Nuestras vidas se cruzaron

Mons. Alejandro y la Hna Inés Arango, lan­ceados por los Aucas a quienes tanto que­rían, son mártires de la caridad.

A partir de 1970, nos habíamos encontra­dos algunas veces, pues somos dos Vicariatos colindantes, separados por la frontera Perú-Ecuador. Ambos llegaron hasta mi choza de Angoteros. Rocafuerte y Angoteros son dos misiones vecinas.

A Alejandro le gustaba compartir su expe­riencia; vibraba cuando me contaba de su contacto con los Huaorani. Como por ós­mosis me contagiaba de su entusiasmo. Nos comunicábamos mutuamente nuestra pasión por los pequeños del Reino, los in­dígenas. Él me animaba a seguir en esta entrega. Su actuación misionera me inspi­raba. Era la nueva evangelización que bus­cábamos para los nativos; una nueva ma­nera de defender el Proyecto de Dios sobre los pueblos indígenas frente al genocidio occidental.

Me acuerdo que el 27/11/77, en una visita a Rocafuerte, me había informado de que los Auca o Pukachaki estarían pasando también a Perú. Me hablaba siempre de los Quichua, Siekoya, Huaorani. Su rostro se iluminaba. Me enseñaba cantos en qui­chua, yo le entregaba los tonos nativos re­cuperados que utilizábamos nosotros, los cuales él incluyó el 4 de octubre de 1983 en su cantoral comentando: “Aquí quiero hacer mención especial del P Juan Marcos Mercier que, con su valiosa colección del Bajo Napo, nos ayuda a unir en abrazo de hermanos, por el canto, la oración y el amor, a toda la familia creyente de la cuen­ca del Napo”.

Mons. Alejandro Labaka nos sorprendió por su actitud entre los nativos al querer descubrir ahí al Dios preexistente: “Me esfor­cé para no llevar mi Breviario. Nada. Es que primero hay que aprender de ellos. He visto..., Dios está con ellos. Ahora no nece­sitan Misas. Necesitan cariño, justicia y tie­rras para su futuro como pueblo... Ellos tie­nen su fe en Dios, en su Huinuni. Es necesa­rio conocer sus criterios, sus sentimientos e ir caminando a su lado, encontrar a Jesús que vive entre ellos”.

En algunos aspectos vivíamos algo seme­jante. En 1973, en abril y noviembre, me tocó ser el primer sacerdote en estar unos meses entre los Matsés o Mayoruna, indios llamados bravos, del río Yavari, frontera Perú-Brasil, que vivían todavía en la inocen­cia de una desnudez paradisíaca. El 26 de noviembre el Ministerio de Agricultura me entregó el ex-pediente por el cual se les re­servaba 350.000 hectáreas de tierra. Por su­puesto no podía dedicarme a la vez a los ru­nas del Napo y a los del Yavarí. Mi obispo me prometió entonces que él mismo iba a buscar un par de misioneros para vivir en medio de los Matsés.

¡Alejandro! Éramos como dos Hermanos Menores que vibraban por lo mismo: el Reino, los pequeños, los indígenas de la Selva. Sintonizábamos en seguida. Te entusiasmabas cuando me hablabas de tu expe­riencia de encarnación entre los Huaorani, de tu ecumenismo con los Siekoya.

Intercambiamos casetes en las cuales los Siekoya, en su idioma, se enviaban mensajes familiares. Nuestro interés hacía buscar las conexiones entre los nativos de allá y los de aquí. Investigar si podían ser parientes de los Huaorani nuestros Vacacocha (Aé'wa), Aushiri o Arabela, del Perú. Con tal fin intercambiamos vocabularios. Él encontró unas 10 palabras parecidas entre Huaorani y el léxico Aushiri del P. Avencio, 2 con el Arabela, y una sola con el Vacacocha (notita del 7 de enero de 1980). Me enviaba las más importantes de sus crónicas. Con devoción guardo su última firma.

¡Alejandro! No me olvido con qué emoción me contaste, a la luz débil de una lamparina, en mi choza de Angoteros, tu adopción y despojamiento huao; repetición del desnudamiento de san Francisco delante delobispo de Asís... Fue de verdad para ti una entrega solidaria a esta etnia, como la de San Isaac Jogues al pueblo Iroquese: “Este pueblo es para mí un esposo de sangre. Me he casado con él con mi sangre”.

Gracias, Alejandro, por nuestros encuentros, demasiado breves. Que nuestras vidas se hayan cruzado es una bendición para mí. A la gloria del Padre de Jesús, nuestro Padre.

Juan Marcos Coquinche

CABODEVILLA, Miguel Ángel (Ed.) Tras el rito de las lanzas. CICAME 2003. p. 132-133.

Recio y humilde Alejandro

Una de las experiencias que más me han impactado en la vida de Alejandro Labaka es su capacidad para enfrentar los problemas y dificultades conservando intactos sus valores esenciales. Seguro que a lo largo de su vida, llena de variadas responsabilidades, este hecho se podrá constatar repetidamente, pero a mí personalmente me impactó una situación concreta durante su presencia en Aguarico.

En 1969 yo me encontraba aún en España, soñando en una vida misionera irrealizable por el momento, cuando alguien me informó sobre problemas humanos existentes en la Misión. Alejandro, entonces Prefecto Apostólico, pedía a sus superiores de la Provincia, y a través de ellos a la Santa Sede, que le permitieran dejar sus responsabilidades eclesiales. Con expresiones que manifestaban profundo sufrimiento y un cierto sentimiento de culpabilidad, comunicaba que los graves problemas de armonía entre los misioneros y él mismo no desaparecerían hasta que fuera relevado de su puesto. Quien tenía estas confidencias conmigo ponderaba cuán grave debía ser la situación para que un hombre de la reciedumbre humana de Alejandro pudiera expresarse en estos términos.

Yo llegué a Aguarico en abril de 1970. Las aguas se habían calmado y Mons. Alejandro Labaca continuaba con total normalidad el ejercicio de su actividad pastoral dentro de aquella Iglesia Local. En junio de ese mismo año se nombraba un nuevo Prefecto Apostólico en la persona de Jesús Langarica, precisamente cuando Alejandro realizaba una gira pastoral por el río Aguarico, En aquellas fechas él dejaba sus responsabilidades, pero mantenía su presencia como un misionero de a pie en aquellas tierras hacia las que se sentía tan atraído. Marcharía unos meses a Norteamérica, merecido descanso que él emplearía en perfeccionar su inglés, después sería nombrado rector del Colegio de secundaría de Coca, y a los pocos años sería destinado a Nuevo Rocafuerte, donde le encontraría la llamada de la Compañía CGG, cuyo centro de operaciones estaba en Pañacocha, par iniciar, esta vez con éxito, sus primeros contactos con el mundo Huaorani.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención esta forma de reaccionar ante la adversidad. Todos hubiéramos comprendido una salida definitiva de Aguarico, ante la problemática planteada y el cese de sus responsabilidades al frente de aquella Iglesia amazónica. Pero, no. El dejaba un puesto, porque había llegado a la conclusión que era la actitud que más beneficiaría a todos. Pero seguía ligado a los hermanos y las gentes amazónicas y quería continuar en la brecha, conviviendo con todos, en completa armonía, con total dedicación, como una persona más en el engranaje de una comunidad cristiana que trata de vivir su fe en las fronteras mismas de la vida misionera.

