Xavier Pikaza, teólogo

Las noticias del blog de estos días me han llevado a Mons. Alejandro Labaka, mi obispo desnudo, quizá el personaje de la Iglesia del Siglo XX que más me ha impresionado. Sabía que había muerto alanceado ritualmente por guerreros Tagaeri, junto a la Hermana Inés Arango, el 21 de Julio de 1987, a orillas del río Tigüino, en el Oriente de Ecuador. Sabía además, que había sido por meses y meses obispo desnudo, entre algunas etnias de Aucas, en la zona de Aguarico.

Pero no sabía nada más. Pues bien, el año 1990 (quizá el 1991) tuve que estar por un tiempo en ecuador, por unos cursillo, y una hermana mercedaria me regaló su libro, un libro de pastas verdes (río, selva y Labaka junto a una canoa, si no recuerdo mal). Le di gracias a la hermana… guardé el libro, pensando que sería una cosa beata… Pero en el viaja de vuelta, en el mismo aeropuerto de Quito, tomé el libro… y no dejé de leer hasta que llegué a Madrid. Aquella semblanza de Labaka y de Inés había cambiado en parte mi vida.

Por eso, hoy, después de haber hablado dos días de los carmelitas expulsados de Sucumbíos (la provincia vecina de Aguarico, donde murió Labaka), quiero recordar su figura y la de cientos de misioneros como él, con temblor, con admiración.

Hemos visto estos días en Compostela y Barcelona a casi un ciento de obispos vestidos, en grandes catedrales, como signo de la Iglesia y me parece muy bien, eso es también Iglesia. Pero hoy quiero recordar a Labaka, mi santo desnudo, alanceado junto a su hermana, en la gran catedral de la selva, por querer estar con aquellos con quienes nadie está. Pocas lecciones de evangelio y de eclesiología más fecundas que ésta. Ellos, Alejandro e Inés, y cientos de hermanas misioneras (y de misioneros) han estado y siguen estando entre los últimos del mundo, haciendo que la Iglesia se encarne de verdad, sin ningún afán de dominio o de gloria, en la línea de Francisco de Asís, a quien Alejandro e Inés amaban e imitaban…

En la línea de Alejandro e Inés han querido estar los carmelitas de Sucumbíos, la provincia vecina, al otro lado del mismo río (el Aguarico), en la misma selva del Oriente de Ecuador. También a ellos, misioneros “desnudos” de poder, encarnados en la vida, quiero saludar en este post.

Quiero que este post sea comienzo de una reflexión sobre la misión de la Iglesia. Hoy presentaré unos recuerdos y una bibliografía. En días sucesivos seguiré hablando de ellos, de Inés, mi hermana, y de Alejandro, mi obispo.

(En la primera foto el obispo desnudo… En la segunda el obispo aceptado como hermano e hijo en una familia indígena… En las fotos finales los cadáveres).

EL LIBRO SOBRE LABAKA

Me impresionó aquel libro, escrito quizá por el Hno. Capuchino y Antropólogo Cabodevilla, pero no lo sé. El caso es que unos días después de volver de Ecuador salí por unos días con mi madre y mi tío religioso (Antonio) y pasamos unos días en Loyola, donde yo tenía que dar unos ejercicios. Tenía ocupadas las mañanas, con hermanas de la Providencia, y libres las tardes, hasta la misa de la noche. Así volví a leer el libro con mi madre y con mi tío. Unos meses más tarde, ella regaló el libro a una amiga y yo conseguí otros (me lo dieron los capuchinos de Salamanca)…, pero también lo regaló, de manera que ahora no sé ni cómo se titula, aunque puedo ver la portada, las fotos de dentro, los motivos principales, que iré exponiendo. Al final del post irá una breve biografía de Labaka (de Inés Arango sé menos, quizá alguien del blog nos hable de ella).

FUIMOS A BEIZAMA

Una de las tardes fuimos a Beizama, con emoción, para tocar la casa donde Alejandro había nacido, allá en la altura, sobre el pueblo, en Apaizetxea, si mal no recuerdo. Bajamos a la plaza, con la Iglesia, para tocar también la pila donde había sido bautizado. Quise descubrir su religión y su experiencia en el paisaje, la tierra y el monte, la naturaleza.

LABAKA FUE A LA GUERRA

Seguimos leyendo el libro. Alejandro entró de joven en los capuchinos de Altzasu, en Navarra. Y allí le toco la guerra. Con 18 años le mandaron al frente, de la parte nacional, y allí lucho. Le pedí a mi tío, algo mayor (Labaka había nacido el 20, Antonio mi tío el 14). Mi tío nos habló de la locura de la guerra, a la que fueron sin saber que hacían, en la parte nacional, donde les había tocado. Lucharon, arriesgaron la vida, estuvieron cien veces al borde de la muerte. Así también Labaka, era un hombre curtido en las batallas duras, que parecían a favor de la fe, pero que no lo eran, como confesó melancólicamente mi tío.

QUISO IR Y FUE HASTA CHINA

He encontrado los apuntes que tomé del libro de Labaka, pero sin el título del libro. Tengo casi una página dedicada a su misión en China, ante un continente inmenso. Allí descubrió que la fe es otra cosa, que no se defiende con armas… Descubrió que la fe es gracia y humanidad, que tenemos que aprender a escuchar a los otros. Aprendió a ser cristiano universal, en la China del futuro que empieza a recorrer un camino impresionante de lucha y de vida. Pero de allí le expulsaron tras seis años de misión (1947-1953).

