Recio y humilde Alejandro

Una de las experiencias que más me han impactado en la vida de Alejandro Labaka es su capacidad para enfrentar los problemas y dificultades conservando intactos sus valores esenciales. Seguro que a lo largo de su vida, llena de variadas responsabilidades, este hecho se podrá constatar repetidamente, pero a mí personalmente me impactó una situación concreta durante su presencia en Aguarico.

En 1969 yo me encontraba aún en España, soñando en una vida misionera irrealizable por el momento, cuando alguien me informó sobre problemas humanos existentes en la Misión. Alejandro, entonces Prefecto Apostólico, pedía a sus superiores de la Provincia, y a través de ellos a la Santa Sede, que le permitieran dejar sus responsabilidades eclesiales. Con expresiones que manifestaban profundo sufrimiento y un cierto sentimiento de culpabilidad, comunicaba que los graves problemas de armonía entre los misioneros y él mismo no desaparecerían hasta que fuera relevado de su puesto. Quien tenía estas confidencias conmigo ponderaba cuán grave debía ser la situación para que un hombre de la reciedumbre humana de Alejandro pudiera expresarse en estos términos.

Yo llegué a Aguarico en abril de 1970. Las aguas se habían calmado y Mons. Alejandro Labaca continuaba con total normalidad el ejercicio de su actividad pastoral dentro de aquella Iglesia Local. En junio de ese mismo año se nombraba un nuevo Prefecto Apostólico en la persona de Jesús Langarica, precisamente cuando Alejandro realizaba una gira pastoral por el río Aguarico, En aquellas fechas él dejaba sus responsabilidades, pero mantenía su presencia como un misionero de a pie en aquellas tierras hacia las que se sentía tan atraído. Marcharía unos meses a Norteamérica, merecido descanso que él emplearía en perfeccionar su inglés, después sería nombrado rector del Colegio de secundaría de Coca, y a los pocos años sería destinado a Nuevo Rocafuerte, donde le encontraría la llamada de la Compañía CGG, cuyo centro de operaciones estaba en Pañacocha, par iniciar, esta vez con éxito, sus primeros contactos con el mundo Huaorani.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención esta forma de reaccionar ante la adversidad. Todos hubiéramos comprendido una salida definitiva de Aguarico, ante la problemática planteada y el cese de sus responsabilidades al frente de aquella Iglesia amazónica. Pero, no. El dejaba un puesto, porque había llegado a la conclusión que era la actitud que más beneficiaría a todos. Pero seguía ligado a los hermanos y las gentes amazónicas y quería continuar en la brecha, conviviendo con todos, en completa armonía, con total dedicación, como una persona más en el engranaje de una comunidad cristiana que trata de vivir su fe en las fronteras mismas de la vida misionera.

Alejandro puede definirse como una recia personalidad, de fuertes y sólidas convicciones, capaz de soportar el peso de decisiones que no todos tienen posibilidad de comprender, siempre tras un verdadero esfuerzo por entender los puntos de vista de quienes piensan y juzgan de otra forma los mismos hechos y las mismas situaciones. Cederá en muchas cosas, pero será firme en aquello que cree depender de forma importante de su personal responsabilidad. Daba, a veces, una falsa imagen de inflexibilidad y de cierta arrogancia. Pero tras esa fachada, era enormemente respetuoso con las personas y se sentía hermano verdadero de sus hermanos misioneros.

Este talante humano se ha mostrado de forma muy particular en su lucha por el pueblo Huaorani. Su particular manera de encarnarse en su cultura, hasta niveles que pocos pueden imitar, conservando, sin embargo, una verdadera libertad a la hora de compartir con ellos criterios y normas de conducta, indican flexibilidad y firmeza, entrega y claridad de ideas. Su permanente y constante combate a favor de los derechos de esta minoría étnica frente al poder y la soberbia de los poderes reales del país es la otra faceta de esta lucha sin cuartel. Todo con suavidad, todo con exquisita diplomacia, pero siempre con una tenacidad que pocos pueden igualar.

                                                          Manuel Amunárriz

Fotos de Beizama 2009

Fotos de Beizama 2009

Monseñor Labaka: mártir de la selva

EL 21 de julio de 1987 el veterano misionero español Alejandro Labaka y su colaboradora, la monja colombiana Inés Arango, se hicieron abandonar en helicóptero en las inmediaciones de una maloca de indios aislados de un clan llamado Tagaeri, en laAmazonía ecuatoriana. Pretendían convencerles que se dejasen contactar en un intento por salvarles la vida. Labaka preveía que un día u otro los intereses dominantes en la zona – petróleo y madera – conseguirían que aquel pequeño grupo, oficialmente inexistente, fuera aniquilado, borrado del mapa, como tantas veces ha venido ocurriendo. No tuvo éxito. Al día siguiente sus compañeros de la misión de Aguarico sacaron no menos de veinte lanzas de su cadáver. El pasado sábado se cumplió el XXV aniversario de su muerte.

El capuchino Andueza muestra una lanza extraída del cuerpo de Monseñor Labaka.

Capilla de la misión de Coca, Ecuador.

FOTO © José F. Ferrer

Curia general: recuerdo de Alejandro Labaca

Prot. N. 1853/87

M. R. P. Eleuterio Ruiz, Min. Prov.

Mayor, 50, 1.° Apdo. 15

BURLADA (Navarra). España

 

Estimado y querido Padre: Paz y bien.

Me dirijo, de nuevo, a ti con el recuerdo de Alejandro Labaca.

He leído vuestro último OPI (n? 285), y su lectura ha aumentado mi amor mi aprecio por él. He sentido el impulso de manifestártelo.

Me he encontrado, además, en el Sínodo en curso, con el Vicario Apostóli­co de S. Miguel de Sucumbíos, Mons. Gonzalo López Marañón, que celebre por la muerte de Alejandro. Me ha hablado de él con encomio y con la convicción de considerarlo como auténtico mártir de Cristo.

Por ello, me parece muy bien la intención de la Conferencia Episcopal Ecutoriana de pedir a la Santa Sede «la elevación a los altares de los dos misioneros muertos a manos de los Tagaeri».

Sería un honor para vosotros y para la Orden; pero será, sobre todo, un estímulo.

Demos gracias a Dios porque no nos faltan tales estímulos, pidámosle nos los aumente, porque mucho lo necesitamos.

Con mi gratitud por el hermano que habéis dado a la Orden, mi bendición confortadora y siempre fraterna.

Roma, 30 de octubre de 1987

En comunión de aspiracióny de afecto.

 

Fr. FLAVIO ROBERTO CARRARO
Min. Gen. O.F.M. Cap.

BIOGRAFIA

Alejandro Labaka e Inés Arango:

mártires de la defensa de la vida y cultura indígena del

Vicariato Apostólico de Aguarico

(selva amazónica ecuatoriana)

El 21 de julio de 1987, el obispo capuchino Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango, dos misioneros en la Amazonia ecuatoriana, fueron matados por las lanzas de los nativos huaorani. Frente a la explotación de los recursos naturales de parte de las grandes compañías petroleras, el obispo había priorizado la vida de las personas y defendido con coraje los derechos de las minorías indígenas. Paradójicamente, los indígenas, que se sentían acorralados, mataron a los dos misioneros que les ofrecían su apoyo.

En 1966 «aparecieron» los últimos restos de un pueblo indígena, y les llamaron los tetetes. Al poco tiempo, estos pocos supervivientes volvieron a desaparecer selva adentro. Pero el padre Alejandro Labaka, responsable de los capuchinos que se habían encontrado con los tetetes, tomó en serio este hecho y reflexionó sobre dicha circunstancia: «La sociedad no suele preocuparse mucho de los pueblos pequeños, tienen otros problemas y se olvidan de la gente de la selva... pero los misioneros debemos creer en el Evangelio, allí Jesús dice que dejó las 99 ovejas para buscar una; los que son pocos tienen tanto valor como los muchos; Jesús se preocupó de los pequeños y abandonados. Así debemos hacer. Estas minorías indígenas son los más antiguos pobladores de Ecuador, son los verdaderos dueños de su país, los que estaban acá antes del Estado, muy anteriores a la República y a sus leyes, y debemos ayudar a que la sociedad los reconozca como los primeros ciudadanos, los respete, los ayude y los proteja».

Durante 25 años se dedicó al acercamiento con los huaorani (o aucas), aprendiendo a vestir, a comer, a vivir como ellos y a hablar su lengua, el huao. Llegó a ser conocido y querido por todos los grupos huaorani, todos menos uno: los tagaeri, tribu que jamás había aceptado la intromisión de nadie en su territorio, que poco a poco se había visto acorralada y con menos territorio debido al trabajo de explotación de las compañías petrolíferas en la selva amazónica ecuatoriana. Precisamente por ello, monseñor Labaka se obsesionaba por compartir y ser aceptado por ellos. Además, realizó un trabajo de denuncia contra las compañías, instituciones y gobierno, constantemente cuestionados, en defensa de la vida y la cultura de los pueblos amazónicos.

En junio de 1987, un mes antes del asesinato-martirio el él y de la hermana Inés, pasan varios días conviviendo con otros grupos huaorani «para mantener los lazos de amistad». El 10 y 11 de julio vuelan sobre la casa tagaeri descubierta poco antes, pero no encuentran a nadie. El día 17, después de arrojar unos regalos, encuentran a un grupo de ellos. Escribe: «Regresamos felices con los primeros signos de buena acogida». Esa misma tarde tiene una reunión con los altos representantes de Petrobrás (la compañía petrolera que estaba trabajando en la selva). No se sabe lo tratado en esa reunión, pero sí que el misionero salió preocupado y totalmente decidido a introducirse en el territorio de los tagaeri. Quizás la compañía petrolera se mostró decidida a entrar inmediatamente en dicho territorio, dispuesta a todo para sojuzgar a los tagaeri. Resolvió poner en peligro su vida como único medio para defender la vida del grupo indígena de los tagaeri. Su plan sería el de convencerles de que cambiaran de lugar para evitar su exterminio.Así, pocos días después, el 21 de julio, desde un helicóptero alquilado, logra bajar junto a la hermana Inés, en un claro del bosque, hacia el sur de Coca. El helicóptero debía volver una hora más tarde, pero se perdió en la selva, así que volvió al día siguiente. No encontraron a nadie, sólo divisaron los cadáveres delante de la casa... El misionero aragonés Javier Aznárez, sacerdote y médico, preparó los cadáveres y dijo que contó 160 orificios en el cuerpo de monseñor y 67 en el de la madre Inés. Lo que les hicieron no puede llamarse crueldad, aunque pueda parecerlo, sino que son ritos de los huaos, difícilmente explicables, donde participan hombres y niños, como si mataran a un jabalí, con sus lanzas con 20 centímetros de punta y dentadas, que desgarran el cuerpo por dentro.

Así fue todo: un día bajaron ambos en un claro de la selva, donde los indígenas estaban protegidos. Monseñor desciende primero y se despoja de sus ropas. Inés guarda en un bolsillo el paño que cubría su cabeza y se quita los zapatos. El helicóptero se aleja. Al día siguiente, al amanecer, monseñor yace sobre el tronco de un árbol derribado, con ochenta y cuatro lanzas taladrándole el cuerpo... y cerca de otros ochenta orificios en el cuerpo. Ella se halla sentada en la entrada de la casa de los indios, con veintiuna lanzas en su carne, los hombros desencajados, los ojos en dirección al cadáver del obispo, la boca entreabierta. Hágase, Señor, tu voluntad. Alejandro quería de verdad a los indígenas y ese amor fue tan grande como para llevarle a dar la vida por ellos. Siempre fue consciente del peligro de vida que implicaba esta difícil misión.

Sobre el tapete estaba la cuestión de qué es más importante, qué es prioritario: la vida de unas personas o la explotación de unos recursos naturales. Para el obispo capuchino Alejandro Labaka e Inés Arango, terciaria capuchina, fue de absoluta prioridad la vida de los indígenas, y por eso se le puedes considerar con toda verdad mártires de la defensa de la vida y la cultura indígena. Esto parecía entonces una locura, pero desde la muerte de Alejandro, sus palabras, su esfuerzo han abierto un camino.

Alejandro Labaka nació el 19 de abril de 1920, en Beizama, Guipúzcoa, España.