Alejandro puede definirse como una recia personalidad, de fuertes y sólidas convicciones, capaz de soportar el peso de decisiones que no todos tienen posibilidad de comprender, siempre tras un verdadero esfuerzo por entender los puntos de vista de quienes piensan y juzgan de otra forma los mismos hechos y las mismas situaciones. Cederá en muchas cosas, pero será firme en aquello que cree depender de forma importante de su personal responsabilidad. Daba, a veces, una falsa imagen de inflexibilidad y de cierta arrogancia. Pero tras esa fachada, era enormemente respetuoso con las personas y se sentía hermano verdadero de sus hermanos misioneros.

Este talante humano se ha mostrado de forma muy particular en su lucha por el pueblo Huaorani. Su particular manera de encarnarse en su cultura, hasta niveles que pocos pueden imitar, conservando, sin embargo, una verdadera libertad a la hora de compartir con ellos criterios y normas de conducta, indican flexibilidad y firmeza, entrega y claridad de ideas. Su permanente y constante combate a favor de los derechos de esta minoría étnica frente al poder y la soberbia de los poderes reales del país es la otra faceta de esta lucha sin cuartel. Todo con suavidad, todo con exquisita diplomacia, pero siempre con una tenacidad que pocos pueden igualar.

                                                          Manuel Amunárriz

¿Cómo nace "Crónica huaorani?

Yo tuve la suerte de encontrarme en Nuevo Rocafuerte, en el río Napo, en la época en que los largos sueños de Alejandro de contactar con el pueblo huaorani se hicieron realidad. Vivía en este pequeño paraíso amazónico desde 1970, como misionero y como médico director del Hospital “Franklin Tello”. Conocía, ¡cómo no!, la larga historia de desencuentros entre la etnia “huaorani” y los “cohuore”, a partir de la trágica desaparición de los cinco misioneros del Instituto Lingüístico de Verano, en 1956. También, los repetidos y baldíos esfuerzos que los capuchinos habían realizado para contactar con ellos y sembrar un clima de paz y comprensión.

Alejandro Labaka se había marcado como hito importante de su tarea como Prefecto Apostólico esta misma finalidad, desde su llegada en 1965, pero nunca sus esfuerzos fueron coronados por el éxito. Se encontraba en Nuevo Rocafuerte, ya liberado de sus tareas como responsable principal de la Iglesia de Aguarico, enfrascado en las cotidianas actividades misioneras, cuando a mediados de 1976 aparece la presencia amenazante de un pequeño grupo huaorani en medio de la selva, allí donde la Compañía Petrolera CCG se encuentra realizando estudios geofísicos y donde pequeños campamentos de trabajadores, hombres quichuas y colonos, se sienten inquietos y amenazados. Había surgido providencialmente la oportunidad tantas veces soñada y los capuchinos decidimos enviar a Alejandro para integrarse en estos campamentos selváticos y desde dentro iniciar una labor de acercamiento y pacificación.

CRÓNICA HUAORANI brota de una manera espontánea, de la pluma inquieta e inquisitiva de Alejandro, como “páginas de campo”, escritas la mayoría de ellas tras cada visita y cada encuentro con el pueblo huaorani. Nunca tuvieron el carácter de una obra pensada y de síntesis del largo, profundo, inesperado y sorpresivo encuentro con el pueblo que siempre le produjo una verdadera fascinación. Yo tuve la oportunidad de participar en muchos de esos viajes y de encontrarme dentro del encuentro intercultural, sembrado de momentos deliciosos y otros llenos de inquietud y zozobra que lo desconocido entraña. En el fondo profundo de esta tarea se asienta el misterio de un diálogo que hunde sus raíces en el Evangelio y que acepta la singularidad de cada ser humano y de cada pueblo, con sus propios lechos culturales y sus innegables valores. Aprendimos a vivir entre ellos y a descubrir un mundo lleno de lo que Alejandro repetiría tantas veces: “las semillas del Verbo”. Aprendimos, sobre todo, a no tener prisas y a dejar en “Otras Manos” la fructificación de estos esfuerzos en favor de la paz y el respeto entre los pueblos.

Alejandro escribía, al regreso de cada expedición, en su austero cuarto que formaba parte de la carpintería de la Misión, su peculiar meditación; se interrogaba sobre el significado de lo que había ocurrido y los aciertos y frustraciones que habían surgido. Los registros técnicos eran tarea mía. Las páginas escritas las compartíamos y nos ofrecían frecuente materia de conversación. Unas y otras pasaron a engrosar una de las carpetas del archivo de nuestra casa de Nuevo Rocafuerte.

Cualquiera que lea estas páginas descubrirá, escondidas en ellas, retazos fundamentales del corazón de Alejandro. Un corazón capaz de respetar, admirar, acompañar y entregarse, a todos, pero en especial, a quienes forman parte privilegiada de la humanidad simple, en contacto directo con la naturaleza, con sus valores y sus fragilidades, sin haber sido tocada por los vericuetos complejos de la civilización. Era capaz de descubrir vida profunda, fraternidad envidiable, tecnología increíble en el empleo de materiales simples, arrancados al entorno inviolable, tan inhóspito para cualquier otra cultura tecnificada. Admiraba y se extasiaba ante una vida humana primitiva, pero ¡tan rica!

Yo reconozco que sus ojos enriquecieron mi propia visión y con él siempre me encontré en medio de aquellos minúsculos grupos humanos cómodo, feliz, capaz de disfrutar de una aventura humana que da a nuestra cultura humanidad y frescura.

                                   Manuel Amunárriz

Matan a Obispo indios aucas

Monseñor Alejandro Labaca Ugarte, obispo español del Vicariato de Aguarico, en la Amazonia ecua­toriana, fue asaeteado el pasado 21 de julio por los indios aucas, en las orillas del río Coronaco. Un total de 75 pinchazos de flechas y lanzas fue­ron detectados en su cadáver. Tam­bién apareció destrozado el cuerpo de la misionera Inés Arango, de la orden de las terciarias capuchinas de la Sagrada Familia. Ambos cadáveres fueron descubiertos por los tripulan­tes de un helicóptero de una compa­ñía petrolífera que sobrevolaba la re­gión con el encargo de recoger a los dos misioneros y trasladarlos a Coca, capital del Vicariato Apostólico. Un helicóptero de la citada compañía pe­trolífera les había llevado el día ante­rior hacia las tierras de los aucas.

Los indicos aucas representan un 25 por 100 de la población de este Vicariato Apostólico.. El otro 75 por 100 está formado por colonos mestizos provenientes de las diversas provincias de todo el Ecuador. La región conoce desde hace algunos años un fuerte movimiento inmigratorio, debi­do al descubrimiento de importantes yacimientos de petróleo, los mayores de la nación. Las sucesivas oleadas de mestizos han provocado graves en­frentamientos con los indios aucas, quienes se sienten invadidos y margi­nados por los recién llegados. Es muy probable que el asesinato del obispo y de la misionera haya sido debido a un error de los aucas, que tomarían a los misioneros por personal de la compañía petrolífera. Las vías de co­municación son prácticamente inexis­tentes en toda esta región de clima malsano y húmedo. Los misioneros utilizan para sus desplazamientos avionetas y helicópteros.

