosa creación de la selva amazónica.

Si bien sabía que eran actividades naturales e inevitables en los pueblos selváticos, Alejandro seguramente no participó nunca en ejercicios como una cacería o una pesca. Le molestaban extraordinariamente los sufrimientos infringidos a cualquier ser animal. Le apasionaba lo relativo a la flora. Una de sus aficiones favoritas era la clasificación y rescate de plantas y flores. Probablemente no habría hecho ninguna travesía selvática sin regresar con algún hallazgo que luego ponía en el jardín de cualquiera de las presencias misioneras. Contemplaba un árbol hermoso, o una flor en la selva oscura, como la mejor creación artística.

Leyendo sus pocas páginas publicadas hasta hoy (CRÓNICA HUAORANI) se puede comprobar esta especial relación de Alejandro con la naturaleza vegetal, animal, humana, de la selva. Un sentimiento que llegaba con frecuencia a una especie de profunda empatía, incluso de veneración. Hay pasajes de hermosa poesía dentro de su diario.

Pero, al mismo tiempo, de una clara funcionalidad, que le venía sin duda de su origen campesino. Una de sus inclinaciones más celebradas era la habilidad para los injertos en las plantas. Esa sabiduría para ganar la batalla a las plagas selváticas, o a la misma producción (de frutas, por ejemplo), aprovechándose de una intuición natural con tal ejercicio. Eran de los pocos éxitos que solía celebrar con alborozo, incluso se enorgullecía de ellos. Siempre recordaba que fue su abuelo quien le inició en ese arte siendo él muy pequeño. Luego, su paraíso verde le dio un gran campo de experimentación en el que practicó siempre que tenía ocasión.

Le dolía como a pocos la destrucción selvática. Insistió hasta el cansancio en una explotación más racional, en ejercicios contantes de reforestación. ¡Él fue el primer introductor de teca en Coca y de tantas otras plantas útiles o hermosas!

8°-El Oriente para todos

El nororiente ecuatoriano sufrió en las décadas 60/70 del siglo pasado una de las más brutales invasiones que se hayan dado en cualquier región ecuatoriana. Una zona tan escasamente habitada, y casi exclusivamente de población indígena, sufrió en dos décadas el más dramático vuelco demográfico: los antes casi solos indígenas pasaron a ser escasa minoría. Con tres violentas agravantes: la colonización estuvo propiciada por la más contaminante y peligrosa explotación petrolera; la marea humana se produjo de manera desordenada, sin control estatal alguno; y, a más de eso, se hizo a costa del hábitat al mismo tiempo más rico y frágil de los conocidos. En suma, tuvo muchos visos de catástrofe.

A Alejandro, que ya dijimos amaba apasionadamente la selva y a sus gentes primigenias, le tocó enfrentar en primera línea ese tsumani, en buena parte destructor, pero al mismo tiempo dramático para buena parte de los invasores. Por supuesto se dieron por entonces frecuentes episodios de comercio ilícito de tierras, intrusiones fraudulentas, etc. Pero también es cierto que la mayoría de los recién llegados lo hacían en las peores condiciones de la pobreza y el desamparo estatal. Arrojados, como náufragos a la deriva, en una naturaleza para ellos desconocida y hostil.

Habría que recurrir a sus cartas a las autoridades ecuatorianas, o a su citado diario de campo de CRÓNICAS, para comprender con qué ardor peleó Alejandro una complejísima batalla, con tantos episodios de derrota. En esos años trabajó más que nunca en la función de pontífice, tendiendo puentes, a veces de reclamo, siempre de diálogo, entre fuerzas tan encontradas y difíciles de conciliar.

Estuvo en el inicio de muchos de los poblados colonos de las primeras carreteras de ripio o arcilla, tratando de ayudar en la organización de las iniciales juntas de habitantes. Hay lugares que conservan aún los nombres que él indicaba, queriendo mantener siquiera la toponimia de los antiguos pobladores indígenas. Los más veteranos moradores lo recuerdan siempre afable con todos, preocupado por su porvenir, intentado, desde un inicio, que sus vecindades tuvieran algún orden. Animando siempre a la organización popular, a la participación activa de todos para organizar en lo posible un reparto racional del territorio.