Falleció el 21 de julio de 1987 en la selva amazónica de Ecuador.

La Causa es llevada ante la Santa Sede en: Curia Diocesana, Nicolás López 349, Apdo. 17-21-1918, Quito, Ecuador.

Mensaje de los Caminantes 2016

Mensaje de los Caminantes 2016

Con Alejandro e Inés, “caminamos con misericordia para defender la vida”, desde el Santuario de Guápulo de Quito y desde el santuario de Alejandro e Inés del Helipuerto de Tiputini hasta las tumbas de Alejandro e Inés para recibir la gracia de la misericordia que nos lleva a ser signo profético creador de un mundo nuevo de respeto a las culturas y a la creación.

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Celebrando 29 años de la entrega martirial de  ALEJANDRO E INÉS  1987-2016

Celebrando 29 años de la entrega martirial de ALEJANDRO E INÉS 1987-2016

El 21 de julio de 1987 se conoció la terrible noticia de que un obispo capuchino y una religiosa terciaria capuchina habían muerto alanceados por un grupo de “no contactados en aislamiento voluntario” de la Amazonía ecuatoriana. La noticia recorrió el mundo, porque Monseñor Alejandro Labaka (de Beizama, Guipúzcoa, España) y el hermana Inés Arango (de Antioquia, Colombia), habían muerto (con 67 y 50 años, respectivamente) “con sentido de martirio” dando la vida por los pueblos que viven amenazados en…

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Reaprender la confianza (24 julio 2016)

Reaprender la confianza (24 julio 2016)

Reaprender la confianza Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Es fácil que las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos. Probablemente, no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han…

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Agenda de la Celebración de Alejandro e Inés (20-21 julio 2016) (2)

Agenda de la Celebración de Alejandro e Inés (20-21 julio 2016) (2)

Después de 12 día caminando desde Quito (ruta norte) y dos días desde el Helipuerto-Tiputini (ruta sur), con la participaicón de los capuchinos del Ecuador y de América Latina, vamos a celebrar con toda profundidad, sencillez y solemnidad el aniversario 29 de la muerte martirial de monseñor Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango. Dos días intensos para la vida del Vicariato Apostólico de Aguarico y un nuevo impulso misionero para todos.

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LOS VUELOS DE 1987

Hasta este momento no han aparecido los Tagaeri. Se quiere proseguir
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Celebración del 29º aniversario de la muerte martirial de Alejandro e Inés

Se celebrará la 10ª Caminata con Alejandro e Inés “caminamos con misericordia para defender la vida”, desde Quito (9-20 de julio), desde Tiputini K, 50 (19-20 julio), desde Los Zorros y Sachas (20 de julio). Triduo de preparación
  1. “La misión de la misericordia de Alejandro e Inés”
  2. “La misión de la solidaridad de Alejandro e Inés”
  3. “La misión de la inculturación de Alejandro e Inés” Leer más...

Inés Arango y las mujeres de Orellana (Cecilia Peñaherrera)

Queridas amigas y amigos,

Les cuento:

Eran las 2 de la tarde en agosto del 83 cuando le llamé a Inés Arango, para pedirle ingenua y tranquilamente que nos permitiera entrometernos en su vida misionera. Y ella dijo sí, con mucho gusto. Sí!! A un par de mujeres a quienes no conocía. Así tan sencillamente como ella era. No sospeché cuánto me iba a cambiar la vida aquel sí. Pero, recuerdo, que prendió en mi corazón tanta esperanza y alegría, que colgué el teléfono en mi casa de Ibarra, cogí el primer bus a Quito y aún no eran las 5 de la tarde cuando ya nos estábamos dando nuestro primer abrazo.

Nuestro diálogo fue corto… o si fue largo se me hizo muy corto para conocerla, recibir toda su gran energía, su confianza y quedar, que en tres días después, estaríamos en Coca para iniciar nuestro camino de misioneras laicas. A las nueve y media de la noche ya estaba en mi casa llamándole a Carmita Pérez y preparando las maletas.

Recuerdo a las Hermanas Capuchinas cuando llegamos con Inés aquella tarde de sol: Candelita que era candela pura, Tulita, Virginia Gil y Cristina Tamayo. ¡Qué gran Equipo!. Estas cinco mujeres me sorprendieron tan agradablemente por su alegría, su hermandad y por la fiesta en que habían convertido su vida al servicio de los más pobres, su casa de puertas abiertas, su mesa siempre lista para aquél que llega y la sonrisa amplia para acoger a los que pasábamos por ahí.

Cuando llegamos a Rocafuerte, nos esperaban otras sorpresas. Hasta ese entonces, no había conocido la vida de los conventos puertas adentro y no salía de mi asombro: eran como familias de fuera del convento, nada de pasos prohibidos, nada de puertas cerradas, hombres y mujeres de todos los colores y melenas entraban y salían de la Misión con su carga de problemas y siempre había una cara sonriente esperando por ellos y ellas: Laurita Salazar, Imelda, Inés Arango, Manuel Amunárriz y el Padre Alejandro Labaka, con sus ojos tan azules eternamente sonrientes. Cada uno a lo suyo, con tanta dedicación.

Y nosotras nos pusimos bajo la sombra de Inés y la compañía de Alejandro. ¡Qué pareja formidable para aprender de ellos las lecciones más importantes de mi vida!: Aprendí de una y para siempre lo que es “Semillas del Verbo” entre nosotros, de que “la selva es su mansión y te oigo venir Señor la lluvia al caer”, del “amor incondicional”, de que “no iban para enseñarles nada, sino a vivir con ellos y como ellos…”, que “el Bautizo no es con agua sino con el fuego del amor del Espíritu de Dios”, de que “el amor es tan grande que se da la vida por los que se ama” y además con una sonrisa de paz. De yapa, aprendí el postre… “delicie de limón” que le encantaba a Inés y Alejandro. Un postre tan simple de leche y limón con un nombre tan rimbombante; por hacer broma. Así de graciosa era Inés.

Fue tan contundente su testimonio en mi vida, que andaba tras de Alejandro e Inés con la cantaleta “quiero ser Alejandrina”, yo, que amaba mi ciudad, mi casa, mi barrio, mis amigos tenía un anhelo “ser Alejandrina”. Pero claro….ellos no querían Alejandrinas, ellos no querían seguidoras, buscaban VIDA, vida amplia, libre, digna, con tierra, con derechos, con dignidad, con respeto, con abundancia de dones para los más empobrecidos siendo a la vez los más grandes, los guardianes de la Amazonía Ecuatoriana.

Aunque han pasado casi 29 años, recuerdo con lujo de detalles nuestro viaje a Garza Cocha y Ahuaimuro. Recuerdo a Inés preparando todo lo necesario, encargando a la panadería el pan abizcochado para el viaje, comprando el arroz y los huevos en la tienda de Londoño, la amplia sonrisa de Inihua conversando en Huao con Inés y Alejandro mientras almorzábamos en casa de las madres. Inés correteando por un lado, por el otro, recogiendo todo lo que tenía en mente para nuestro viaje. Y yo, con los ojos bien abiertos mirando todo, preguntando todo y ella siempre contestando, sonriendo, contándonos cosas, explicándonos de la vida en la selva con tanta paciencia mientras sacudía sus pies con sandalias “7 Vidas” en una cocha de agua para limpiarse del lodo de las calles de Rocafuerte. Era la imagen misma de la felicidad.

Y nos fuimos Yasuní arriba con Lucho el motorista: Alejandro hacía sus apuntes, nos contaba sus historias. Inés nos enseñaba “butopomopa” “huaque wi mine” “Huaponí, Huaponi” y zas que un jaguar inmenso nos mira con su cara sorprendida desde la orilla tan cerca de nosotros y nos quedamos embrujados por el maravilloso animal.

También me quedé embrujada por la altivez con que caminaba Inihua en su mundo, por los niños que no se cansaban de jugar en el río y pescar con una vara, por la felicidad del reencuentro de los Huao con Inés y Alejandro, el bullicio de hombres y mujeres contándoles las últimas novedades a ellos que eran de su familia y acababan de llegar. Solo entonces pude entender que Inés y Alejandro eran tan Huaoranis como capuchina y capuchino.

Aquella noche, mi primera noche en medio de la selva, estrenábamos la casa nueva que habían hecho para Alejandro en Garza Cocha y los cuatro, en cuatro toldos, o mejor dicho cada uno en su templete de gasa blanca, escuchábamos los cantos Huaorani. Me sentía henchida, arrullada por sus voces y los mil coros naturales en medio de la oscuridad más densa de mi vida, no se miraba a un palmo de nariz. Digo templete porque todo era paz, todo era oración, era comunión con los Huao, con la selva, con la Pacha Mama…

P. Alejandro ¿qué dicen? Les están contando a su hijos e hijas donde se fueron a cazar, que la cacería estuvo buena y cómo tienen que hacer.

Inés, ¿a los niños cómo los educan? Con cantos, ahora los están educando, es a esta hora cuando están en sus hamacas dejándose abrigar por el fuego que educan a sus hijos en lo que tienen que aprender para vivir en la selva.

¿No les pegan a sus hijos? No. No les pegan a los niños, les cuentan en medio de los cantos los secretos de la vida en la selva, lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer.

No sé qué horas serían cuando me había dormido con una sensación feliz de sentirme arrullada yo también con los cantos tranquilos y monótonos de los Huaoranis, los sapos, los grillos y un pájaro nocturno cantor.

Sólo este recuerdo me haría comprender las lágrimas de Inés cuando, ella, estando en Coca, venía a mi cuarto de alquiler y me decía dando pequeños brincos, estirándose el vestido y con lágrimas en los ojos: “Soy saltamontes, Cecilia y no sé qué hago en Coca. Mi vida son los Huaorani. ¡Si por lo menos estuviera en Rocafuerte para estar más cerca de ellos, ya que no puedo estar con ellos!. ¡Quiero vivir con ellos!”. Paciencia Inés, le decía. Paciencia, insiste, ya llegará el día en que tu superiora diga bueno y me llevarás, ¡no te olvidarás. Ya llegará el día!.

Inés, la Capuchina inquieta de gran corazón. Valiente a más no poder, me daría en el Coca más lecciones que aprender.

¡Qué dices, Inés! ¿adónde quieres que te acompañe? Al Chongo? “Sí”. A los chongos nos fuimos las dos con nuestros corazones alegres; en busca de qué? Le preguntaba. “De mujeres simplemente”. Respondía. “Son ovejas del mismo rebaño, para recordarles que tienen un Padre Dios que les ama tanto, que cuando ellas lo necesiten no tienen más que buscarlo en su corazón”. Pero sólo en el corazón nos decían, ¡a la iglesia no vamos a ir!.”¡Así será!”, decía Inés. Así será. Y metía los pies en las cochas de agua para limpiarse el lodo de las calles del Coca.

Entonces la noche del 5 de marzo nos asustamos horriblemente con el terremoto y al otro día, por la radio el prefecto de Napo, que en ese entonces éramos Napo, nos incitaba a salir del Coca, que el río Coca se ha represado, que cuando reviente vendrá con palos y lodo, que será muy peligroso. “Cuiden sus vidas, dejen todo, y abandonen el Coca”. Fui a donde las Capuchinas a comentar el susto y las noticias. “¡Inés vámonos nosotras también. Vámonos antes que sea demasiado tarde, todos están saliendo!”. “No Cecilia, hasta que haya una persona en este Coca que me pueda necesitar, aquí me quedo”. Y eran más de las cuatro de la tarde y quedábamos muy pocos en el pueblo, el resto, ya se habían ido. Así que cogí mi sleeping y mi frasco de sal y yo también me fui con mucho dolor en mi corazón, dejando a mis amigas en espera de que alguien les pudiese necesitar.

La última vez que vi a Inés a dos días de su muerte tenía lentes nuevos y el rostro feliz, su superiora le había dicho que bueno, que sí, que puede irse a vivir con los Huaorani. Al otro día iba a emprender su primer encuentro con los Tagaheri, iba a vivir plenamente su compromiso misionero. Sus ojos tenían también un brillo como melancolía, porque ya, todos sabemos que sabía el riesgo que corrían aunque no lo decía.