El Vicariato Apostólico de Aguari­co, creado canónicamente el 2 de ju­nio de 1984, tiene una extensión de 30.000 kilómetros cuadrados y una población de casi 55.000 habitantes. Cuenta con 19 misioneros capuchinos Y tres sacerdotes diocesanos. Tam­bién con 32 misioneras capuchinas, dominicas del Rosario y lauritas; cua­tro escuelas y 70 centros de benefi­cencia.

Monseñor Labaca ha sido su primer obispo vicario apostólico. Nombrado el 8 de septiembre de1984, recibió la consagración episco­pal el 8 de diciembre de ese mismo año. Desde 1947 a 1953 trabajó como misionero en China, en la misión de Pingliang. Expulsado por los comu­nistas, se trasladó a Ecuador, y preci­samente a la región de Aguarico, que en ese mismo año había sido consti­tuida en prefectura apostólica.

Monseñor Labaca, natural de Bei­zama, en Guipúzcoa, había ingresado en la orden capuchina a los dieciocho años de edad. Una representación de la Confe­rencia Episcopal Ecuatoriana asistió el viernes día 24 a los funerales de ambos misioneros.

Al conocer la noticia, según infor­ma la agencia Efe, la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador ha culpado al Gobierno y a las compañías multinacionales de es­tas muertes. La dirigente Blanca Chancoso aseguró que el obispo y la religiosa fueron utilizados por estas compañías como «piel de cañón». Asimismo, definió a ambos religiosos como «defensores de los pueblos indí­genas y denunciantes del acosamien­to del que somos objeto.» Por su parte, Edison Viteri, de la etnia shuar, ha insistido en las mismas razones y ha manifestado su temor a que la muerte de los dos misioneros sirva de pretex­to para militarizar la zona. n

Revista ECCLESIA Núm. 2.330. 1 de agosto 1987

Curia general: recuerdo de Alejandro Labaca

Prot. N. 1853/87

M. R. P. Eleuterio Ruiz, Min. Prov.

Mayor, 50, 1.° Apdo. 15

BURLADA (Navarra). España

 

Estimado y querido Padre: Paz y bien.

Me dirijo, de nuevo, a ti con el recuerdo de Alejandro Labaca.

He leído vuestro último OPI (n? 285), y su lectura ha aumentado mi amor mi aprecio por él. He sentido el impulso de manifestártelo.

Me he encontrado, además, en el Sínodo en curso, con el Vicario Apostóli­co de S. Miguel de Sucumbíos, Mons. Gonzalo López Marañón, que celebre por la muerte de Alejandro. Me ha hablado de él con encomio y con la convicción de considerarlo como auténtico mártir de Cristo.

Por ello, me parece muy bien la intención de la Conferencia Episcopal Ecutoriana de pedir a la Santa Sede «la elevación a los altares de los dos misioneros muertos a manos de los Tagaeri».

Sería un honor para vosotros y para la Orden; pero será, sobre todo, un estímulo.

Demos gracias a Dios porque no nos faltan tales estímulos, pidámosle nos los aumente, porque mucho lo necesitamos.

Con mi gratitud por el hermano que habéis dado a la Orden, mi bendición confortadora y siempre fraterna.

Roma, 30 de octubre de 1987

En comunión de aspiracióny de afecto.

 

Fr. FLAVIO ROBERTO CARRARO
Min. Gen. O.F.M. Cap.

Bendición de la Capilla y Casa del  Centro de Peregrinación “Alejandro e Inés” (20 junio 2016)

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Esta es la historia de Laureano y de Eleuterio, dos indígenas kichwas que viven en la ribera del río Napo, en la Amazonía ecuatoriana. Laureano está esperanzado. Puerto Miranda, la comunidad que preside, acaba de llegar a un acuerdo con la empresa petrolera estatal Petroamazonas. La compañía quiere sacar el crudo que yace bajo el suelo comunitario. A cambio, promete indemnizar a los habitantes con dinero y obras que mejoren su calidad de vida. Mientras, Eleuterio se siente decepcionado. Este…

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VIAJE EL DIA DEL MARTIRIO

Martes, 21 de julio

Llegó el día Monseñor y Roque están en casa de las Hermanas para recoger a Inés

Llegó el día 21, martes. A las 5.30 de la mañana Monseñor y Roque están en casa de las Hermanas para recoger a Inés. Inés sale de la capilla. De rodillas ante el sagrario ha repetido una vez más su oblación. La despiden las hermanas a la puerta. Arranca el coche. Antes de las 7.00 están en el campamento.

"No hace buen tiempo. Las nubes" no se levantan y el cielo bajo está grisáceo. Nos presentamos en la barraca del Jefe del Campamento. Como hay amistad, hay rutina y naturalidad en los saludos. Para hacer tiempo nos vamos al galpón-comedor, y como el día anterior podemos desayunar a la carta. Monseñor desayuna y yo repito el del día anterior. Parece que vamos a tener que esperar un tiempo, bastante,hasta que se despeje el horizonte. Después del desayuno Monseñor con Inés se van a dar una vuelta por la bodega, a controlar la lista del día anterior, a hablar un poco con el Piloto Tamayo, traído expresamente de otro Bloque a éste para la operación de descenso, y con el mecánico francés. Todo está a punto; sólo hace falta que se levante el tiempo. (..).

Monseñor e Inés aparecen. No saben qué hacer. Hay que esperar. Al fondo, en la rinconera de un mostrador que hace de bar, nos recogemos, sentándonos silenciosos. No tenemos conversación. Está todo tan hablado. Sólo esperamos. (...). Pasaron ya las 9 de la mañana y nos acercamos a las 10".

Al fin les llaman, y recogiendo los bolsos de mano se dirigen los tres a la pequeña loma donde está el helipuerto de la Compañía. Les dan las últimas instrucciones sobre cómo tienen que descender. El cuerpo irá sujeto con una cincha bajo los sobacos; bajarán no por la puerta lateral, sino por un agujero que se produce al correr una plancha.

En el helicóptero van el piloto Sr. Tamayo, el Jefe de la base de la CGG Sr. Roques, y el mecánico que ha de accionar la grúa. "Inés se monta, después Monseñor, y cierran la puerta". Las hélices toman velocidad y el ruido se hace cada vez mayor. Roque se retira —tiene que retirarse— y mira el reloj: son las 10.30 de la mañana.

El misionero de Coca, Roque Grández, no vuelve a Coca. Se queda a la espera, a ver qué noticias trae el helicóptero.

"Me vuelvo al galpón-comedor, que se convertirá casi durante tres horas en la sala de espera. Estoy ilusionado. Mañana yo iré a visitarlos. Para mí será la primera vez también en los Huaorani. No me importa el Colegio. Por un día dejaré de ir. Los exámenes seguirán su curso. Y llevaré la cámara y haré fotos de recuerdo".