Recuerdo que comenté con mi madre y mi tío (otra tía que venía andaba buscando flores y frutas por las estartas) la aventura del gran paso de minúsculo valle de Beizama a la inmensa China. Labaka llevó en su corazón todo el valle, y se hizo chino con los chinos, y cuando ya se había hecho le expulsaron.

EMPEZÓ DE NUEVO SU VIDA EN ECUADOR,

en el vicariato apostólico de Aguarico, junto a Sucumbíos, organizando la vida de la Provincia Capuchina y de la misión. Allí pasó de los millones y millones de chinos a los pocos miles de aucas y otras etnias de la selva amazónica, y descubrió de nuevo el paso de Dios, y la necesidad de cambiar de estrategia y de guerra. Supo que había hacerse “judío con los judíos, y griego con los griegos”, como dice Pablo… y había que hacerse auca con los aucas. Él, un hombre de Beizama y del mundo, quiso nacer de nuevo, como indígena de la selva amazónica.

En el concilio Vaticano II, unas palabras de Pablo VI Como Vicario Apostólico (aunque sin estar ordenado de obispo) asistió al Vaticano II y aprendió a ver con los ojos de la Iglesia universal, para entender mejor a sus grupos “tribales” nativos, de la selva. Había que entrar en su mundo, de otra manera. Así escribió al Vaticano una carta pidiendo luz y consejo sobre se deseo “hacerse indígena con los indígenas”, con el peligro que eso implicaba. Los grandes Monseñores y Teólogos del Vaticano le respondieron con citas de teólogos antiguos, sin decirle nada claro. ¿Cómo van a entender hombres bien asentados en sus sedes lo que es vivir si casa, ni ropa, ni sede en la selva? Pero Pablo VI le miró a los ojos y le dijo: ¡Alejandro, adelante, no tenga Usted miedo!

INDÍGENA CON LOS INDÍGENAS, OBISPO DESNUDO

Y así comenzó la aventura más grande de Labaka, con la hermana Inés, con otros cristianos y cristianas que le acompañaron. Le hicieron de Aguarico y aceptó. Se dejó poner las mitras y los capisayos de ritual, cuando estaba en la sede de “criollos” semiblancos, en la catedral. Pero después, como había hecho antes, iba como obispo para pasar grandes temporadas con los diversos grupos étnicos, desnudándose con ellos, simplemente para estar, para aprender, para compartir.

Dejó la mitra en el camino, con el báculo rico

Dejó las botas y los fuertes pantalones

Dejó el breviario y la misa… Dejó todo, para vivir como indígena con los indígenas…

((Nota. Aquí venían mis conversaciones con mi madre: ¿Pero llevaría algo puesto, no? Yo le decía que pienso que sí, que llevaría un taparrabos… Mi madre seguía: ¡Pero es obligatorio rezar el breviario! Y mi tío, el fraile duro y amabilísimo, de la dura guerra, le decía: Carmen, si estás con los indígenas tienes que rezar con ellos, sus oraciones de la mañana, de la tarde)).

NO CONVIRTIÓ A LOS INDIOS, LOS INDIOS LE CONVIRTIERON A ÉL

No convirtió, no bautizó a ninguno, ni se lo propuso. Simplemente quiso vivir, aprender… Y de tal forma aprendió que ellos, los de un grupo tribal de Aguarico, le “bautizaron”: es decir, le aceptaron como hijo y hermano de la etnia, obispo “pagano”. Esta fue su mayor “conversión”…. Sólo después, más adelante, pasados los años, podría él también ofrecer su testimonio de persona, su evangelio….

HASTA QUE LLEGARON LAS PETROLERAS

Iba por buen camino A. Labaka, el obispo desnudo, y algunos otros cristianos, como la hermana Inés… aunque había por entonces (y hay todavía) un grupo de guerreros Tagaeri con los que no había entrado en contacto, que no querían relacionarse con el hombre blanco, destructor de su selva.

Llegaron las compañías petrolíferas y se encendió de rumores y luchas la selva. Labaka quiso actuar como mediador. Era obispo y tenía como tal mucho prestigio en Ecuador (país católico)… Se había hecho “indígena” y tenía capacidad de dialogar con los indígenas, aunque no con todos… Estaba en su sede cuando se encendió la selva y pidió que le llevaran, para hablar, para mediar, para salvar a los indígenas…

La hermana Inés fue con él en helicóptero, y les bajaron a un claro del bosque, con cuerdas… sin más armas que su corazón, sin más defensa que su fe en la vida de los hombres, en el Dios de todos los hombres.

Por lo que leí entonces, el helicóptero que les llevaba les dejo en un lugar de cruce de etnias y grupos enfrentados, y después se perdió y no pudo volver para ver lo que pasaba. Lo cierto es que Labaka e Inés Arango, signo de pura humanidad, signos de un Cristo encarnado, quedaron solos en la selva (sin más tesoro que su humanidad), esperando encontrar a los indígenas, para sentarse con ellos y hablar, hablar de humanidad. Pero llegó hasta ellos un grupo de guerreros Tagaeri, que no querían saber nada de invasores petroleros, ni de blancos enemigos… y simplemente, como es normal, les mataron ritualmente, con sus lanzas.

Así acaba, así empieza la historia de Inés Arango y de Alejandro Labaka. Seguiré hablando de ella porque tengo muchos apuntes del viejo libro (aunque no el libro; si alguien lo conoce me lo dice, no lo encuentro en internet… y mi buena madre regaló los dos ejemplares que tuve).

Seguiré hablando del tema en los próximos, porque ésta es la Iglesia más honda del siglo XX. Quiero hacer de nuevo un camino, antes de morir, un camino que me lleve de Beizama al río Aguarico, si es todavía posible. Hablaremos de ellos.

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