A todos y todas nos partió el corazón su muerte y la de Alejandro. Nos sorprendió enormemente la sonrisa de paz en el rostro lacerado de Alejandro, los pies descalzos, cruzados y tensos de Inés pero su rostro adolorido en tierna calma. A mí me llenó de ternura el corazón cuando he visto a todas las mujeres queridas de Inés venir a darle su última despedida aunque habían dicho que nunca vendrían a la iglesia. Lloramos largamente, abrazadas, mientras mirábamos sus cuerpos.

Desde el día en que se truncaron los papeles para los habitantes de la selva estamos condenados a la muerte y al fracaso. Desde cuando no se oye la voz de los sin voz, el grito de protesta e impotencia de los empequeñecidos y vulnerados de los tiempos por la ambición, el desenfreno, la maldad, la ignorancia de los dueños del dinero y el poder, estamos condenados a la muerte.

La historia de nuestra provincia al igual que la nacional y muchas historias familiares, cotidianas y mundiales ha engrandecido la figura machista y patriarcal de los hombres rudos, valientes, guerreros, conquistadores que llegaron a estas tierras que las saben tan rica pero la consideran “de nadie” para conquistarla a punta de bayoneta y destrucción. Quién tan valiente y aguerrido como Francisco de Orellana y los trece furibundos de la fama que descubrieron el río de las Amazonas; siguieron los caucheros con la historia más terrible de dominación, abuso y esclavitud, donde la figura machista y abusiva de los patronos, mayordomos y capataces cubre de sangre, dominación y poder estas tierras eternamente libres. Tomaron a las mujeres, las violaron, las abusaron y las dejaron a la deriva con sus hijos a cuestas y en el olvido.

Luego llegan los obreros de las petroleras, los de la sísmicas, los de las guardarrayas, los ingenieros, hombres embotados y con dinero, que siguen con la creencia de que estas tierras son de nadie, que las mujeres somos un objeto sexual sin derechos ni dignidad, tan exóticas y sensuales criaturas destinadas a darles placer, nos ven como un elemento más de la naturaleza exuberante, primaria como primarios son sus instintos. Pues estos hombres bravos, violentos y mal hablados son los personajes en quienes se comparan muchos de nuestros hombres, los tienen de modelo, se llenan la cabeza de criterios patriarcales y distorsionan toda la armonía y equilibrio de la Amazonía, creando en su mente y corazón el “autoengaño” o “fraude inocente” que permite a quienes deforman la realidad “no querer darse cuenta”,” pensar que “no saben lo que hacen”, lo que les permite seguir con el viejo pensamiento de que “si otros lo han hecho, ellos también” y cuelgan de un clavo nuestros derechos elementales de mujeres libres y nos tratan sin ninguna consideración y tanta violencia. Y así como violan nuestros cuerpos de forma sistemática y alarmante, violan nuestro derecho a una vida digna, los derechos de los NNA, los derechos Humanos y de las humanas, los derechos de los pueblos y nacionalidades indígenas, los derechos de la naturaleza recientemente constitucionalizados. “La así llamada vida civilizada es una gran torre que celebra los logros de la humanidad, pero en cuyo extremo superior está permanentemente envuelto en una nube densa, un progreso a costa de crueldad y muerte inimaginable” (Claudio Naranjo).

De ahí tanto abuso, violencia y humillación.

“En el año 2010 llegaron al Patronato de Servicio Social de Orellana, que registran los casos en coordinación con la Fiscalía de Orellana:

493 casos de delitos sexuales, de los cuales 6 fueron a hombres y 487 a mujeres.

468 fueron violaciones. Más de una mujer, niña o adolescente fue violada cada día.

16 atentados contra el pudor,

6 casos de estupro.

475 delitos sexuales se cometieron dentro del hogar y 18 fuera del hogar.

La mayoría de los casos son contra adolescentes de entre 10 y 19 años, 2 casos contra mayores de 20 años. Pero también hubo 66 casos contra niñas de 5 a 9 años, 2 casos contra bebes de hasta 11 meses, 3 casos contra menores de 1 a 4 años”[1] y se justifican diciendo que son inocentes, que la niña, que la bebé le estaba provocando, tentando.

Los principales agresores son los mismos que tienen la responsabilidad de protegernos: “121 padres, 296 padrastros, 2 hermanos, 66 otros parientes y tan solo 8 casos fueron personas desconocidas, fuera del hogar”[2]. De estas violaciones, muchas adolescentes se quedan embarazadas.

El problema de nuestra sociedad radica en su “mente patriarcal”, en la cual las relaciones de dominio/sumisión respecto al afecto, interfieren con la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios y fraternales, donde las capacidades de goce, compasión y amor se ven aplastadas por un falso y compulsivo reconocimiento hacia las figuras de autoridad y dominio a todo nivel, por eso la magnitud de la Violencia a la mujer e intrafamiliar.

“En el Ecuador, - por ende en Orellana- 8 de cada 10 mujeres son víctimas de alguna forma de violencia”[3].

De ellas, 6 de cada 10 son mujeres jóvenes de entre los 25 y 45 años

22 de cada 100 son agredidas a diario.

50 de cada 100 son simultáneamente insultadas y agredidas físicamente.

27 son forzadas sexualmente”[4].

Orellana tiene el segundo índice más alto del país de embarazos en las adolescentes.

Hoy, somos una de las pocas provincias y cantones con mayoría de autoridades mujeres, pero seguimos con una cultura fuertemente patriarcal y androcéntrica, donde los derechos humanos y de las humanas, aunque han sido reconocidos formalmente, todavía NO son parte de los valores socioculturales”. Donde se subordina a las mujeres a un jefe masculino y se invisibiliza su trabajo y aporte en el progreso de la familia, de la comunidad, de la organización, del barrio en la conquista de su libertad y sus derechos.

En este estado de realidad dominante, patriarcal y violenta, la figura de Inés, mujer, radical en su lucha, auténtica en su amor hasta dar la vida sin temor; Inés es una consigna y una bandera que me anima y me mantiene en la lucha por conquistar la justicia y equidad de las mujeres en Orellana, porque se respeten nuestros derechos fundamentales y sintamos que una vida digna, libre de violencia nos humaniza a todas y todos.

Por esto, nosotras, la Fundación Ayllu Huarmicuna, optamos por un sueño: “hacer de Orellana una provincia libre de la violencia intrafamiliar y sin abuso sexual”. Desde nuestra Casa Paula, nos comprometemos y optamos por nosotras, las mujeres.

Yo, Cecilia Peñaherrera, Capitana de las Alejandrinas, les agradezco a todas y todos por esta oportunidad para hablar de Inés, querida amiga.

Muchas gracias.



[1] Morras Jone. Dra. Betsy Ubillus. Cartilla sexualidad y delitos sexuales. Serie Mujeres libres y solidarias.

[2]. Idem..

[3]. UNMFPA.

[4]. CONAMU.

 

Apuntes sobre la vida de la Hna. Inés Arango Velásquez

Hna. Blanca Estela Gómez Pineda

MEDELLIN 2003

Religiosa Colombiana, nacida en Medellín, el 6 de abril del año 1937 y muerta en la selva ecuatoriana alanceada por los indios Tagaeri el 21 de julio de 1987.

PRIMERA PARTE: FAMILIA E INFANCIA

“Nací libre como el viento

de las sierras antioqueñas”

Así reza el himno de la GRAN ANTIOQUIA, donde vio la luz del día nuestra muy querida y siempre recordada herman INÉS ARANGO VELÁSQUEZ.

Entre los más grandes de Colombia

Antioquia es el sexto departamento colombiano en extensión territorial. Rico en paisajes, montañas, cerros, verdes y frescos calles, ríos, llanuras con fértiles pastos, hermosas costas a la orilla de los dos océanos que rodean a la hidalga Antioquia: Océano Atlántico y Océano Pacífico. Situado al noroeste de Colombia, es una departamento líder y promisorio.

Medellín, su capital “Ciudad Industrial de las flores” “Capital de la Montaña”, denominaciones que tiene que ver con sus paisajes, sus tradiciones, sus recursos y deseo de realizaciones, rodeada de montañas y cruzadas de sur a norte por el río Medellín, el río principal de su hidrografía. Situada en el Valle de Aburrá a 1.525 metros sobre el nivel del mar, y un promedio de 24 grados, es una de las ciudades más grandes de Colombia.Fundada en 1.675 y convertida en un gran centro industrial desde ls años 30. es hoy por hoy ejemplo de vanguardia y pujanza Antioqueña que con brazos abiertos recibe visitantes de todo el mundo, Medellín mezcla la majestuosidad del Valle de Aburrá (llamado así por los indígenas que lo habitan a la llegada de los españoles), con la armoniosa combinación de estructuras del siglo XX, con el verde de sus árboles primaverales y as imponentes montañas que sirven de murallas alrededor de la ciudad.

Para aquel entonces, en tiempo de la niñez de Inés, todavía Medellín no tenía el aire majestuoso de ciudad, pero ya se vislumbraba el crecimiento y progreso que iba alcanzando en el campo económico, social, cultural, comercial, etc. Inés llevaba en sí, muy adentro, el espíritu de verdadera paisa, cuyas características entre otras son:

Es un ser amable al saludar, fuerte y decidido al estrecha la mano; malicioso y hábil al hablar de negocios, franco y fiel a su palabra, brusco al decir la verdad, pero lo que dice es cierto, optimista en la derrota, alegre en el triunfo. No importa donde haya nacido, porque es tan especial, tenaz, laborioso, soñador, tierno, honrado, trabajador, hablador, que capaz de nacer donde le plazca sin dejar de ser un paisa, es regionalista porque se siente orgulloso de lo suyo y seguro de lo que es. Trabaja a diario por Colombia; le ama sobre todo y ante todo. Si lo ve podrá decirle al mundo que conoció un Paisa.

SUS PADRES Y ANTEPASADOS.

En uno de los barrios de Medellín, en el BARRIO BELÉN, vio la luz de l día una niña para quien la providencia tenía reservados caminos impredecibles.

Allí vivía por aquel entonces el ejemplar y patriarcal matrimonio formado por don Fabriciano Arango y doña Magdalena Velásquez, descendientes ambos de raza antioqueña, de fervientes principios cristianos, practicantes y defensores de su fe, la que sabiamente con palabras pero sobre todo con su ejemplo, con su testimonio de vida, fueron infundiendo cada día a sus hijos, testimonio que dejó en ellos huellas imborrables y fue siempre una impronta que los guió y definió en sus decisiones ante la vida y como cristianos.De esta unión matrimonial vino al mundo una corona de 12 hijos: 5 varones y 7 mujeres, familia que iba creciendo y bebiendo de tan precioso árbol la nutriente savia que alimentara la vivencia de una vida de fe, de temor de Dios, y de confianza sin límites en la Providencia.

El ambiente familiar de donde provenían don Fabriciano y Doña Magdalena, fue un ambiente “levítico”. Ellos mismos fueron alimentados y vivificados en hogares recios y fuertes en virtudes. Sus familias provenían de esos troncos que a manera de robles se yerguen para responder valientes las arremetidas de la vida. Encontramos en su árbol genealógico hermanos, tías y tíos sacerdotes, misioneros y sobre todo una familia muy enraizados en el árbol franciscano ¿Qué extraño que al formar su hogar, fuera éste una prolongación y remedo de lo que cada uno vivió en el suyo?

En la unión matrimonial formada por don Fabriciano y doña Magdalena se dieron a cabalidad las características del matrimonio cristiano: unidad e indisolubilidad, fidelidad y fecundidad. Y como fruto precioso Dios les regaló doce hermosos y promisorios descendientes: Hernán, Fabiola y Orfa; Rafael, Otto, Angela, Magdalena, León y Conrado, Cecilia, Inés y Ana Isabel.

Siete mujeres, cinco varones, siendo Inés entre los doce, la undécima, Cada nuevo hijo traía a la familia nueva alegría, nuevas esperazas, nuevo planes de vida para el futuro.

La vida en familia se iba desarrollando normalmente: un papá laborioso dedicado a su trabajo en la Banca, donde fue escalando diversas posiciones, gracias a su dedicación honradez y pulcritud de costumbres, un poco apretada la situación económica, según testimonio de uno de sus propios hijos, y nada de extrañar, debido al duro pero gozoso compromiso y a la obligación moral de sostener y levantar familia tan numerosa, doña Magadalena dedicada de lleno al cuidado de sus hijos y del hogar; laboriosa y difícil tarea,. Gracias a que aún no se ha dado la liberación femenina, tuvieron estos hijos la fortuna de gozar de lleno de los cuidados, mimos y detalles de su mamá.