Sigue pensando: "Hoy es un día grande en la historia de Ecuador; el último grupo que permanecía sin contacto con el resto de los ecuatorianos hoy se integra en la historia nacional. Una vez más la Iglesia en su obispo y en su humilde misionera será quienes harán esta gran obra. Se necesita valor; Dios nos lo da porque nos da amor a este pueblo. Hay un rato en que uno se queda embobado, ensimismado por la ausencia, la marcha de los otros. Y el pensamiento del posible peligro uno lo retira, no lo deja entrar, sencillamente lo sofoca".

¿Cómo era Inés?: (Laura Fernández)

“Inés era delgada, pequeña de estatura, pero con un corazón y un alma que no le cavia en su pequeño cuerpo”

La conocí el 29 de Julio de 1977 en Shushufindi, me impresiono mucho al escucharla; Nos recibió con mucho cariño, pero hablaba sin parar, contándonos con grande alegría su experiencia de trabajo con los pobres, las dificultades que había tenido en su apostolado, pues ella había llegado al Ecuador 4 meses antes que yo.

Se notaba el amor que le tenía a su trabajo como misionera; Nos contaba que desde niña había soñado ser misionera y con paciencia había esperado mucho tiempo: Con emoción nos contaba la alegría tan grande que había tenido el día que la hermana Provincial Ana Elsa Moreno, la llamo y le pregunto si quería venir a la misión del Ecuador; Nos decía ……..”fue tanta mi alegría de ver que se realizaba mis sueños, que no hice sino llorar de alegría y darle gracias a Dios por ese regalo tan grande”.

En su trabajo en Shushufindi se incorporo con alma y vida; Solo escucharla te podías dar cuenta como amaba a la gente y su trabajo. Shushufindi era su vida; pero como la vida siempre nos hace sus jugadas duras, el 2 de Agosto de 1977 le dieron orden de bajar a Rocafuerte, segunda casa que fundaba nuestra congregación en este País; le costó bastante dejar a Shushufindi, su trabajo, su gente, que ya tenía muy metida en su corazón, pero acepto.

El Jueves 4 de Agosto bajamos a Nuevo Rocafuerte, largo el viajo por el rio y muy cansadas, pero felices de conocer tanta belleza. Inés entre alegre y triste miraba todo.

Una de las cosas que no le agrado mucho en este lugar, fue porque era Hospital, y ella tenía repugnancia por los Hospitales; pero al llegar allí se animo un poco cuando supo que era trabajo con los Indígenas de la Ribera y gente muy pobre.

Fue nombrada Superiora de esa casa y a pesar de añorar su antiguo trabajo se entrego por completo al apostolado en la ribera del rio Napo y por el Rio Aguarico.

Compartir con ella el trabajo durante 9 largos años, puedo decir que no tenia dificultad para nada y con nadie.

Primero se dedico a conocer el pueblo y su gente, sus costumbres, nombres y hacer amistades. Los domingos salíamos a la Ribera a varias comunas para la celebración de la Eucaristía y para hacer amistad con ellos. Inés cada día se iba incorporando más a su nuevo trabajo y cogiéndole amor a todo. En el pueblo visitaba a las familias, les explicaba la palabra de Dios del domingo, les invitaba a la misa los días sábados, y les enseñaba a manejar la biblia, etc.

Creo que su mayor alegría fue el día que Monseñor Labaka, la invito para entrar donde los Huaorani, lo hicieron en helicóptero desde Pañacocha, en compañía de la Hna. Inés Ochoa misionera Laurita; Esta experiencia fue el tema preferido el resto de su vida. Luego ya se iniciaron los viajes por el río Yasuní a esa comunidad.

Yo la acompañe en varias ocasiones, y sinceramente me admiraba de verla; ella era una persona muy escrupulosa, terriblemente escrupulosa; en la casa tenía que estar todo súper limpio, le aterraba ver una cucaracha en la cocina o en el comedor, era tanta la repugnancia que le quitaba hasta las ganas de comer. Exigía que a los pacientes hospitalizado se les atendiera de lo mejor, pero no permitía que se acercaran por la casa y menos por la cocina; y verla donde los Huaorani comiendo con ellos del mismo plato, o sentada en el suelo, compartía con ellos no importaba si estaban limpios o sucios, se le veía tan feliz cuando estaba con ellos; lo mismo hacia cuando ellos llegaban a Rocafuerte, se dedicaba a acompañarlos, a buscarles comida, llegaba a la casa solo a dormir.

En la comunidad era alegre, detallista y ordenada, responsable, lo mismo en su trabajo.

En su vida espiritual era muy orante y exigente con los demás, nos decía” las cosas de Dios se hacen bien o mejor no se hacen” sus momentos libres los dedicaba a la oración, al estudio de la biblia , la vida de San Francisco, y el padre Luis, también a las gramáticas Quichuas y Huaorani.

En Enero de 1977 le pidieron el favor de hacerse cargo de la casa de Coca por un tiempo, que ella exigió fuera corto; no le agrado mucho el cambio pero acepto, y el 23 de enero salió a cumplir su nueva obediencia, y allí empezó a planear su viaje a los Tagaheri.

En el mes de mayo bajo a Nuevo Rocafuerte para ir de allí a los Huaoranis, yo la acompañe, pasé con ella tres días y me regrese; ella tenía planeado subir mucho más arriba y allí la recogía Monseñor en helicóptero; su ilusión y planes era ir a vivir entre los Huaorani.

Al regresar de allá viajo a Bogotá para participar el en CONLAM, delegada de las Terciarias Capuchinas del Ecuador.

El 19nde julio nos encontramos en Coca, había llegado el día anterior; me saludo muy efusiva, y lo primero que me dijo fue “Laura me voy a los Tagaeri, me dio permiso la hermana General que participo también en el CONLAM, estoy feliz” yo no le conteste nada solo la escuchaba: Yo temía a ese viaje. No sé porque. Esa tarde la acompañe para hacer algunas compras, fuimos al almacén del señor Milton Noboa, con qué alegría le contaba de su viaje, él le dijo, Hna. y si se la comen esos salvajes, le contesto; que va ellos son mejores que nosotros.

De allí pasamos donde la señora Betty Pauker, la misma historia, le contaba de ese viaje con gran alegría, la señora también le dijo: no le da miedo hermana? Ella le contesto ¿de quién? Ellos son buenos; pero cuando nos despedimos la abrazo y le dijo: “bueno amiga hasta nunca” la señora se sorprendió y le dijo: es que no piensa regresar? No le contesto y salió riéndose, yo solo la escuchaba pero tenía miedo.

Esa noche en la casa después de la Eucaristía, pues era domingo, entre a su cuarto estaba arrodillada amarrando un cartón pequeño con las pocas cosas que llevaba. Le dije: Inés de veras no te da miedo, levanto la cabeza y con una seguridad me dijo: “te juro Laura que no tengo miedo y si muero, muero feliz donde y como le he pedido al Señor, ojala nunca nadie sepa mas de mi” yo solo le conteste: no te preocupes pero aunque sea tus huesos pelados o en pedacitos lo hemos de sacar, se rio, y luego me dijo. “Por si algo pasa aquí te entrego lo que tengo” me especifico todo y que debía hacer, me despedí, Salí de su cuarto pero algo presentía.