En decenas de cartas a las autoridades nacionales, o a la gente inflexible del petróleo, se conservan tanto sus advertencias por los peligros del caos imperante, los reclamos por los abusos, o las peticiones de respeto y solidaridad hacia la gente más desvalida. Que la mediación fue en serio y hasta las últimas consecuencias lo indica su muerte, provocada por una violencia que quiso detener sin conseguirlo, y arriesgando su vida a favor de quienes consideraba amenazados.

9°-Proyectos de acción y vida

Alejandro era un hombre mucho más de acción que de oficina. Él estaba constantemente empeñado en obras concretas para la mejora de la vida corriente, era un organizador nato. Si dejó huellas de su paso y acción en todos los lugares de Ecuador en los que vivió, mucho más iba suceder en el Oriente donde pasó la mayor parte de su vida.

Recordemos que él llegó a lo que entonces era Provincia de Napo. Su Prefectura estuvo después entre las provincias Napo y Sucumbíos; al final entre Orellana y Sucumbíos. La vida social y política en el nororiente cambiaba con rapidez, se desarrollaba sin tregua. A él le gustaba colaborar en esa expansión, tratando de que fuera lo más justa y humana posible. Por su indudable cariño hacia los grupos indígenas, sobre todo hacia los más olvidados, algunos no recuerdan suficientemente las muchas iniciativas referentes a los colonos que desarrolló cuando surgían varias poblaciones en lo que se llamaba Vía Quito o Vía Aucas.

También en el Coca, donde pueden recordarse obras importantes que dependieron de él, o decisiones públicas en las que participó activamente, desde el inicio del pueblo hasta el logro de su provincialización. En la historia de la ciudad capital, en el desarrollo progresivo de su trazo y en muchos de sus mejores servicios puede recordarse su contribución decidida. La ciudad decidió poner su nombre al viejo puente que atraviesa el Napo (aunque nunca llegó a hacerlo). Seguramente nunca tendría otro mejor, pues Alejandro simboliza al ciudadano que se ocupa, de la manera más altruista y generosa, no solo en mejorar en cuanto sea posible su ciudad, sino también en tender manos de concordia y diálogo hacia todos los vecinos. Incluso ante aquellos con quienes pudiera haber más diferencias.

Otro tanto ocurriría se repasamos el desarrollo de otras poblaciones, chicas o grandes, tales como: Nuevo Rocafuerte, Pañacocha, El Quinche, Pompeya, Sachas, Shushufindi, Enokanke… por citar algunas. En cada uno de esos lugares, también en otros varios, existen obras e iniciativas cívicas que deben mucho al interés permanente de mejora ciudadana que Alejandro procuraba poner en práctica en cualquier lugar de su diócesis. Los primeros habitantes de casa uno de esos lugares le vieron llegar muchas veces a conversar con ellos, animándoles en sus asambleas, cuando estaba casi todo por hacer, gestionando recursos para la mejora de sus recintos, tratando siempre de lograr una buena unión entre todos para hacer fuerza.

Fue obispo de su iglesia católica, pero ante todo fue un conciudadano. El hombre que tendía la mano amistosamente a cualquier institución, fuera privada o pública, civil o religiosa, si con eso se lograba un mayor éxito en el progreso común.

10°-WAORANI: las personas

Dijimos que al llegar Alejandro a Coca en 1965, aquel pueblito estaba a punto de ser abandonado, tal era el terror de sus primeros habitantes ante los asaltos realizados por los entonces llamados aucas (que significa salvajes). En los inicios de Coca trece naporunas murieron lanceados y otros varios resultaron heridos.

Alejandro se interesó de inmediato por el problema tratando de impedir las muertes. Organizó numerosos vuelos de reconocimiento sobre las casas aucas con la avioneta que por esos años tuvo la Misión capuchina y, en cuanto pudo, se informó sobre las características de ese pueblo indomable. Incluso realizó una difícil expedición en la búsqueda de sus bohíos a lo largo del río Indillama, rastreando luego en las selvas de sus cabeceras. No logró encontrarlos.

Sin embargo, para 1968, justo a tiempo para que los primeros petroleros de Cepe/Texaco invadieran el sur del Napo frente a Coca, los misioneros evangélicos del ILV consiguieron la reducción de casi todos los aucas de la zona de Coca en su poblado de Tiweno (cabeceras del Curaray). En 1971 la carretera petrolera enlazó Coca y Quito. Poco después la vía cruzó el Napo y comenzó a internarse hacia el sur, en la conocida, y muy mal llamada hasta hoy, Vía Auca. Seguramente ya es hora de que se corrija ese abuso y la llamemos, con el respeto que se merecen, Vía de los Waorani.