Fue un hogar alegre y dinámico, con la presencia de chicos llenos de vida, energía e inquietud. Hogar de sanas costumbres y tradiciones, no fue golpeado por la degradación de sus raíces, tales como la ambigüedad acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, ni por la desintegración familiar, etc. Al contrario, fue un centro de transmisión de valores con el testimonio de cada día, viviendo a cabalidad o aprendiendo de sus mayores las costumbres de la época,: misa diaria desde pequeños los que eran conducidos por sus padres, rosario, catecismo dominical, salidas y expansiones siempre juntos, todo un beber en las fuentes el agua fresca de una fe robusta, futuro esperanzador para esos hijos que poco a poco se van abriendo a la vida y buscaron quien antes, quién después, su realización personal sin encontrar oposición, sino orientación y apoyo en clima de libertad.

En cuanto a su hogar, Cecilia su hermana dijo:

“Nuestro hogar podemos decir que fue modelo de piedad, fervor y religiosidad, ya que mis padres fueron verdaderamente cristianos. Con un gran amor a la Virgen Dolorosa, todos los problemas eran colocados en sus manos… todas las noches se rezaba el rosario y antes de ir a la cama cada uno pedía la bendición y recomendaba se le llamara para ir a la Misa al día siguiente”

Con el pasar de los años estos hijos fueron encontrando caminos de futuro y se organizaron: Fabiola, Cecilia e Inés, Terciarias Capuchinas. Los varones todos, formaron sus hogares y los bendijeron con el sacramento del matrimonio, semilleros y ejemplo para sus hijos, dando lo que ellos recibieron en abundancia… hombres de negocios, profesionales otros, comprometidos con Dios, con la patria y con la sociedad a la que pertenecen o pertenecieron. Al igual que Orfa, Magdalena y Ana Isabel, Ángela permanece soltera, desde ese estado realiza un importante papel como cristiana comprometida, respondiendo desde allí a su plan de salvación, porque aunque estuvo algunos años formando para de la comunidad de Hermanas Terciarias Capuchinas, poco a poco fue discerniendo que su lugar estaba como laica, ayudando a quienes lo necesitan, y como lo hace cada uno y cada una, desde el lugar de su realización y cumplimiento de su misión. Para este momento, ya varios han pasado a la Casa del Padre: Rafael, Otto, Conrado, Orfa.

BAUTISMO CONFIRMACIÓN, PRIMERA COMUNIÓN

La pequeña Inés recibe, como todos los niños de la época, las aguas bautismales a los pocos días de nacida, en la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de Belén, costumbre con la cual la Iglesia quiere ser fiel al mandato del Señor y además, siempre ha estimado que no se debe privar a los niños del bautismo durante mucho tiempo, sin justa causa. Es también una tradición memorable que se debe respetar. Este acontecimiento produce en la familia alegría y regocijo.

Siguiendo el hilo conductor de su infancia, llegamos a la recepción del Sacramento de la Confirmación, donde reafirma su condición de cristiana, adquiere una configuración más profunda con Cristo y una mayor abundancia del Espíritu Santo, Espíritu que le dará la plena madurez en la fe hasta las últimas consecuencias, hasta la inmolación en la cruz del martirio, como en ella se realizó.

Recibió este sacramento el 6 de octubre de 1940 de manos del entonces Arzobispo de Medellín, Monseñor JOAQUIN GARCÍA BENÍTEZ, sacramento que recibió en compañía de su hermana Cecilia. Tenía entonces 3 años y medio.

La Primera comunión la recibió en el Colegio de la Presentación de Medellín cuando cursaba el Infantil, apenas abriéndose a la vida, y con el entusiasmo y la limpieza de quien en la flor de la inocencia se acerca a recibir al dueño de la vida desde siempre y para siempre.

La niñez de Inés sigue su curso, desarrollándose al ritmo de las exigencias y costumbres de cada día, suave y tranquila al lado de sus padres, hermanos y hermanas en actividades, juegos y distracciones propias de su edad.

En 1944 ingresa al Colegio de la Presentación donde cursa el Infantil y los grados primero y segundo de educación primaria. Los grados tercero, cuarto, quinto y parte del 1º. De Bachillerato los cursa en la escuela normal de la ciudad, dirigida por honorables y especializadas pedagogas, muy admiradas en la sociedad.

Sus actividades en esta época son las normales para una niña de sus edad: asiste puntual y gozosamente al Catecismo Dominical, donde participa de todo lo planeado y organizado por quienes lo dirigían. Es huésped seguro en las fiestas infantiles a las que asistía en compañía de sus hermanas, ya que vivaracha como era, todo lo disfrutaba a cabalidad. En Navidad asistía al rezo de la Novena al Niño Jesús y participaba del canto de villancicos y coros navideños.

SEGUNDA PARTE: ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Con el devenir de cada día, Inés fue entrando en la adolescencia, periodo crítico plagado de ajustes y problemas. Se entra en la adolescencia con buena parte de los sentimientos, actitudes, capacidades y dependencias de la vida anterior. Lo normal es que culminada esta etapa ya se esté preparando para comportase como persona responsable y adulta.

Un autor desconocido escribe acerca de esta etapa:

“No estas sólo. Perteneces a una familia y a unos amigos. Formas parte de un pueblo o ciudad, de una tierra, de un país y de una cultura. Goza y disfruta con las cosas y personas que la vida ha puesto en tu camino; hacerse mayor es una hermosa aventura que exige esfuerzo y no un juego para caprichosos”.

Como su hermana Fabiola, Terciara Capuchina, había sido trasladada a la Normal La Mercede Yarumal, dirigida por esta comunidad religiosa, Inés se fue a su lado a continuar sus estudios; ahí termina el 1º. Bachillerato que había iniciado en la Normal Antioqueña cursa además el 2º. e inicia el 3º. Esto hasta 1953, cuando su hermana es trasladada nuevamente y entonces Inés también emprende viaje de regreso a Medellín.

Al regresar de Yarumal, en su casi obsesión por realizar su sueño misionero, resuelve entrar de aspirante a la Comunidad de las Hermanas Misioneras de la Madre Laura, donde solo permaneció por escasos meses, fue un paso fugaz, ligero, como decisión tomada también a la ligera por una adolescente sin experiencia de la vida,. Su destino estaba en otro lugar, ya la Providencia le iría mostrando los caminos, como en efecto sucedió. Al salir del aspirantazo en 1953 se matricula en el Colegio María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas, donde termina el tercer año de bachillerato y cursa el 4º. año.

En esta época de su adolescencia se descubren en ella rasgos muy característicos de su edad y su temperamento: decisiones rápidas y poco estables; temperamento franco, ardiente, búsqueda de un ideal que para aquel entonces, aún no lograba. Sus hermanas carnales, sus compañeras de colegio, han dejado constancia de en sus testimonios de algunas manifestaciones en su actuar. La describen: amante y delicada con sus padres y en general con su familia, muy fuerte su devoción a la Sma. Virgen, su amor por las misiones por las que trabajó con empeño y dedicación en las jornadas misionales que se organizaban. Por sus venas corría sangre misionera, familiares muy cercanos de sus padres se destacaron como misioneros infatigables. Cuenta una prima salesiana que cuando recibió la primera comunión le dijo: “Yo seré monjita para entregarme a las misiones”

Se granjeaba el cariño de cuantos rodeaban por su sencillez y su alegría. Tenía una risa contagiosa, amante de la verdad, era transparente, no aceptaba nada incorrecto, lo que la hizo aparecer a veces como intransigente, poco tolerante.

De gran sensibilidad para con los pobres y necesitados. Del dinero que le daban para sus dulces y gastos semanales reservaba para compartir con ellos, sobre todo con los indígenas que siempre fueron soñado ideal. Tuvo muchos admiradores, pero su vista miraba otros horizontes, cuando se presentaban para visitarla siempre buscaba quien la sustituyera, el Señor no la llamaba al matrimonio, así lo expresó en varias oportunidades.

TERCERA PARTE: NACIMIENTO DE SU VOCACIÓN.

“Mi vocación es un fuego que llevo en el alma, con susurros de amor y de calma, como un viento que corre veloz, no es ilusión, no”

Cantaba con energía y alegría. Desde pequeña Inés sintió siempre en su corazón el fuego abrasador que la impelía a mirar hacia arriba y escalar las alturas de la santidad y de la entrega. La gracia de Dios la iluminó e impulsó a consagrarse a Dios plenamente y para siempre. Son llamadas a las que no se puede resistir sino que llevan a la entrega sin reservas.Fiel a este fuego e impulso misionero ingresa en la comunidad de las “Hermanas Misioneras de Maria Inmaculada y de Santa Catalina” comúnmente conocidas como Misioneras de la Madre Laura o más familiarmente, Lauritas.

LAS MISIONERAS DE LA MADRE LAURA Son una congregación colombiana, netamente misionera, fundada para construir el reino desde los más pobres, por la Madre LAURA MONTOYA UPEGUI, nacida en Jericó, Antioquia, Colombia, en 1874 y muerta en Medellín el 21 de octubre de 1949.

El 5 de mayo de 1914 salieron de la ciudad de Medellín, Laura Montoya Upegui en compañía de su madre y cinco jóvenes valerosas, iniciando lo que ella denominó “la obra de los indios”. El 14 de ese mismo mes y año, funda la congregación en las selvas antioqueñas de Dabeiba, con los indígenas Catíos.

La madre Laura tuvo una visión universal de su misión, celo sin límites de lugar, ni personas, ni tiempo, se afirma en su biografía;

Al morir la madre Laura deja 90 casa fundadas en tres países: Colombia, Ecuador y Venezuela, y su carisma misionero sigue latente como respuesta al “tengo sed” grito de Jesús en la cruz desde el abandono y la marginación en que se encontraban los indígenas. A esta congregación ingresó Inés cuando regresó de Yarumal, movida por el anhelo, casi que obsesión de ser misionera, ye entregarse a la evangelización de los indígenas; decisión ligera, sin mucha maduración, propia de sus edad adolescente, pero de admirar porque dio el primer paso para alcanzar lo que tanto anhelaba. Pero así como ingresó, rápidamente, así fue su decisión para salir. Permaneció únicamente por tres meses. Fue un paso fugaz, tres meses, pues no era el lugar para la realización y consumación de su vocación, y mas concretamente de su vocación misionera, solo que en su inquietante búsqueda creyó seria en el seño de esa comunidad donde encontraría el terreno propicio para la realización de sus sueños, pero… mis caminos no son vuestros caminos.

Cuenta una de sus hermanas, que una tarde llegó al convento de la Madre Laura doña Magdalena, su mamá, a cancelar el aporte que debían hacer las aspirantes; no la llamaron donde su mamá, pero ella, no se sabe cómo, la vio llegar y cuando se disponía a regresar a casa, la llamó y le dijo desde lejos, “mamá, espéreme que yo me voy con usted, yo no que quiero quedar más aquí” ¿Motivo?... en última instancia, caminos de la Providencia que guía amorosamente nuestros pasos en el caminar hacia el Padre, porque “Yo soy el barro, Tú eres el Alfarero Señor”. Al retirarse del aspirantazo de la Madre Laura, continúa estudiando el 3er. Año de bachillerato en el colegio de María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas. Corría el año 1953.

Las Hermanas Terciarias Capuchinas fueron para Inés como un ambiente natural desde su infancia, puesto que su Hna. Fabiola ya pertenecía por aquel entonces a esta comunidad y así tuvo desde pequeña la oportunidad de familiarizarse con las hermanas, conociéndolas poco a poco.

Esta comunidad fue fundada por FRAY LUIS AMIGO Y FERRER Obispo de Segorbe, el 11 de mayo de 1885.

En 1884 el joven Luis de Massamagraaell contaba solo 30 años, cuando movido por el Espíritu emprendió la colosal aventura de fundar esta comunidad, y cuatro años más tarde fundó la Comunidad de los Padres Terciarios Capuchinos de Ntra. Señora de los Dolores.