Al día siguiente, 20 de julio nos encontramos a las 4:30 a.m. en el comedor ella salía para la selva, yo para Quito. Esperaba a Monseñor Alejandro y al padre Roque que los llevaba a ellos para el Eli puerto y yo al padre Alberto que me llevaba al Lago.

Todo para nostras era expectativa en la casa de Quito, en la tarde llego a visitarnos Monseñor Jesús Langarika y nos conto que no habían salido por un fallo del helicóptero y estaban en casa en Coca.

Al dio siguiente 21 nos comunicaron que se habían ido, nos quedamos esperando noticias, en la tarde llego monseñor Langarika y nos dijo, cuando le preguntamos ¿ qué sabia?, no sabemos nada, hasta estarán muertos, ¿Qué se sabe?

Al día siguiente Salí para hacer algunas compras en el Ipiales, pero no pude, sentía algo raro “miedo” me regrese y mi sorpresa fue encontrar la puerta abierta y equipos de periodistas en la sala, pero no me imagine nada. Me quede en la puerta, en eso bajo una hermana y me dijo “Laura los mataron” es imposible narrar esos momentos, subí y la superiora me dijo, vete al aeropuerto a buscar dos pasajes para ir al Coca.

Cuando fue ya habían salido todos los vuelos “no había esperanza” me mandaron a la oficina y allí después de decirles los motivos, el gerente muy amable nos dio dos pasajes a lago a las tres de la tarde.

Al llegar a Coca ya los habían traído de la selva, encontré a Inés en su ataúd, se me hace presente ese momento, que dolor, era otra totalmente distinta.

De ese viaje feliz no regresaste Inés: te regresaron, pero después de haber derramado la última gota de tu sangre en la selva ecuatoriana. Tu cuerpo totalmente perforado por las lanzas de los que por amor fuiste a buscar..

Murió como y donde había deseado según sus últimas palabras. “Si muero, muero feliz”

Cristo derramo la última gota de su sangre en la cruz por amor, tú la derramaste en las tierras ecuatorianas también por amor.

Hoy recuerdo la tarde del 222 de julio cuando te vi en tu ataúd…. Increíble…. No te parecías. Y el 24 cuando entregábamos tu cuerpo a la tierra en esta catedral que dolor….

Gracias Inés por la herencia que nos dejaste de tu cuerpo aquí, por tu testimonio de vida de entrega, porque supiste correr el riesgo y por tu fidelidad como Terciaria Capuchina, tu recuerdo vivirá siempre entre nosotras dándonos animo en el caminar de cada día. Inés… como eres hoy ayuda siempre desde el cielo al Vicariato, a la Congregación y cada misionero.

Luz verde en el Consejo General

La Superiora General recibió la carta de Inés y se sintió profundamente conmovida al ver tan en directo la talla de esta misionera. Se puso en contacto con la Superiora Provincial de Inés, Hna. Berenice Sepúlveda y consultó el caso con el consejero general. El 2 de mayo escribe a Inés una carta de exquisita cordialidad. "¿Qué puedo decirte? Que siento una alegría honda por tu espíritu misionero, por tu deseo de entregarte a los más pobres y hacer llegar el Evangelio a "los últimos"". Está plenamente de acuerdo con los puntos que indica Monseñor, y dice a Inés que esta obra se lleve adelanté como proyecto asumido por la comunidad y contando con el discernimiento comunitario. Debe ir acompañada de alguien. "Es imprescindible esta compañía, ¿será difícil conseguirla? Comprende, Inés, que tú no puedes ni debes hacerlo sola. Posiblemente sea difícil encontrar una Hna. porque se requiere, según parece, un talante especialmente arriesgado. La solución sería alguna misionera laica..".

Termina la carta llena de afecto: "Querida Inés, deseo con toda el alma que esto vaya adelante, que Jesús sea conocido, que te entregues totalmente a El y que crezca el amor entre todos. Tengo gran deseo de conocerte. Cuenta con mi apoyo fraterno, mi oración y todo mi cariño. Pide tú también por mí y por la Congregación para que estemos al servicio del Reino de Jesús y en favor de los hombres nuestros hermanos. Hagamos nuestra plegaria junto a María".

La carta resultaba profundamente alentadora. Inés podía aceptar la vocación del pueblo Huaorani como vocación personal, en armonía con la comunidad donde estaba.

Aporte de la Hna. Inés a las mujeres huaorani

Refiriéndonos al tema que nos ocupa en esta mañana yo diría que nuestra querida Hna. Inés Arango mártir hace ya casi 25 años, no aportó sólo a las mujeres wuoranis sino a muchas mujeres a lo largo de su vida, entre ellas sus hermanas de comunidad dentro del espacio de convivencia, ya dentro de su misión evangelizadora aportó a sus alumnas cuando se desempeñó como educadora en Colombia.

En el tiempo que compartió su vida en Ecuador tuvo ocasión de relacionarse y aportar a las mujeres de la cultura Siona, Secoya, Cofán , también a las mujeres colonas de su tiempo pero de manera especial lo hizo con las mujeres wuaoranis a quienes amó entrañablemente y por quienes ofrendó su vida.

¿Qué fue lo que aportó? Lo que ella era y podía hacer, porque “Nadie da lo que no tiene” Inés tenía mucho para dar.

He dividido el aporte de Inés en tres partes:

SU SER DE MUJER INTEGRADA

Plenamente identificada con su género Inés se sintió a gusto con su ser femenino encarnó valores que son propios de la mujer y los compartió con quienes ella tuvo oportunidad de relacionarse y trabajar.

Mujer de alegría contagiosa, atenta a lo que acontece a su alrededor especialmente sensible a las necesidades de los demás y pronta para ayudar en lo que le era posible; mujer de detalles, disponible para el servicio desde lo más sencillo.

Considero que esto es importante ya que el primer y más importante mensaje se da con la vida, siendo coherente. Inés nos dio ejemplo de mujer fue referente…

Su vida antes y hoy nos permite leer lo que Dios quería para los hombres y mujeres necesitados “que Dios les ama y que son importantes…tan importantes que envía personas que les ayuden arriesgando incluso su propia vida”.

IDENTIFICADA CON SUS RAICES CULTURALES

Sabemos que lo que desde niños hemos vivido y recibido tanto en el seno de nuestra familia como en el entorno y circunstancias sociales va formando nuestra personalidad y dándonos una manera concreta de ser y actuar en el presente frente a las circunstancias. Constituye este aprendizaje una riqueza que todos tenemos.

Hablando de Inés tuvo la bendición de nacer en una familia numerosa, de raíces cristianas, en un lugar llamado Medellín en el departamento colombiano de Antioquia.

Hago alusión a esto porque al contemplar a Inés nos encontramos con una exponente fiel de su cultura. Su tierra natal (Antioquia) está habitada por personas con unas características concretas como son: ser amables al saludar; fuertes, decididos y listos, hábiles al hablar de negocios, francos y fieles a su palabra, bruscos al decir la verdad, Optimistas en la derrota, no se dan por vencidos con facilidad incluso esta actitud es acuñada por la frase “Antioqueño no se vara”, son alegres en el triunfo, especiales, tenaces, laboriosos, soñadores, tiernos, honrados, trabajadores, habladores en sentido de ser expresivos, muy sociables; se sienten orgullosos de lo suyo y seguros de lo que son.