Pero no todos los waorani habían sido reducidos. Permanecían unos clanes en el sur, por las cabeceras del Yasuní, todavía bastante aislados y con pocos contactos con los misioneros evangélicos. Además, quedó un grupo oculto y libre: los Tagaeri. En los siguientes años, aquéllos y sobre todo éstos, iban a ser la pesadilla de los obreros ecuatorianos que abrían trochas en la selva para las compañías petroleras. Varios trabajadores murieron traspasados por las lanzas.

El 1976 Alejandro acudió al llamado de los asustados trocheros. De nuevo se trataba de tender puentes entre gentes aparentemente enfrentadas, de hacerse amigo del grupo wao del Yasuní que agobiaba los campamentos selváticos obreros con robos o amenazas. Es el inicio de ese maravilloso diario de campo llamado CRÓNICA HUAORANI. El misionero no pensó nunca en publicarlo; sin embargo, compañeros suyos lo hicieron tras su muerte en 1987.

Esas páginas son un canto de respeto y admiración hacia el grupo indígena ante el cual Alejandro declaró sentirse fascinado. Nos recuerdan qué duro, peligroso y difícil fue el primer acercamiento; hasta qué punto estuvo Alejandro dispuesto a dejar sus ideas para comprender las de ellos. Wao significa persona y de esa manera los trató siempre. Pocos han contribuido más al respeto de esa nacionalidad, hacia su historia o cultura, que el misionero que incluso arriesgó la vida y la entregó para salvaguardar la del pequeño grupo tagaeri.

11°-Renacer

En 1976, cuando se encontró por primera vez con un grupo de waorani poco contactados, Alejandro tenía ya 56 años. La experiencia de vivir con ellos, en sus bohíos, sin ningún otro misionero que le acompañara, con un inicial desconocimiento de su idioma, le causó un fuerte impacto. Hacía falta tener valor a toda prueba, también enorme resistencia física y psicológica. No solamente existía el peligro de ser lanceado, es que sus costumbres de vida suponían un reto muy rudo para cualquier extraño.

Él se lo tomó desde el inicio como una gran oportunidad. En su concepción religiosa eran hermanos, creaturas de Dios como él mismo; solo que en un estado o estilo de humanidad tan diferente al suyo en algunos aspectos que los días junto a ellos eran de continua sorpresa y aprendizaje. Porque era él quien se tenía que acomodar a ellos, era él quien debía respetar y aprender el abecedario de humanidad que ellos habían creado de manera tan original dentro del deslumbrante mundo selvático.

En la ya citada CRÓNICA HUAORANI el misionero describe una sencilla escena que él vivió con profundidad espiritual. Sintió que una familia le acogía de una manera que creyó especial. Al menos sí lo fue para él. En plena noche, dentro de la casa de hojas, a la dudosa luz de la lumbre, él se arrodilló y se ofreció como hijo de la pareja waorani con quien convivía… Es más que probable que su vivencia no tuviera la misma trascendencia para sus anfitriones. En cambio para él significó lo más semejante a una reencarnación en esa nueva cultura, de manera que los esfuerzos que hizo luego para comprenderla, respetarla y amarla, fueron incontables. Al menos de su lado, él se consideró hasta su muerte hijo y hermano de aquéllos en cuya casa cayó de rodillas.

Seguramente, dadas sus creencias, Alejandro pensó en la pregunta evangélica: ¿puede uno nacer siendo ya viejo? Porque lo que él quiso, en efecto, no solo fue conocer y respetar a ese pueblo selvático, sino algo más que eso. Les admiró tanto, se apenaba de tal manera por el difícil porvenir que les aguardaba, que quiso hacerse, en lo posible, como uno de ellos. O, al menos, abrazar su causa, defender su vida. Es decir, el derecho a sus amplios territorios, la potestad de elegir sin presiones las futuras formas de vida, mantener sus costumbres y ser protegidos por el Estado de la  invasión o el acoso.