El Padre Luis había nacido en Massamagrell – España – el 17 de octubre de 1854. Desde niño sintió la llamada del Señor para consagrarse a su servicio. Después de vencer varias dificultades ingresó a la Orden Capuchina en Bayona Francia, el 12 de abril de 1874; tenía entonces 19 años; al regresar a España fue ordenado sacerdote en 1879.

Desde Massamagrell, su pueblo natal, ejerció su apostolado con varios grupos seglares y fue precisamente trabajando con estos grupos donde recibió la inspiración de fundar sus dos congregaciones, como él mismo lo escribe:

“El progreso siempre creciente de la Tercera Orden Seglar y el deseo de mayor perfección de algunas almas que querían consagrarse a Dios, me impulsaban ya mucho tiempo a intentar la fundación de una Congregación de Religiosas Terciarias Capuchinas y, creyendo ser voluntad de Dios, empecé a escribir unas Constituciones implorando para ello el auxilio divino” [1]

La forma como surge esta Congregación pone de manifiesto los designios ocultos del Señor. El Padre Luis al escribir las Constituciones dejó muy en claro el espíritu propio de la Congregación. Le debe distinguir el espíritu cristiano en el amor y enmarcar su vida en la penitencia y en la minoridad franciscanas, dedicándose unas veces a la contemplación y otras a socorrer, con dedicación y esmero, las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, como la expresa en sus escritos:

“Las hermanas servirán al Señor en vida mixta, entregándose unas veces a las dulzuras de la contemplación y dedicándose otras, con solicitud y desvelo al socorro de las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, en los hospitales, asilos y casas de enseñanza… si en algún día La Sagrada Congregación de Propaganda FIDE las pidiese para las misiones entre infieles, se prestarán con toda docilidad”.[2]

En 19885 el mismo año la fundación de las Hermanas Terciarias Capuchinas se desató en España, y sobre todo en Valencia, una terrible epidemia de CÓLERA ASIÁTICA que afectó profundamente la población, a tal punto que no encontraban quien atendiese a los enfermos ni quien le diera sepultura a los muertos.

Las autoridades angustiadas acudieron al Padre Luis pidiendo su heroica ayuda. Él expuso la situación al grupo de Hermanas que apenas iniciaban. Todas se ofrecieron generosamente. Cuatro se fueron a prestar el servicio en Massamagrell, y tres de ellas murieron contagiadas de la enfermedad.

Dejemos que sea el Padre Luis quien nos narre:

… “Por ser este un acto heroico me limité a exponer a las religiosas la petición y decirles que si alguna se veía con ánimo para ejercer la caridad me lo dijiese. No hubo alguna que no se ofreciese al sacrificio. Se designaron cuatro que fuesen a Massamagrell…” [3]

El diario “Las Provincias” se hizo eco del heroísmo de las hermanas de la naciente comunidad;

“Una simple invitación que los vecinos de Massamagrell hicieron a las hermanas terciarias capuchinas ha sido bastante para que se ofreciera toda la comunidad a asistir a los enfermos coléricos, siendo preciso que la superiora contuviera su fervor marchando solo alguna de ellas… es de desear que estas heroicas mujeres que en aras de la caridad corren a los sitios más peligrosos para cuidar a los coléricos, se prevengan en lo posible la epidemia”.[4]

Como se aprecia, ya desde sus inicios la congregación da muestra de la entrega y vocación martirial de sus miembros.

Corría el 1954, año centenario del nacimiento del Padre Luis; una solemne celebración Eucarística se había preparado en el Noviciado Getsemaní, situado en Medellín, Belén para conmemorar este gran acontecimiento. A esta celebración fueron invitados los familiares de las hermanas, y la Hna. Fabiola hizo a Inés una invitación especial. Como era de esperar, la inquieta y dinámica Inés asistió llena de entusiasmo.

“En esta celebración iba a ingresar una joven – cuenta su hermana Cecilia que en aquel momento era novicia terciaria capuchina – cuando Inés se dio cuenta de ello, acudió donde la Madre Provincial, y le pidió que la recibiera. Ella le respondió que imposible, que estaba muy joven y que sus papás no sabían nada; siguió insistiendo y entonces la Madre llamó a Fabiola y le consultó. Decidieron entonces que ingresara y llamaron a la casa para dar esta noticia a mis padres, quienes al instante acudieron presurosos para asistir al ingreso… ”

Y en otra nota apunta la misma hermana:

“Su ingreso fue a las 11 a.m. después de la Misa Solemne en una sencilla ceremonia en la que se cantaban la Salve Regina, y luego el abrazo de toda la comunidad como señal de acogida. Desde ese momento solo pensaban en su misión, cada vez que tenía oportunidad de manifestar este deseo, lo hacía”.

PARTE CUARTA: SOR MARIA NIEVES DE MEDELLÍN

Con inmensa alegría, no pos eso sin dolor, Inés se despidió de los suyos, feliz de iniciar el camino que tanto había buscado y anhelado y que al fin se veía transitándolo en búsqueda de la realización de su ideal.

La esperó y acogió su familia religiosa quienes con verdadero amor fraterno la recibieron con un abrazo que no se quedó en simple símbolo de acogida, sino que se fue haciendo día tras día realidad. Inició entonces el Postulantado, tiempo destinado a la preparación para recibir el Hábito religioso, tiempo previo al Noviciado.

“Porque es imposible conocer a primera vista las cualidades de una joven y su vocación, ni esta, si los rigores de la Orden son o no sobre sus fuerzas, por eso antes de darle el Santo Hábito, se le tendrá como postulante, el cual tiempo pasará en el noviciado siguiendo en un todo los ejercicios a que se emplean las novicias”.[5]

Su maestra de Postulantes, la Hermana Esperanza Vélez en sus testimonios nos dice de ella, acerca de cómo la vio en el postulantado.

“Era una persona muy decidida en su vocación, alegre y fervorosa especialmente en sus relaciones con el Señor Sacramentado y con la Inmaculada, una persona muy servicial dispuesta para todo, ningún trabajo era grande para ella, inquieta espiritual y físicamente, no se sabia estar en un solo punto mucho tiempo, era activar por naturaleza, de un modo de ser muy agradable, buena con sus compañeras, amiga de ayudar al que necesitaba y como tenía muchas cualidades podía ayudar mucho porque no solo intelectualmente era muy cualidades podía ayudar mucho porque no solo intelectualmente era muy capacitada, sino que humanamente tenía muchos dotes. El defecto que siempre se le corrigió a Inés era que era muy primaria, sus respuestas duras que de inmediato le causaban remordimiento, porque era una persona muy delicada de conciencia, como ella era así a la carrera quería que todo el mundo marchara a su compás y eso no se consigue”.

El periodo duraba seis meses o un poco más los que pasó en el Noviciado “Getsemaní” en Medellín. Transcurrido este tiempo tiene lugar la “Toma de Hábito” el dos de julio de 1955, ceremonia que fue presidida por el sacerdote José Lozano, terciario capuchino. Como era costumbre recomendada por el mismo padre Luis, cambió su nombre de pila por su nombre de religión SOR MARÍA NIEVES DE MEDELLÍN

Con la investigación del hábito se inicia el Noviciado y con esta etapa se inicia propiamente la Vida Religiosa. Es un tiempo más largo y con mayores responsabilidades y más fuertes decisiones; tiempo dedicado a que las novicias se arraigan más en la virtud y adquieran el espíritu seráfico que debe animar a las hijas del Patriarca de Asís, aprendiendo en que consiste la vida de la perfecta religiosa y verdadera terciaria capuchina.[6]

El año del noviciado transcurrió normalmente; alegre como era, la infundía diáfana y ampliamente a sus compañeras, sorteando con valentía las inevitables dificultades, convencida de que la fe no las elimina y porque sabía que Dios vela y camina con nosotros aunque algunas veces a distancia. Puede parecer que Dios está ausente pero El no puede permitir que se hundan los suyos aunque deja actuar las causas segundas; lo definitivamente grave es el hundimiento de la fe. Pero pasaron los días e Inés continuó firme en su caminar.

Transcurrido el año de noviciado hizo su Profesión Religiosa el 7 de Julio de 1956 en Eucaristía que presidió el Padre Aureliano Restrepo cuando contaba con 19 años de edad.

Con la Profesión Religiosa terminó la etapa de formación y pasó entonces a ejercer el apostolado en las diferentes obras que tenía la Provincia de San José. Fue designada para dedicarse a la tarea de la Educación.

QUINTA PARTE: SOR MARIA NIEVES COMO RELIGIOSA Y COMO EDUCADORA

Desde siempre y por siempre Inés soñó con ser misionera lo hemos afirmado ya varias veces, y misionera entre indígenas, pues en el sentido amplio de la palabra, todos somos misioneros al cumplir cada día la misión que Dios nos encomienda.

Como la Provincia no tenía obras dedicadas a las misiones entre indígenas, fue destinada a trabajar en los colegios que tenía la Provincia a los que Inés les dedicó buena parte de su vida, con entrega, dedicación y esmero. Prueba de ello son los diferentes testimonios emitidos por sus alumnas y hermanas que trabajaron con ella.

Inicia su misión como educadora, al estilo de Jesús, como misionera itinerante, por quien ella se dejó guiar, combatiendo con energía las debilidades naturales con fuerza certeza y seguridad a la manera de San Pablo: “Sé de quien me he fiado”. Cumplió con dedicación su trabajo, con sentido de humor para ver la vida con alegría y optimismo. Por eso porque era una hermana alegre, era de esas personas que conservan siempre su juventud, por eso era muy atrayente para con las alumnas con quienes siempre tuvo muy buenas relaciones; exponía sus puntos de vista sin violentarlas, les sabía exigir cuando era necesario sin violentarlas. La Hna. María nieves, la joven educadora, gozó siempre de gran acogida entre sus alumnas, quienes acudían a ella a pedir orientaciones especiales en sus momentos difíciles y siempre se retiraban confortadas y animadas.

En 1956 apenas emitió su primera profesión fue destinada al colegio “Manuela Beltrán” en Versalles (valle del Cauca), pero al siguiente año 1957 pasa al Colegio “Santa Inés en Bolívar 8Antioquia). Su Superiora local, la Hna. Blanca Myriam Arroyave, en su testimonio entre muchas cosas dijo:

“… El Señor me regaló convivir con la Hna. Inés en dos ocasiones, en Bolívar y años después en Armero, la conocí muy a fondo, guardo gratos recuerdos de ella y ahora como en aquel entonces sigue siendo mi ayuda. Fue siempre la persona generosa, activa, en sumo grado, nada se le dificultaba… leía en su mirada franca y sincera que me decía: ¿qué necesita? La alegría fue siempre una característica muy especial suya…”

En 1958 fue trasladada al Colegio “Santa Rosa de Lima” en Jericó (Antioquia); aquí emitió su profesión perpetua el quince de agosto de 1959 al cumplir tres años de votos temporales, en Eucaristía oficiada por el Señor Obispo de la Diócesis Monseñor Antonio José Jaramillo.

Allí estuvo acompañada por su familia en momento tan importante y decisivo para quien ha consagrado su vida al Señor, y poder hacerlo ahora en forma definitiva; esto en lenguaje jurídico, puesto que teológicamente hablando la entrega definitiva ha sido desde el sí de la Primera Profesión.

Acariciando y esperando el momento de marchar a las misiones, continúa prestando sus servicios como educadora. En 1960 estuvo como en la Norma “Nuestra Señora del Carmen” en Cereté (Cordoba), donde además obtuvo su título de Normalista Superior en 1964. Continuó laborando en el mismo establecimiento hasta cuando al finalizar 1967 es trasladada al Colegio “Sagrada Familia” en Armero (Tolima)

De sus alumnas se tiene testimonios valiosos y gratificantes. Citamos los de Eyder Tocher hoy terciaria capuchina:

Escribiendo a hna. Cecilia Arango le dice:

“Tu sabes el cariño la gratitud de quienes tuvimos la dicha de ser sus alumnas y más las internas… vivimos tan cerca alegrías, triunfos, fracasos,… ese pequeño cuerpo encerraba un alma gigante,… aprendí de ella como de un libro abierto, porque su vida fue perenne testimonio de entrega, de abnegación. Inés no conocía el cansancio para entregarse y servir”.

Los años 1969 – 1971 los vive en la Normal “La Merced” de Yarumal donde encontró gratos recuerdos de su adolecía y donde encontró a la Hna. Esperanza Vélez como superiora de la Comunidad, la misma hermanas que había sido su muestra de postulantes….