Estas características las vemos plasmadas en el ser y hacer de nuestra hermana Inés, gracias a ellos pudo asumir los restos que suponía adentrarse en la selva en una misión que demandaba mucho de riesgo, fortaleza, habilidad, tenacidad, etc.

Pudo trabajar en equipo con Mons. Alejandro y con otros y otras misioneros y misioneras que en numerosas ocasiones les acompañaron en sus viajes. Gestionó ayudas para solucionar las necesidades de “sus indios” como en confianza le decían pero como he dicho desde el comienzo no sólo ayudó a las comunidades indígenas sino a cuanta persona llegará a solicitar apoyo.

Por su alegría y sociabilidad era muy conocida de la gente, su compartir contagiaba a los demás que podían percibir en sus palabras el amor a los hermanos huaorani y su convicción para ayudarlos, esto involucraba a sus oyentes suscitando palabras de ánimo, gestos de solidaridad en función de su preferidos e incluso después de su muerte motivación vocacional al seguimiento de Jesús.

Inés amó lo que era y desde su ser amó lo que los otros eran.

CONSAGRADA Y MISIONERA A PLENITUD DESDE UN CARISMA CONCRETO COMO TERCIARIA CAPUCHINA DE LA SAGRADA FAMILIA.

Leemos en sus escritos y los testimonios de nuestra hermana Inés que desde niña soñaba con ser misionera…

La providencia le abrió las puertas de nuestra Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia en una fecha muy importante el año centenario del nacimiento de nuestro fundador.

Ya dentro de la experiencia que ella misma y las hermanas nos narran en la crónica y otros escritos podemos hoy afirmar que aunque Inés soñaba con ser misionera entre los indígenas su camino para lograrlo fue lento y Dios la fue madurando como solo él lo sabe hacer… ya que una de las especialidades de Dios es la paciencia…él no se ha contagiado de nuestras prisas.

En los años que anteceden a su llegada al Ecuador ella asimila muy bien los valores que nos identifican como Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia.

El seguimiento a Cristo.- Vemos a Inés convencida de su vocación, su vida está centrada en Cristo, es una mujer orante…se siente llamada y enviada

En comunidad fraterna.- Inés construyó fraternidad con sus cualidades y limitaciones.

Minoridad.- Tenía claro lo que era ponerse al servicio de los demás en lo más sencillo…y nos lo recalca muchas veces no busca su propio interés, ni sobresalir… no busca fama…

Entre los pobres.- Solo quiere ser hermana y estar entre los más pobres como el maestro, Jesús y como nuestro Fundador Luis amigó que tuvo una especial sensibilidad para con los más necesitados en su tiempo.

Esto implica cambio de mentalidad y capacidad de transformación como exigencia de fe. Conlleva asumir la propia cruz, negarse a sí misma dejando que Dios tome la iniciativa por su sola misericordia.

En fidelidad a la Iglesia…Inés sintió que esta vocación no era cosa suya sino de Dios y de la iglesia, lo hizo en fidelidad al proyecto de su Iglesia local y en comunión con los misioneros de la iglesia.

Desde estos valores franciscanos y amigonianos vivió su dimensión misionera convencida como estaba de que era también una opción congregacional.

Retomando nuevamente su vida vemos que Ecuador es el lugar donde ella pudo concretar su sueño, esto tampoco fue fácil hubo dificultades y luchas que tuvo que enfrentar y superar pero vivió siempre con mucha alegría. Su secreto el amor a Dios y a “esta porción” que se había constituido en su tesoro… “El amor no busca su propio interés…todo lo soporta” 1Cor. 13, 5-6.

Se siente feliz en la selva, en ella descubre vivamente a Dios. Siente su vocación de discípula y misionera. Fue a evangelizar pero se sintió “enseñada- evangelizada”

¿QUE NOS ENSEÑA CON SU TESTIMONIO?

Empiezo esta parte con relato de Jhon Magliola:

El niño vio la estrella y se puso a llorar.

La estrella le dijo: ¿Por qué lloras?

El niño le respondió: estás demasiado lejos ¡nunca podré tocarte!

Y la estrella le replicó:

¡pequeño, si yo no estuviera en tu corazón, no serías capaz de verme!

Quiero expresar que la pasión que sentía Inés por la misión con los Wuaorani era algo tan grande y a la vez tan sencillo como encontrar aquello que da sentido a nuestra vida. Los Wuaoranis fueron la pasión de Inés.

Aprendo de Inés y les comparto a los presentes especialmente a las mujeres que hay cosas que Inés vivió y que son tan actuales como en su momento lo fueron para ella.

Vivir el amor.- Si queremos hacer algo por los demás primeramente hemos de amarlos, es decir acogerlos en el corazón, eso no ha pasado de moda cuando queremos llegar a alguien no ha de ser por la fuerza ni la imposición sino desde el amor que dignifica…y todo ser humano pero nosotras en especial debemos dejar salir toda la capacidad de amar de que estamos dotadas y que impregne todo lo que hacemos aunque sean cosas sencillas…así lo hizo Inés.

Pero ella no sólo amó sino que se dejó amar, Inés escribe “me siento feliz entre ellos como hermana amada, respetada y acatada…” es importante no solo amar sino sentirse amada, acogida, respetada como Inés nos dice ya que eso genera confianza para el compartir, ellos le enseñaban las palabras y compartían sus relatos porque ella era una más entre ellos incluso dejará escrito “peligro entre ellos ni el más mínimo y antes de morir a la pregunta que más se repitió ¿no te da miedo? Ella dijo siempre “no tengo miedo” y es que donde hay amor no hay temor“ el amor hecha fuera el temor” nos dice 1Jn. 4,18

Ser humildes.- Valorando lo de los demás dispuestos siempre a aprender ella decía “recibimos de los indígenas una gran lección de fraternidad” refiriéndose al compartir de la comida…. Fue humilde también cuando convive con ellos sin saber su lengua, cuando aprende a silenciarse para acoger…. Vive la experiencia de morir para vivir.

La humildad nos abre la puerta en el corazón del otro.

Obrar por convicción… Inés está convencida de lo que quiere, lucha por eso y esta dispuesta a correr todos los riesgos. Cuando queremos realizar nuestros sueños encontramos dificultades y a veces los obstáculos nos desaniman. Podemos aprender a no renunciar… nos motiva a confiar y a encontrar estrategias para lograr lo que queremos… “no es un capricho mío dice en sus escritos…lo sentía muy hondo en sus ser y está convencida de que es de Dios y que no viene sólo de su gusto sino que es una opción el seguir trabajando con ellos.

No nos conformemos… Las cosas pueden ser diferentes. Tal vez haya a nuestro lado personas con la misma inquietud, dialoguemos, apoyémonos y sumemos fuerzas. Inés compartió su sueño y sumó fuerzas por la misma causa, era tal su convencimiento que al final había logrado el permiso para estar entre ellos… hoy como ayer es importante que nos vean y sientan convencidos en lo que promovemos.

Servir – ayudar.- Hemos dicho que era sensible a las necesidades de los demás. Está pendiente de su bienestar, de encontrar soluciones para sus realidades concretas, entre otras cosas les enseña los números y a firmar para que puedan sacar y tener su cédula de ciudadanía.