Al mismo tiempo que los visitaba (sin vivir entre ellos para no influenciar demasiado su vida), Alejandro emprendió una auténtica cruzada legal y política, que no cesó hasta su muerte, para la preservación de esa forma de vida wao. Desde 1977, como diremos en seguida, pidió la concesión de un territorio que salvaguardara el presente y futuro del pueblo. En los periódicos del tiempo podríamos comprobar hasta qué punto ese tipo de propuestas recibieron indiferencia o burlas. Pero el tiempo le ha dado la razón.

12°-Pueblos ocultos

En noviembre de 1977 los tagaeri mataron a tres trabajadores petroleros. El misionero, en la recepción de los cadáveres en Coca, escribe en su diario: siento una tristeza que me asfixia.  No obstante reacciona de una forma incomprensible para la mayoría: solicita al Gobierno la legalización del territorio wao y una moratoria de la exploración petrolera en las tierras ocupadas por grupos aún desconocidos… Más de un ciudadano mostró su disgusto y escándalo ante tal pretensión. Es claro que Alejandro desaprobaba y sentía la muerte de aquellos inocentes trabajadores, pero también señalaba la razón fundamental en la actitud de los que, sin conocer la existencia de la nación ecuatoriana, defendían sus terrenos selváticos.

Por esos años a casi todos parecía absurdo ceder lo que se llamaban los derechos del pueblo ecuatoriano a explotar sus recursos petroleros frente a la pretensión de un grupúsculo de salvajes desnudos. El capuchino trataba de mostrar que los derechos waorani también existían, incluso eran anteriores a los del Estado y que, en todo caso, no lesionaban los de Ecuador. Se trataba de darles tiempo para conocer la existencia del país, para poder escoger de forma voluntaria su integración. Él quería preservar la selva intacta de los waorani y sus grupos allegados. Pedía respeto, justicia, conservación de sus tierras.

El tiempo, juez decisivo, suele dar o quitar razones. Aquello que parecía escandaloso a muchos y que fue rechazado frontalmente por gobiernos ecuatorianos, se convirtió después en la oficial Zona Intangible. Incluso, he ahí la ironía del destino, el Gobierno de Jamil recibió un premio internacional por proponerla. Si bien no pasó de los papeles.

Alejandro no llegó a esas conclusiones desde el estudio, la antropología o la política. Él, simplemente, se puso a vivir con ellos, se acercó hasta hacerse hermano de ellos. Y, así, pudo valorarlos y admirarlos como muy pocos lo han conseguido. En este caso, trazó el puente o acercamiento más radical de todos los suyos. Se puso en el lugar de los más débiles y perseguidos, aprendió su punto de vista y, de esa manera, quiso transmitir a todo el país la conveniencia de mirar el problema, ante todo no como una explotación económica, sino como una cuestión de humanidad.

Porque era así como los comprendía el misionero. Un estilo de ser personas tan despojado de objetos útiles o inútiles, tan resumido en los valores fundamentales, que le parecía prodigioso. No ya un tesoro cultural, una reliquia de la historia amazónica, o señores en el interior de una naturaleza privilegiada, sino como un último y precioso refugio de humanidad.

Esta de la defensa de los grupos ocultos en la selva es parte de su mejor herencia. Entre tantas palabras vanas como a veces escuchamos, ¡cuáles tendrán más valor que estas suyas, llevadas al extremo del valor hasta ser rubricadas por la firma de las lanzas!

Comentarios   

0 # Jordi 03-09-2017 12:08
Hola me llamo Jordi, vivo Alicante -España_

No os conocia hasta hace poco por el tema del padre Alejandro Labaka.
Me parce un tema muy intersante.

Un saludo

Jordi Sempere
Responder
0 # Jordi 03-09-2017 12:10
Hola hermanos:

Nos os conocía hasta ahora sobre el trabajo que venís desarrollando y me parce muy interesante.

Enhorabuena, un saludo.

Jordi Sempere.
Responder
0 # JOSE ANTONIO RECALDE 03-09-2017 15:19
Gracias por la enhorabuena. Soy el vicepostulador de la causa de Alejandro E iNÉS. mE INTERESA CONOCER MÁS DE LOS AMIGOS DE ESTOS MISIONEROS. lE ARADECERIA ME CUENTE ALGO DE SU VIDA. Gracias anticipadas,
fray José Antonio Recalde
Responder
VisitasVisitas

Vicariato Apostólico del Aguarico - (02) 2257689 - (06) 2880501 - info@alejandroeines.org
                                          TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS - 2012