Pasa luego al colegio de María de El Peñol (Antioquia), en 1974 fue trasladada al Colegio La Inmaculada de Puerto Berrío donde regresó en 1976, después de estar en el colegio La Inmaculada de Medellín y nuevamente en Armero en 1975.

Veinte años de paciente y desesperada espera para ser “misionera de verdad” como ella misma lo decía. Veinte años como educadora cuando su mirada siempre estuvo con las misiones, pero es Dios quien mueve y el hombre es movido por Dios.

“Yo me entré para ser misionera y me han dejado de maestra, ayúdeme usted que puede”, decía a la Hna. Ana Dolores Rojo en diálogo con ella, Superiora provincial de entonces. El Evangelio invita a estar abiertas a eventualidades dispares y opuestas.

Cuando la Hna. Beatriz Arbeláez (q.e.p.d.) se le solicitó hacer un flash acerca de Inés, escribe:

“Una mujer dinámica, entusiasta, activa, emprendedora, destacaría especialmente su dinamismo y su sentido de responsabilidad, su inquietud por la evangelización. Yo la conocí en Armeo, y además desde su trabajo como educadora con Amelia Echeverri se iban después de terminar las clases del colegio a una hacienda a dar catequesis a los niños que se preparaban para recibir los sacramentos; yo admiro mucho ese trabajo, porque el clima de Armero es muy fuerte, demasiado caliente, ellas no conocían la fatiga… Dentro de la comunidad era muy diligente y ágil poco paciente para acostumbrarse al ritmo de los otros, un poco colérica y tajante, cuando tenía que decir las cosas, su dinamismo la llevaba actuar así. Esto aunque pudiera verse como negativo es también muy positivo depende de uno según con quienes uno viva; personas así ayudan a despertar una comunidad a dinamizar un grupo”.

Y llegó la hora marcada y fijada por Dios para abrir a Inés el camino hacia la plenitud de sus sueños e ideales durante una vida y una larga espera ¡Misionera de verdad!

Fue su único ideal, como lo repitiera meses antes de morir, sueño al que hubo que esperar para verlo realizado, pero no porque ella no lo hubiera buscado y tocado en muchas puertas sin obtener respuesta inmediata. Cuando la provincia de la Inmaculada empezó una misión en el Zaire. Inés pensó que también ella podría ser misionera en Africa, como 5 hermanas de esa provincia que en 1971 llegaron a Kansenia.

En 1973, cuando se hablaba de la misión en Mitú a cargo de la Provincia del Sgdo. Corazón en los Llanos orientales de Colombia, Inés presentó una petición escrita para formar parte de la misma, pero esta solo se inició en 1978.

A petición del Superior de la Misión de Aguarico en el Ecuador y Prefecto Apostó lico de entonces Monseñor Jesús Langarica, las hermanas Terciarias Capuchinas llegaron a Ecuador en 1977 y en esta ocasión Inés fue designada para ir a trabajar en esa misión.

Al fin se cumplió su sueño tan acariciado, anhelado y esperado, ahora sí ¡misionera de verdad! Ahora sí tiene ante ella el inmenso horizonte y las selvas tanto tiempo deseadas y añoradas.

Ahora puede respuesta a esa vocación especial a la que el Señor le llamó, inmenso regalo como toda vocación; ahora puede saciar la sed de Jesús entre los más pobres y necesitados.

Nuevamente es la hna. Cecilia habla y describe la vocación misionera de su hermana, desde su pronto de vista:

“Tuvo que esperar 20 años para que al final la mandaran a las misiones. Llegado el momento no vaciló. Tenía muy claro en su mente y corazón las características de un buen misionero: pobreza absoluta, desprendiéndose de sus seres más queridos, su patria y hasta de su lengua, ya que tenía que aprender algunos dialectos, pero feliz marchó, sin tener en cuenta la enfermedad de mi mamá y también su edad avanzada. Marchó con el mayor entusiasmo y alegría sin limites… en todo lo que hacía y admiraba, contemplaba la presencia de Dios como lo hiciera San Francisco de Asís”

Inicia Inés una nueva etapa de su vida, llena de ilusiones y plena en realizaciones, esperando llevar a cabo los planes que durante una vida acarició, asumiendo realidades impensables pero aceptadas de antemano, pues bien sabía los riesgos que correría en sus peligrosos pero anhelados viajes en la misión. Fue su gesto, fue su anhelo, fue su ideal.



[1] AMIGO. Luis, OCLA, 68 Cf. Idem # 96

[2] AMIGO, Luis OCLA, 22 93

[3] Idem, 84

[4] Las Provincias (Periódico de Valencia) en IRIARTE, Lázaro, Historia de la Congregación de Terciarias Capuchinas. Roma 1985, p. 32

[5] AMIGO, Luis, OCLA 2300

[6] AMIGO, Luic, OCLA 2301 y 2302

BIOGRAFIA Hna. Josefina Zúñiga Deluque

Era fiel exponente de las mujeres de su raza antioqueña, que no sabe de miedos porque ha podido vencer la abrupta majestad de sus montañas. Su figura menuda encerraba un alma grande, de temple.

Quienes la recuerdan desde su infancia, vivida con la naturalidad de una niña común y corriente, alcanzaron a intuir detrás de su cuotidianidad y de su semblante apacible y sonriente, el fuego de quien se sabe llamada a vivir grandes momentos en su historia personal.

La fe recibida en el hogar, por la tradición y por el ejemplo de sus padres y mayores, se fue templando desde muy temprano cuando, con su hermana Cecilia, también terciaria capuchina, asistía a la catequesis dominical. Así de normal transcurrieron su infancia y su adolescencia. Sin estridencias ni aspavientos; todo enmarcado en lo común y corriente de una niña y de una adolescente. Con sus altibajos de alegría, de ilusiones, de rebeldías y aspiraciones compartido todo con quienes fueron sus compañeras de estudio en las aulas de los colegios de "La Presentación" de Medellín, la "Normal Antioqueña", "María Auxiliadora de Medellín y la normal "La Merced" de Yarumal, testigos de su franca e innata rebeldía ante lo institucional, cuando supera a la persona.

Siendo alumna en la Normal "La Merced", de Yarumal, sufrió un accidente que pudo haberle ocasionado serias consecuencias, pero que dentro de los designios del Padre Bueno, no llegó más allá de unas horas de inconciencia porque El ya habría marcado con su amor de predilección, porque las necesitaba.

La delicadeza de su alma cristalizó en el gran amor y ternura hacia su madre, a quien no fue capaz de contarle que partía para Ecuador, por no amargar la despedida. No obstante esto, fue valiente para ir más allá de lo común cuando el Señor en el Evangelio le hizo la propuesta exigente de dejar padre, madre y hermanos por el REINO.

De temperamento alegre, sencillo y sin doblez, siempre espontánea, era clara y directa en su relación con los demás, lo que llevaba a decir las cosas llamándolas por su nombre.

Consciente de que todo don viene de Dios y que lo que de El se recibe es para darlo a los demás, compartía todo, se daba siempre a todos y no quería hacer sufrir a nadie. Era una mujer común y corriente pero llena de amor y con grandes deseos de servir. De ahí que siempre fue hacendosa y servicial.

De apariencia frágil, pero de muy buena salud; delgada, pero fuerte.

Pero si por algo se distinguió Inés, fue por su pasión por las misiones. Desde muy niña mostró inclinación por ella, tal vez bajo la influencia de la tradición familiar que cuenta en haber evangelizador con varios misioneros.

De adolescente vivía en continua emulación con su hermana Cecilia: aquella en favor de las Hermanas de la Madre Laura y ésta por las Terciarias Capuchinas. Su anhelo de ser misionera la llevó a buscar a las Lauritas, ya que en esa época la Provincia de San José no tenía expansión misionera; pero por designios de Dios que la quería Terciaria Capuchina, solo estuvo como aspirante de las Lauritas, aproximadamente dos meses.

El 17 de octubre de 1954, cuando en Medellín se celebraba una Eucaristía solemne para conmemorar el Centenario del nacimiento de nuestro Padre Luis Amigó, Inés participó en esta celebración ya que los familiares de las hermanas habían sido invitados; Cecilia, su hermana era novicia.

El Plan de Dios sobre Inés comenzó a clarificarse ante ella y fue tan fuerte el llamado del Señor, que se quedó desde ese día, sin volver a su casa, sin mirar hacia atrás y la mamá tuvo que llevar esa tarde el ajuar para ingresar como Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, tal como había visto que era la voluntad divina. Entregó su vida al Señor en la fecha significativa del centenario del natalicio del padre fundador y su Dios que la recibió desde entonces, sella la donación total otorgándole el martirio apenas terminado el cincuentenario de nuestras Hermanas mártires en España. Así es el amor de Dios.

Se quedó para siempre con las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. ¿Qué pasó, entonces, si su anhelo, su pasión eran las misiones y en las perspectivas no se vislumbran asomos para satisfacer su inquietud misionera? Así son los misterios del amor de Dios y de la respuesta generosa a su llamado.

El anhelo misionero siguió latente, vivo; postulantado, noviciado, profesión en 1956 fueron un camino de esperanza hacia el ideal del principio. Las inquietudes misioneras se abren a otro panorama, el de la educación: los Colegios "Manuela Beltrán, Versalles, (Valle), "Santa Inés", Bolívar (Antioquia), "Sagrada Familia", Armero, (Tolima), Normal "La Merced", Yarumal, Colegio "De María", el Peñol, "Instituto "La Inmaculada", Puerto Berrío" y la "Inmaculada" Medellín (Antioquia) fueron testigos de la entrega sin límites de tiempo y circunstancias a sus alumnas quienes hoy la recuerdan con cariño y gratitud y quienes dan fe de que "ese pequeño cuerpo encerraba un alma gigante".

..."que aprendieron de ella como en un libro abierto porque su vida fue un permanente testimonio de entrega, de abnegación, porque no conocía el cansancio, ni el desaliento para entregarse y vivir"...

..."Vida de testimonio ratificado y sellado por el martirio"...

(Tomado de una carta enviada por una exalumna con ocasión de su muerte)

..."Sus alumnas vivieron con ella las alegrías, ilusiones y esperanzas de su SUEÑO MISIONERO que eran muchísimas veces el tema del recreo". (tomado de la misma carta).

Y así transcurrió la vida de Inés, "misionera de la educación2 hasta 1973; 19 años de espera generosa y alegre para ver cumplidos sus anhelos de ser "misionera de las misiones"; surge la inquietud por el Mitú, llanos orientales de Colombia; se ofrece generosamente, pero en reloj de Dios, aún no sonaba el campanazo esperado durante tanto tiempo. Solo después de 21 años de aguardar con paciencia y constancia, su gran anhelo se hace realidad en la misión de Shushufindi, Ecuador, Misión Capuchina de Aguarico. Allí el horizonte es infinito como su anhelo; allí su espíritu se ensanchó mientras descendía por el majestuoso y hermoso Napo, contemplando la belleza de sus paisajes, sus palmeras, sus chontas, y teniendo a la vista el encanto, la sorpresa y la ilusión de ser "misionera de verdad" (tomado de su libreta de apuntes, desde 1977).

Con cuanta fidelidad transcribe en su libreta el gozo del primer encuentro con la selva en donde se verán cumplidas las esperanzas, los anhelos vividos en 21 años esperando que sonara el fin de la hora en el reloj de Dios.

¡Cuántos momentos de oración profunda, sentida y comprometida registran esas páginas amarillentas ya por el tiempo y la pobreza del papel!

¡Con cuánta claridad sintió la necesidad de "darlo todo, que es bien poco" (tomado de la misma libreta) a esos hijos de la selva, hermanos, porque también son hijos de Dios!. Toda esta trayectoria vital se resume en la nota final, escrita antes de su partida definitiva: "Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mi, no busco nombre ... ni fama. Dios lo sabe. Siempre con todos"... Y lo que no se busca sale al paso. Inés no buscó el martirio, Dios se lo regaló.

El martirio, aun cuando es un regalo de Dios, inmerecido, se va construyendo en la fragua de la oración fervorosa y constante, de la entrega total, sin medida y sin reservas, en el abandono en los brazos amorosos del Padre.