Era muy inteligente y detallista se aprendía los nombres de cada uno y los llamaba así, si sabía que algo les gustaba a ellos se los regalaba, quería que se sintieran bien…pero sobre todo amados.

Confiar en la gracia de Dios.- Inés fue una mujer que cultivó su vida espiritual desde la contemplación de la realidad se abrió a la experiencia de un Dios que acontece en todo y en todos, sintió que su vida le pertenecía a Dios y que él la conducía…confiaba en Dios, gastaba tiempo a la oración y por eso no duda de que sus deseos estén dentro del proyecto de Dios, además es en el encuentro con El, su Palabra y la Eucaristía que renueva su motivación y sus fuerzas.

Respecto de su relación con las mujeres, tomo un trocito del Libro crónica huaorani donde Mons. Alejandro habla sobre las mujeres en la comunidad Wuao.

“ Es vista milagrosamente como revestida de dignidad y protección social de su propia cultura, es realmente la reina del hogar respetada, amada y adornada de una seguridad interna personal que aparece en todo momento de que ella tiene su puesto junto a su esposo y que nadie la puede desear u ofender de hecho ni de palabra. Se dedica a sus trabajos con admirable seguridad, acompañada de sus hijas a quienes no abandona en ningún momento… la mujer tiene un puesto de gran importancia en la familia y sociedad Wuao.”

Son ellos los que piden a Mons. Alejandro que lleve a las mujeres extranjeras que hay en Nuevo Rocafuerte con la expresión las vamos a cuidar. El ve una gran oportunidad de evangelizar al pueblo Wuao por la participación misionera femenina.

Cuando ya Inés toma contacto con la comunidad huaorani ella nos dice como fue integrándose a ellos:

Ella es observadora y receptiva se integra a su realidad no de forma pasiva sino participando en sus actividades, relatos, comidas nos dice “Compartimos con ellos toda clase de alimentos por ellos acostumbrados…”

La evangelización que realiza es solo a base de convivencia y cariño hacia aquel pueblo olvidado en la selva. Suponemos que su convivencia sería el mayor tiempo con las mujeres y los niños Wuao. Con ellas compartía sus actividades y con los niños jugaba, cantaba y les enseñaba.

El carisma de Inés es ser misionera; un carisma que luego se ha de perfilar providencialmente ser misionera entre los más pobres, ser misionera de las minorías.

En su quehacer misionero hizo vida las palabras que Luis Amigó nuestro fundador nos escribió en una de sus cartas:

“Vosotros mis amados hijos e hijas a quienes El ha constituido zagales de su rebaño, sois los que habéis de ir en pos de la oveja descarriada hasta devolverla al aprisco del Buen Pastor. Y no temáis perecer en los despeñaderos y precipicios en que muchas veces os habréis de poner para salvar a la oveja perdida…” OCLA 1831.

Inés tu causa es la de Cristo y aun nos reclama compromiso, ruega a Dios para que quienes tenemos posibilidades podamos dar con generosidad y seguir apostando por los más desprotegidos.

Termino con un pensamiento que nos cuestiona ¿de qué estamos convencidas? A la vez nos anima:

A propósito de todo acto de iniciativa y de creación

es preciso saber una verdad elemental:

Que en el momento que uno se compromete con convicción,

 la providencia se pone de su parte.

(Johann Wolfang. Goethe)

Ánimo para todas. Muchas gracias.  

Bilma Freire

 

Inés en el Congreso Misional Latinoamericano

Inés tenía que participar en el III Congreso Misional Latinoamericano (COMLA III), que se desarrollaba del 5 al 8 de julio. El trayecto Quito-Bogotá lo hizo en autobús. La temática del Congreso, celebrado en Bogotá, se había formulada así: La nueva Evangelización de América Latina y su compromiso "ad gentes". Había cuatro ponencias de base: La Iglesia es misionera por naturaleza — El comportamiento misionero de América Latina a los 500 años de su evangelización — La inculturación de la fe y la evangelización de las culturas — Los laicos misioneros de América Latina para una nueva evangelización.

Tomaron parte en el Congreso unas 35 terciarias capuchinas. Al final del mismo, en una solemne Eucaristía de envío "ad gentes", 11 terciarias capuchinas recibían el crucifijo de misioneras para África.

En el mismo Congreso participó la Superiora General, quien junto con su Consejo se encontraba en Colombia desde el mes de junio. A raíz del Capítulo General (1986), el Consejo planificó sus actuaciones de gobierno y pensó en una larga estancia en Colombia, de junio a septiembre de 1987, para conocer de cerca la realidad de América Latina y para dinamizar las opciones tomadas en Capítulo: "una inserción real entre los más pobres, desde nuestra opción preferencial por ellos...; urgencia de hacernos presentes en los lugares de evangeli-zación inicial y en el campo de la marginación...".

Fue providencial. "Nunca pensó que le tocara venir al COMLA —escribe a propósito de Inés su hermana Cecilia Arango—, pero sus compañeras la eligieron por votación y llegó feliz; mayor fue su alegría al saber que se encontraba en el mismo la Hna. Elena, Superiora General, que pudo dialogar con ella, comunicándole sus inquietudes y esperanzas respecto de su Misión; esto le colmó de felicidad ya que se identificó plenamente con ella".

Efectivamente este dato es importante. La Hna. Elena y la Hna. Inés hablaron de hermana a hermana, de corazón a corazón, largo rato, dos horas largas. Inés salió dilatada y dicen que cuando volvió a la misión las hermanas le veían particularmente radiante ante la aventura que se avecinaba, confortada con el aliento y la confianza que le había inspirado su Superiora General. La Superiora General, según el testimonio que de ella recibimos, pudo constatar los siguientes puntos:

— La autenticidad del ideal misionero de Inés y el fuerte enraizamiento cristiano del mismo, que le llevaba a estar dispuesta a dar la vida por los Huaorani.

— La calidad de la amistad con Monseñor. Era una amistad honda, recta, pura y desprendida, vivida sinceramente como designio de Dios en la común vocación para las minorías indígenas.

— La recta motivación que le impulsaba a entregarse a los Huaorani como ideal de su vida.

— Y en última instancia, una relativización de sus proyectos y una aceptación de la obediencia en cuanto voluntad de Dios, entendida en la oblación de la Cruz.

Apuntes sobre la vida de la Hna. Inés Arango Velásquez

Hna. Blanca Estela Gómez Pineda

MEDELLIN 2003

Religiosa Colombiana, nacida en Medellín, el 6 de abril del año 1937 y muerta en la selva ecuatoriana alanceada por los indios Tagaeri el 21 de julio de 1987.

PRIMERA PARTE: FAMILIA E INFANCIA

“Nací libre como el viento

de las sierras antioqueñas”

Así reza el himno de la GRAN ANTIOQUIA, donde vio la luz del día nuestra muy querida y siempre recordada herman INÉS ARANGO VELÁSQUEZ.

