El próximo 21 de julio de 2012 se cumplen 25 años de la muerte violenta de Mons. Labaka y la Hna. Inés Arango. Con tal motivo, la Facultad de Teología de Vitoria organizó el pasado día 28 de marzo una Jornada Académica de estudio y recuerdo en la única obra escrita del Obispo Labaka, la Crónica Huaorani. Cuatro ponentes estudiaron esa obra fundacional que contiene la manera de pensar y hacer la misión que tuvo Alejandro Labaka. Y como no pocos de los misioneros de Los Ríos y muchos de los lectores de la revista conocieron u oyeron hablar de este vasco singular, capuchino y obispo, muerto por solidaridad con los más olvidados, traemos su recuerdo hasta estas páginas haciendo un resumen de la dicha Jornada Académica de Vitoria.

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Es preciso decir, en primer lugar, que la obra de evangelización de Labaka está arraigada de manera explícita en la Palabra. En una visita a los trabajadores de la petrolera, asustados por las visitas de los Aucas que se llevaban sus pertrechos, Mons. Labaka escribe: “Dos días y dos noches estuve con ellos. La segunda noche les celebré la Santa Misa, a la que asistió espontáneamente la mayoría de los trabajadores. Para el Evangelio abrí el Ritual de la BAC en las últimas páginas, a lo que saliera, y ante mis ojos apareció el relato de san Mateo 25,31-40. Durante el comentario todos estuvimos de acuerdo en que aquí se está cumpliendo eso de dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Terminé diciéndoles que ellos son los “misioneros escogidos por Dios” para los Aucas”.

Los “benditos de mi Padre” no pertenecen a grupo alguno, ni religioso, ni étnico. Cualquier persona, de cualquier lugar, de cualquier tiempo, será considerada “bendita del Padre” y recibirá “la herencia del Reino” por haber dado un solo vaso de agua a quien tenía necesidad de él. Especificidad y generalidad se entremezclan espléndida y paradójicamente en el texto mateano. Eso es lo que Alejandro ha hecho en su humilde vida con los huaorani: dar un vaso de agua si hacer preguntas, aportar un granito de arena al largo camino de la dignificación de las minorías en peligro. Nada más y todo eso.

Estas raíces espirituales son las que han propiciado un modo nuevo de evangelización, liberador, viviendo desde dentro la misma senda de los huaorani. Se puede sí apelar a su formación para misionero, a su experiencia de cinco años en China (su primer amor misionero, siempre vivo), a su sentido de aventura. Se puede apelar al Vaticano II en el que participó, al ambiente de Medellín y Puebla que respiró, a los escenarios que le tocó vivir en la convulsa zona de la amazonía ecuatoriana. Pero hay en él una especie de increíble y simple revelación: las minorías contienen dentro las Semillas del Verbo. Es preciso descubrirlas, acogerlas y compenetrarse con ellas.

Este afán por descubrir las semillas del Verbo en la cultura Huao nace de una actitud honda de despojo y de ofrenda; es la liberación del deseo de poseer al otro del que Labaka y su equipo han estado imbuidos, como verdaderos franciscanos, ya que la fraternidad franciscana es imposible si no la acompaña la desposesión del otro. Dice en su Crónica: “Sencillamente queremos visitarles como hermanos. Es un signo de amor, con un respeto profundo hacia su situación cultural y religiosa. Queremos convivir amistosamente con ellos, procurando merecer con ellos las semillas del Verbo, insertadas en su cultura y en sus costumbres. Nada podemos decirles ni pretendemos. Sólo queremos vivir un capítulo de la vida Huaorani, bajo la mirada de un ser Creador que nos ha hecho hermanos”.

Este itinerario espiritual y evangelizador le ha llevado a Labaka a un cambio de perspectivas haciendo cuatro inversiones fundamentales: la primera, ver a los indios amazónicos no como infieles sino como pobres según el, Evangelio. De ahí, como él dice, su opción “por las minorías étnicas como centro de predilección del reino de Dios. Opción preferencial por aquellos grupos que están en situación de emergencia y en riesgo de extinción o exterminación biológica y cultural”. La segunda inversión tiene que ver con la comprensión y vivencia  de la salvación y se manifiesta en torno a tres aspectos relevantes: Primer aspecto: del escrúpulo moral a poner en riesgo la propia vida y la de otros “propter  Evangelium”, al apremio evangélico a poner a salvo la vida de los aborígenes amazónicos  en gravísimo riesgo de exterminio y extinción. Segundo aspecto: de la salvación de las almas, a una vivencia y comprensión más integrales de  salvación. Tercer aspecto: de una visión ‘extrinsecista’ de la salvación, como desde fuera, a una percepción de que la vida de los pueblos amazónicos está positivamente inserta en el designio salvífico de Dios y de que su historia es historia de salvación. La tercera inversión: Los misioneros/as (yla Iglesiamisionera) : de evangelizadores a evangelizados. Y la cuarta inversión.- De pioneros fundadores y plantadores de iglesias a parteros de la ‘eclesiogénesis’, es decir, del proceso de alumbramiento de una Iglesia que, a impulsos del Espíritu, nace y renace de la respuesta de fe que los pobres (etnias ignoradas, pueblos excluidos, grupos humanos minorizados ) dan a Cristo. Un formidable camino de una hondura que estremece

Labaka quiso tender un puente entre las minorías y la sociedad ecuatoriana. De hecho, el viejo puente de Coca que une la orilla de los colonos y la de los huao lleva su nombre. Las minorías lo suelen tener difícil siempre, incluso con los más cercanos. Alejandro, que se sentía solo en el frente, intentó durante años que las organizaciones indígenas, amazónicas o nacionales, se impliquen en el problema. El mismo de su muerte escribe al Presidente de Fcunae, la Federación de comunas kichwas de Orellana, que han sido enemigos tradicionales de los huaorani y en ese momento no tienen mayor inconveniente en invadir su territorio: Quiero animarme junto a todos Vds. a trabajar infatigablemente por el rescate de las culturas indígenas, pues considero que la cultura de cada pueblo es algo esencial, fundamental y, a la vez, englobante de todos los valores propios. El mismo mes de su muerte envía un legajo de documentación al Presidente de la organización indígena nacional. Hasta entonces poco se había distinguido por la defensa de los huaorani y apenas sabía por dónde le daba el aire en ese tema: Espero que puedan servirles de algo para poder coordinar los planes y ojala puedan interesarse cada vez más de los grupos étnicos huaorani que viven en la Provincia de Pastaza, hasta hacerles conscientes de su unidad y autogestión como PUEBLO HUAORANI [mayúsculas en el original]. Con lo cual les estaba señalando la urgente tarea que faltaba: de unos clanes aislados hacer un pueblo capaz de derechos y obligaciones propias.

He aquí, a muy grandes rasgos, la gesta de este hermano capuchino, vasco y universal, verdadero padre de la teología y evangelización en Latinoamérica. Su manera distinta de enfocar la fe y la misión son, aún hoy, profecía viva de fe y de humanidad.

Fidel Aizpurúa Donazar

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