Los 10 años vividos intensamente por Inés en la misión, la fueron cambiando, fueron templando su carácter en la fragua de su oración fervorosa, de su espíritu de pobreza. Años que fueron acrisolando el temple de su carácter recio, que nunca convino con lo incorrecto que la llevaba a tomar posiciones claras y definidas frente a lo impreciso.

Y en ese clima de oración constante y fervorosa, la recibió el amanecer del martes 21 de julio de 1987. No había luz eléctrica cuando se postró a orar ante el Señor de su vida. Solo la luz parpadeante de la pobre vela iluminó el encuentro con el Dios del amor; así de simple, como la virgen prudente del Evangelio, con la luz encendida más en su espíritu de entrega que en el pequeño cirio, testigo de su diálogo amoroso con Jesús.

¿De qué hablarían? ¿Qué se dijeron en ese momento Jesús e Inés? Ella le hablaría de su anhelo de "ir más allá" de lo común, de lo ya hecho. Le contaría que ya había escrito a la Hermana General, a la Hna. Elena, presentándole su plan, contándole sus proyectos; le dirá también que había disfrutado la gran alegría de dialogar personalmente con ella durante los días inolvidables del COMLA 3.

¿Qué faltaba entonces? La fuerza que solo viene de Dios cuando todo se ajusta a su Plan salvífico; la fuerza del Espíritu del Señor que se logra en la oración, en el abandono y eso estaba buscando a esa hora.

Y... esa fuerza se hizo presente en Inés para dar un paso más hacia los amados Tagaeris, para ir en busca de las ovejas perdidas, fiel al encargo de su Padre Fundador (cfr. LAOC 1831). Había que salir al encuentro del Esposo en la maraña de la selva, con la lámpara del amor encendida, con el aceite generoso de la entrega, del amor verdadero que da la vida por todos los que ama.

Lo demás, lo que pasó después, lo intuimos porque la vida se hizo testimonio. "Fue tan buena misionera QUE EL SEÑOR LE REGALÓ EL MARTIRIO". Así dice una de las tarjetas recibidas por su muerte.

En el cielo hubo fiesta. Luis Amigó continuó la celebración pascual que hace más de 50 años está celebrando en compañía de sus hijas mártires de la guerra española a quienes hoy se suma Inés, mártir del amor. El amor ha vencido a la muerte.

Hna. Josefina Zúñiga Deluque

t. c.

De la Cronica de las Hermanas Terciarias Capuchinas de Coca

(Sólo lo referentes a Inés)

Día 19 de junio de 1987:

"En las horas de la tarde llega la Hna. Inés con Monseñor Alejandro quien fue a recogerla después de haber pasado algunos días con los Huaoranis. En este viaje tuvo la oportunidad de visitar a dos grupos huaoranis. Inés nos cuenta con gran satisfacción lo que vivió allí. Le tocó tres días pasar con solo chicha porque se le agotaron los víveres. Pero no importa soy feliz con ellos.

Día 29 de junio de 1987:

(Sale a Quito) la Hna. Inés Arango quien tenía programado salir el día martes con el fin de organizar los trámites para asistir al Congreso Misionero en Colombia (CONLA III). Salieron a eso de las 8,30 en un avión de carga (Búfalo).

Día 18 de julio de 1987:
Se hace la culminación del año lectivo en la Escuela "Fray Mariano de Azqueta" en la cual se pide disculpas por la no asistencia de Mons. Alejandro ya que estaba haciendo un viaje de reconocimiento al lugar donde estaban los Tagaeris.

En las horas de la mañana regresa la Hna. Inés quien venía de participar en el Congreso Misionero en Colombia. Después de compartir un poco con Candela, Lucero y Cristina se marcha con Mons. Langarica a San Pedro y luego a Shushufindi.

Día 19 de julio de 1987:

A las 12,50 regresa Inés Arango de Shushufindi, después de haber saludado y compartido un poco con las hermanas, de inmediato va a la tienda del Sr. Milton Noboa con quien conversa un poco y además con Carmen Teneda y Emilia Gallardo. Allí se provee de algunas cosas para el viaje a realizar el día siguiente entre los Tagaeri.
En las horas del mediodía llega la Hna. Laura Fernández de Rocafuerte, quien va para Quito. Más tarde la Hna. Inés sale a la calle con Laura a conseguir algunas cosas que le hacían falta. También en esta tarde visita a las Lauritas y a Betty Pauker.

Día 20 de julio de 1987.
En eso de las 6,30 de la mañana salieron Mons. Alejandro, Roque, Inés y Cristina hacia la compañía CGG con el fin de dejar a Mons. Alejandro y a Inés quienes irían en helicóptero al sitio donde se encuentran los Tagaeris. Dado que el cable para la bajada del helicóptero se había roto y aun no estaba reparado se postergó el viaje para el día martes. Después de preparar algunos víveres y utensilios que da la compañía desayunamos allí mismo. Seguidamente regresamos y trajimos a Huaorani que se (??) por tener a su hija enferma. También entramos a saludar a las Hnas. Dominicas (Elvira (no ??) Tere, Merche, Clarita) y a eso de las 11 am llegamos al Coca.

Las Hnas. Emma, Laura Salazar, Nelly Posada, Luz Elena Restrepo, Gabriela Arango, Martha Oliva, Inés Arango, Candela Quijano, Lucero Giraldo, Cristina Tamayo nos reunimos en esta casa con el fin de ayudarnos y buscar formas de vivir mejor. Todo el encuentro estuvo dentro de un clima muy fraterno y positivo. Quedamos de reunirnos el día 7 de septiembre.

En la tarde cada quien marchó a su casa felices de haber celebrado también la Independencia y por llevar medicinas, ropa, alimentos para los pobres. También nos acompañó un rato Mons Alejandro. Este mismo día Laura Fernández salió para Quito.
 
Día 21 de julio de 1987:
A las 5,30 de la mañana llegó Monseñor Alejandro y Roque que venían a recoger a Inés para ir al grupo Tagaeri. En la tarde llegó Imelda Pérez de Nuevo Rocafuerte.
 
Día 22 de julio de 1987:
De mañana va Roque a Vía Auca con el fin de hacer algún contacto con Monseñor e Inés, se dirige a la CGG (Compañía). A eso de las 6,30 llega el Hno. Jesús por Imelda para llevarle al aeropuerto, además le acompañó la Hna. Lucero Giraldo ya que Imelda estaba delicada de salud.
Más tarde nos llama Imelda por Teléfono: "Cristina una mala noticia". ¿Qué? ¡Sí! ¡Mataron a Monseñor e Inés. Fue terrible! De inmediato Candela reaccionó con un fuerte llanto a pocos momentos le dije (Cristina) a Candela que me iba a llamar a Quito para que de allí pasaran la noticia a Colombia. Inmediatamente la Señora Rosa de León me comunicó a Quito. La Hna. Ligia recibió la noticia.

Después Imelda, Cristina, Lucero, Candela nos dispusimos a realizar las gestiones del caso y a preparar para el velorio y recibir sus cuerpos.
A eso de las 3 pm llegan con los cadáveres y se procede al levantamiento. Esto se hizo en el seminario. A eso de las 10 pm llegaron los cadáveres al templo parroquial del Coca; donde una gran multitud de fieles y amigos de la Parroquia les esperaban. Celebramos la Eucaristía y velamos en la noche. En la velada de la media noche celebraron la eucaristía el P. Alberto Calvo y Mons. Gonzalo López M.

Día 23 de julio de 1987:
A las 11 am los Señores Obispos de la Conferencia Episcopal nos acompañan u celebran la Eucaristía por el alma de Monseñor e Inés. En las horas del medio día se regresan a Quito. A eso de las 2 pm llegan la Hna. Elena Echavarren, Superiora General, Hna. Berenice Sepúlveda Superiora Provincial, Hna. Fabiola Arango, Hna. Cecilia Arango, hermanas carnales de Inés, Ligia Aurora y Sara Hernández.

Día 24 de julio de 1987:
A eso de las 10 am llegan de Pasto la Hna. Cecilia Rodríguez y la Hna. Estela quienes nos acompañaron en estos momentos tan duros.
La eucaristía de sepultura fue presidida por Mons, Gonzalo López M y hubo participación de todo el pueblo; las ofrendas, los memorandos, este fueron muchos. Después de la Eucaristía a petición del pueblo se dio una vuelta por las calles con los dos cadáveres. Después de colocar los cadáveres en las tumbas se dejar abiertos hasta las 3 pm, donde se procede a cerrarlos.

Inés Arango y las mujeres de Orellana

Queridas amigas y amigos,

Les cuento:

Eran las 2 de la tarde en agosto del 83 cuando le llamé a Inés Arango, para pedirle ingenua y tranquilamente que nos permitiera entrometernos en su vida misionera. Y ella dijo sí, con mucho gusto. Sí!! A un par de mujeres a quienes no conocía. Así tan sencillamente como ella era. No sospeché cuánto me iba a cambiar la vida aquel sí. Pero, recuerdo, que prendió en mi corazón tanta esperanza y alegría, que colgué el teléfono en mi casa de Ibarra, cogí el primer bus a Quito y aún no eran las 5 de la tarde cuando ya nos estábamos dando nuestro primer abrazo.

Nuestro diálogo fue corto… o si fue largo se me hizo muy corto para conocerla, recibir toda su gran energía, su confianza y quedar, que en tres días después, estaríamos en Coca para iniciar nuestro camino de misioneras laicas. A las nueve y media de la noche ya estaba en mi casa llamándole a Carmita Pérez y preparando las maletas.

Recuerdo a las Hermanas Capuchinas cuando llegamos con Inés aquella tarde de sol: Candelita que era candela pura, Tulita, Virginia Gil y Cristina Tamayo. ¡Qué gran Equipo!. Estas cinco mujeres me sorprendieron tan agradablemente por su alegría, su hermandad y por la fiesta en que habían convertido su vida al servicio de los más pobres, su casa de puertas abiertas, su mesa siempre lista para aquél que llega y la sonrisa amplia para acoger a los que pasábamos por ahí.

Cuando llegamos a Rocafuerte, nos esperaban otras sorpresas. Hasta ese entonces, no había conocido la vida de los conventos puertas adentro y no salía de mi asombro: eran como familias de fuera del convento, nada de pasos prohibidos, nada de puertas cerradas, hombres y mujeres de todos los colores y melenas entraban y salían de la Misión con su carga de problemas y siempre había una cara sonriente esperando por ellos y ellas: Laurita Salazar, Imelda, Inés Arango, Manuel Amunárriz y el Padre Alejandro Labaka, con sus ojos tan azules eternamente sonrientes. Cada uno a lo suyo, con tanta dedicación.

Y nosotras nos pusimos bajo la sombra de Inés y la compañía de Alejandro. ¡Qué pareja formidable para aprender de ellos las lecciones más importantes de mi vida!: Aprendí de una y para siempre lo que es “Semillas del Verbo” entre nosotros, de que “la selva es su mansión y te oigo venir Señor la lluvia al caer”, del “amor incondicional”, de que “no iban para enseñarles nada, sino a vivir con ellos y como ellos…”, que “el Bautizo no es con agua sino con el fuego del amor del Espíritu de Dios”, de que “el amor es tan grande que se da la vida por los que se ama” y además con una sonrisa de paz. De yapa, aprendí el postre… “delicie de limón” que le encantaba a Inés y Alejandro. Un postre tan simple de leche y limón con un nombre tan rimbombante; por hacer broma. Así de graciosa era Inés.

Fue tan contundente su testimonio en mi vida, que andaba tras de Alejandro e Inés con la cantaleta “quiero ser Alejandrina”, yo, que amaba mi ciudad, mi casa, mi barrio, mis amigos tenía un anhelo “ser Alejandrina”. Pero claro….ellos no querían Alejandrinas, ellos no querían seguidoras, buscaban VIDA, vida amplia, libre, digna, con tierra, con derechos, con dignidad, con respeto, con abundancia de dones para los más empobrecidos siendo a la vez los más grandes, los guardianes de la Amazonía Ecuatoriana.

Aunque han pasado casi 29 años, recuerdo con lujo de detalles nuestro viaje a Garza Cocha y Ahuaimuro. Recuerdo a Inés preparando todo lo necesario, encargando a la panadería el pan abizcochado para el viaje, comprando el arroz y los huevos en la tienda de Londoño, la amplia sonrisa de Inihua conversando en Huao con Inés y Alejandro mientras almorzábamos en casa de las madres. Inés correteando por un lado, por el otro, recogiendo todo lo que tenía en mente para nuestro viaje. Y yo, con los ojos bien abiertos mirando todo, preguntando todo y ella siempre contestando, sonriendo, contándonos cosas, explicándonos de la vida en la selva con tanta paciencia mientras sacudía sus pies con sandalias “7 Vidas” en una cocha de agua para limpiarse del lodo de las calles de Rocafuerte. Era la imagen misma de la felicidad.

Y nos fuimos Yasuní arriba con Lucho el motorista: Alejandro hacía sus apuntes, nos contaba sus historias. Inés nos enseñaba “butopomopa” “huaque wi mine” “Huaponí, Huaponi” y zas que un jaguar inmenso nos mira con su cara sorprendida desde la orilla tan cerca de nosotros y nos quedamos embrujados por el maravilloso animal.

También me quedé embrujada por la altivez con que caminaba Inihua en su mundo, por los niños que no se cansaban de jugar en el río y pescar con una vara, por la felicidad del reencuentro de los Huao con Inés y Alejandro, el bullicio de hombres y mujeres contándoles las últimas novedades a ellos que eran de su familia y acababan de llegar. Solo entonces pude entender que Inés y Alejandro eran tan Huaoranis como capuchina y capuchino.

Aquella noche, mi primera noche en medio de la selva, estrenábamos la casa nueva que habían hecho para Alejandro en Garza Cocha y los cuatro, en cuatro toldos, o mejor dicho cada uno en su templete de gasa blanca, escuchábamos los cantos Huaorani. Me sentía henchida, arrullada por sus voces y los mil coros naturales en medio de la oscuridad más densa de mi vida, no se miraba a un palmo de nariz. Digo templete porque todo era paz, todo era oración, era comunión con los Huao, con la selva, con la Pacha Mama…

P. Alejandro ¿qué dicen? Les están contando a su hijos e hijas donde se fueron a cazar, que la cacería estuvo buena y cómo tienen que hacer.

Inés, ¿a los niños cómo los educan? Con cantos, ahora los están educando, es a esta hora cuando están en sus hamacas dejándose abrigar por el fuego que educan a sus hijos en lo que tienen que aprender para vivir en la selva.

¿No les pegan a sus hijos? No. No les pegan a los niños, les cuentan en medio de los cantos los secretos de la vida en la selva, lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer.

No sé qué horas serían cuando me había dormido con una sensación feliz de sentirme arrullada yo también con los cantos tranquilos y monótonos de los Huaoranis, los sapos, los grillos y un pájaro nocturno cantor.

Sólo este recuerdo me haría comprender las lágrimas de Inés cuando, ella, estando en Coca, venía a mi cuarto de alquiler y me decía dando pequeños brincos, estirándose el vestido y con lágrimas en los ojos: “Soy saltamontes, Cecilia y no sé qué hago en Coca. Mi vida son los Huaorani. ¡Si por lo menos estuviera en Rocafuerte para estar más cerca de ellos, ya que no puedo estar con ellos!. ¡Quiero vivir con ellos!”. Paciencia Inés, le decía. Paciencia, insiste, ya llegará el día en que tu superiora diga bueno y me llevarás, ¡no te olvidarás. Ya llegará el día!.

Inés, la Capuchina inquieta de gran corazón. Valiente a más no poder, me daría en el Coca más lecciones que aprender.

¡Qué dices, Inés! ¿adónde quieres que te acompañe? Al Chongo? “Sí”. A los chongos nos fuimos las dos con nuestros corazones alegres; en busca de qué? Le preguntaba. “De mujeres simplemente”. Respondía. “Son ovejas del mismo rebaño, para recordarles que tienen un Padre Dios que les ama tanto, que cuando ellas lo necesiten no tienen más que buscarlo en su corazón”. Pero sólo en el corazón nos decían, ¡a la iglesia no vamos a ir!.”¡Así será!”, decía Inés. Así será. Y metía los pies en las cochas de agua para limpiarse el lodo de las calles del Coca.

Entonces la noche del 5 de marzo nos asustamos horriblemente con el terremoto y al otro día, por la radio el prefecto de Napo, que en ese entonces éramos Napo, nos incitaba a salir del Coca, que el río Coca se ha represado, que cuando reviente vendrá con palos y lodo, que será muy peligroso. “Cuiden sus vidas, dejen todo, y abandonen el Coca”. Fui a donde las Capuchinas a comentar el susto y las noticias. “¡Inés vámonos nosotras también. Vámonos antes que sea demasiado tarde, todos están saliendo!”. “No Cecilia, hasta que haya una persona en este Coca que me pueda necesitar, aquí me quedo”. Y eran más de las cuatro de la tarde y quedábamos muy pocos en el pueblo, el resto, ya se habían ido. Así que cogí mi sleeping y mi frasco de sal y yo también me fui con mucho dolor en mi corazón, dejando a mis amigas en espera de que alguien les pudiese necesitar.

La última vez que vi a Inés a dos días de su muerte tenía lentes nuevos y el rostro feliz, su superiora le había dicho que bueno, que sí, que puede irse a vivir con los Huaorani. Al otro día iba a emprender su primer encuentro con los Tagaheri, iba a vivir plenamente su compromiso misionero. Sus ojos tenían también un brillo como melancolía, porque ya, todos sabemos que sabía el riesgo que corrían aunque no lo decía.

A todos y todas nos partió el corazón su muerte y la de Alejandro. Nos sorprendió enormemente la sonrisa de paz en el rostro lacerado de Alejandro, los pies descalzos, cruzados y tensos de Inés pero su rostro adolorido en tierna calma. A mí me llenó de ternura el corazón cuando he visto a todas las mujeres queridas de Inés venir a darle su última despedida aunque habían dicho que nunca vendrían a la iglesia. Lloramos largamente, abrazadas, mientras mirábamos sus cuerpos.

Desde el día en que se truncaron los papeles para los habitantes de la selva estamos condenados a la muerte y al fracaso. Desde cuando no se oye la voz de los sin voz, el grito de protesta e impotencia de los empequeñecidos y vulnerados de los tiempos por la ambición, el desenfreno, la maldad, la ignorancia de los dueños del dinero y el poder, estamos condenados a la muerte.

La historia de nuestra provincia al igual que la nacional y muchas historias familiares, cotidianas y mundiales ha engrandecido la figura machista y patriarcal de los hombres rudos, valientes, guerreros, conquistadores que llegaron a estas tierras que las saben tan rica pero la consideran “de nadie” para conquistarla a punta de bayoneta y destrucción. Quién tan valiente y aguerrido como Francisco de Orellana y los trece furibundos de la fama que descubrieron el río de las Amazonas; siguieron los caucheros con la historia más terrible de dominación, abuso y esclavitud, donde la figura machista y abusiva de los patronos, mayordomos y capataces cubre de sangre, dominación y poder estas tierras eternamente libres. Tomaron a las mujeres, las violaron, las abusaron y las dejaron a la deriva con sus hijos a cuestas y en el olvido.

Luego llegan los obreros de las petroleras, los de la sísmicas, los de las guardarrayas, los ingenieros, hombres embotados y con dinero, que siguen con la creencia de que estas tierras son de nadie, que las mujeres somos un objeto sexual sin derechos ni dignidad, tan exóticas y sensuales criaturas destinadas a darles placer, nos ven como un elemento más de la naturaleza exuberante, primaria como primarios son sus instintos. Pues estos hombres bravos, violentos y mal hablados son los personajes en quienes se comparan muchos de nuestros hombres, los tienen de modelo, se llenan la cabeza de criterios patriarcales y distorsionan toda la armonía y equilibrio de la Amazonía, creando en su mente y corazón el “autoengaño” o “fraude inocente” que permite a quienes deforman la realidad “no querer darse cuenta”,” pensar que “no saben lo que hacen”, lo que les permite seguir con el viejo pensamiento de que “si otros lo han hecho, ellos también” y cuelgan de un clavo nuestros derechos elementales de mujeres libres y nos tratan sin ninguna consideración y tanta violencia. Y así como violan nuestros cuerpos de forma sistemática y alarmante, violan nuestro derecho a una vida digna, los derechos de los NNA, los derechos Humanos y de las humanas, los derechos de los pueblos y nacionalidades indígenas, los derechos de la naturaleza recientemente constitucionalizados. “La así llamada vida civilizada es una gran torre que celebra los logros de la humanidad, pero en cuyo extremo superior está permanentemente envuelto en una nube densa, un progreso a costa de crueldad y muerte inimaginable” (Claudio Naranjo).

De ahí tanto abuso, violencia y humillación.

“En el año 2010 llegaron al Patronato de Servicio Social de Orellana, que registran los casos en coordinación con la Fiscalía de Orellana:

493 casos de delitos sexuales, de los cuales 6 fueron a hombres y 487 a mujeres.

468 fueron violaciones. Más de una mujer, niña o adolescente fue violada cada día.

16 atentados contra el pudor,

6 casos de estupro.

475 delitos sexuales se cometieron dentro del hogar y 18 fuera del hogar.

La mayoría de los casos son contra adolescentes de entre 10 y 19 años, 2 casos contra mayores de 20 años. Pero también hubo 66 casos contra niñas de 5 a 9 años, 2 casos contra bebes de hasta 11 meses, 3 casos contra menores de 1 a 4 años”[1] y se justifican diciendo que son inocentes, que la niña, que la bebé le estaba provocando, tentando.

Los principales agresores son los mismos que tienen la responsabilidad de protegernos: “121 padres, 296 padrastros, 2 hermanos, 66 otros parientes y tan solo 8 casos fueron personas desconocidas, fuera del hogar”[2]. De estas violaciones, muchas adolescentes se quedan embarazadas.

El problema de nuestra sociedad radica en su “mente patriarcal”, en la cual las relaciones de dominio/sumisión respecto al afecto, interfieren con la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios y fraternales, donde las capacidades de goce, compasión y amor se ven aplastadas por un falso y compulsivo reconocimiento hacia las figuras de autoridad y dominio a todo nivel, por eso la magnitud de la Violencia a la mujer e intrafamiliar.

“En el Ecuador, - por ende en Orellana- 8 de cada 10 mujeres son víctimas de alguna forma de violencia”[3].

De ellas, 6 de cada 10 son mujeres jóvenes de entre los 25 y 45 años

22 de cada 100 son agredidas a diario.

50 de cada 100 son simultáneamente insultadas y agredidas físicamente.

27 son forzadas sexualmente”[4].

Orellana tiene el segundo índice más alto del país de embarazos en las adolescentes.

Hoy, somos una de las pocas provincias y cantones con mayoría de autoridades mujeres, pero seguimos con una cultura fuertemente patriarcal y androcéntrica, donde los derechos humanos y de las humanas, aunque han sido reconocidos formalmente, todavía NO son parte de los valores socioculturales”. Donde se subordina a las mujeres a un jefe masculino y se invisibiliza su trabajo y aporte en el progreso de la familia, de la comunidad, de la organización, del barrio en la conquista de su libertad y sus derechos.

En este estado de realidad dominante, patriarcal y violenta, la figura de Inés, mujer, radical en su lucha, auténtica en su amor hasta dar la vida sin temor; Inés es una consigna y una bandera que me anima y me mantiene en la lucha por conquistar la justicia y equidad de las mujeres en Orellana, porque se respeten nuestros derechos fundamentales y sintamos que una vida digna, libre de violencia nos humaniza a todas y todos.

Por esto, nosotras, la Fundación Ayllu Huarmicuna, optamos por un sueño: “hacer de Orellana una provincia libre de la violencia intrafamiliar y sin abuso sexual”. Desde nuestra Casa Paula, nos comprometemos y optamos por nosotras, las mujeres.

Yo, Cecilia Peñaherrera, Capitana de las Alejandrinas, les agradezco a todas y todos por esta oportunidad para hablar de Inés, querida amiga.

Muchas gracias.

Cecilia Peñaherrera



[1] Morras Jone. Dra. Betsy Ubillus. Cartilla sexualidad y delitos sexuales. Serie Mujeres libres y solidarias.

[2]. Idem..

[3]. UNMFPA.

[4]. CONAMU.

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