Entre los más grandes de Colombia

Antioquia es el sexto departamento colombiano en extensión territorial. Rico en paisajes, montañas, cerros, verdes y frescos calles, ríos, llanuras con fértiles pastos, hermosas costas a la orilla de los dos océanos que rodean a la hidalga Antioquia: Océano Atlántico y Océano Pacífico. Situado al noroeste de Colombia, es una departamento líder y promisorio.

Medellín, su capital “Ciudad Industrial de las flores” “Capital de la Montaña”, denominaciones que tiene que ver con sus paisajes, sus tradiciones, sus recursos y deseo de realizaciones, rodeada de montañas y cruzadas de sur a norte por el río Medellín, el río principal de su hidrografía. Situada en el Valle de Aburrá a 1.525 metros sobre el nivel del mar, y un promedio de 24 grados, es una de las ciudades más grandes de Colombia.Fundada en 1.675 y convertida en un gran centro industrial desde ls años 30. es hoy por hoy ejemplo de vanguardia y pujanza Antioqueña que con brazos abiertos recibe visitantes de todo el mundo, Medellín mezcla la majestuosidad del Valle de Aburrá (llamado así por los indígenas que lo habitan a la llegada de los españoles), con la armoniosa combinación de estructuras del siglo XX, con el verde de sus árboles primaverales y as imponentes montañas que sirven de murallas alrededor de la ciudad.

Para aquel entonces, en tiempo de la niñez de Inés, todavía Medellín no tenía el aire majestuoso de ciudad, pero ya se vislumbraba el crecimiento y progreso que iba alcanzando en el campo económico, social, cultural, comercial, etc. Inés llevaba en sí, muy adentro, el espíritu de verdadera paisa, cuyas características entre otras son:

Es un ser amable al saludar, fuerte y decidido al estrecha la mano; malicioso y hábil al hablar de negocios, franco y fiel a su palabra, brusco al decir la verdad, pero lo que dice es cierto, optimista en la derrota, alegre en el triunfo. No importa donde haya nacido, porque es tan especial, tenaz, laborioso, soñador, tierno, honrado, trabajador, hablador, que capaz de nacer donde le plazca sin dejar de ser un paisa, es regionalista porque se siente orgulloso de lo suyo y seguro de lo que es. Trabaja a diario por Colombia; le ama sobre todo y ante todo. Si lo ve podrá decirle al mundo que conoció un Paisa.

SUS PADRES Y ANTEPASADOS.

En uno de los barrios de Medellín, en el BARRIO BELÉN, vio la luz de l día una niña para quien la providencia tenía reservados caminos impredecibles.

Allí vivía por aquel entonces el ejemplar y patriarcal matrimonio formado por don Fabriciano Arango y doña Magdalena Velásquez, descendientes ambos de raza antioqueña, de fervientes principios cristianos, practicantes y defensores de su fe, la que sabiamente con palabras pero sobre todo con su ejemplo, con su testimonio de vida, fueron infundiendo cada día a sus hijos, testimonio que dejó en ellos huellas imborrables y fue siempre una impronta que los guió y definió en sus decisiones ante la vida y como cristianos.De esta unión matrimonial vino al mundo una corona de 12 hijos: 5 varones y 7 mujeres, familia que iba creciendo y bebiendo de tan precioso árbol la nutriente savia que alimentara la vivencia de una vida de fe, de temor de Dios, y de confianza sin límites en la Providencia.

El ambiente familiar de donde provenían don Fabriciano y Doña Magdalena, fue un ambiente “levítico”. Ellos mismos fueron alimentados y vivificados en hogares recios y fuertes en virtudes. Sus familias provenían de esos troncos que a manera de robles se yerguen para responder valientes las arremetidas de la vida. Encontramos en su árbol genealógico hermanos, tías y tíos sacerdotes, misioneros y sobre todo una familia muy enraizados en el árbol franciscano ¿Qué extraño que al formar su hogar, fuera éste una prolongación y remedo de lo que cada uno vivió en el suyo?

En la unión matrimonial formada por don Fabriciano y doña Magdalena se dieron a cabalidad las características del matrimonio cristiano: unidad e indisolubilidad, fidelidad y fecundidad. Y como fruto precioso Dios les regaló doce hermosos y promisorios descendientes: Hernán, Fabiola y Orfa; Rafael, Otto, Angela, Magdalena, León y Conrado, Cecilia, Inés y Ana Isabel.

Siete mujeres, cinco varones, siendo Inés entre los doce, la undécima, Cada nuevo hijo traía a la familia nueva alegría, nuevas esperazas, nuevo planes de vida para el futuro.

La vida en familia se iba desarrollando normalmente: un papá laborioso dedicado a su trabajo en la Banca, donde fue escalando diversas posiciones, gracias a su dedicación honradez y pulcritud de costumbres, un poco apretada la situación económica, según testimonio de uno de sus propios hijos, y nada de extrañar, debido al duro pero gozoso compromiso y a la obligación moral de sostener y levantar familia tan numerosa, doña Magadalena dedicada de lleno al cuidado de sus hijos y del hogar; laboriosa y difícil tarea,. Gracias a que aún no se ha dado la liberación femenina, tuvieron estos hijos la fortuna de gozar de lleno de los cuidados, mimos y detalles de su mamá.

Fue un hogar alegre y dinámico, con la presencia de chicos llenos de vida, energía e inquietud. Hogar de sanas costumbres y tradiciones, no fue golpeado por la degradación de sus raíces, tales como la ambigüedad acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, ni por la desintegración familiar, etc. Al contrario, fue un centro de transmisión de valores con el testimonio de cada día, viviendo a cabalidad o aprendiendo de sus mayores las costumbres de la época,: misa diaria desde pequeños los que eran conducidos por sus padres, rosario, catecismo dominical, salidas y expansiones siempre juntos, todo un beber en las fuentes el agua fresca de una fe robusta, futuro esperanzador para esos hijos que poco a poco se van abriendo a la vida y buscaron quien antes, quién después, su realización personal sin encontrar oposición, sino orientación y apoyo en clima de libertad.

En cuanto a su hogar, Cecilia su hermana dijo:

“Nuestro hogar podemos decir que fue modelo de piedad, fervor y religiosidad, ya que mis padres fueron verdaderamente cristianos. Con un gran amor a la Virgen Dolorosa, todos los problemas eran colocados en sus manos… todas las noches se rezaba el rosario y antes de ir a la cama cada uno pedía la bendición y recomendaba se le llamara para ir a la Misa al día siguiente”

Con el pasar de los años estos hijos fueron encontrando caminos de futuro y se organizaron: Fabiola, Cecilia e Inés, Terciarias Capuchinas. Los varones todos, formaron sus hogares y los bendijeron con el sacramento del matrimonio, semilleros y ejemplo para sus hijos, dando lo que ellos recibieron en abundancia… hombres de negocios, profesionales otros, comprometidos con Dios, con la patria y con la sociedad a la que pertenecen o pertenecieron. Al igual que Orfa, Magdalena y Ana Isabel, Ángela permanece soltera, desde ese estado realiza un importante papel como cristiana comprometida, respondiendo desde allí a su plan de salvación, porque aunque estuvo algunos años formando para de la comunidad de Hermanas Terciarias Capuchinas, poco a poco fue discerniendo que su lugar estaba como laica, ayudando a quienes lo necesitan, y como lo hace cada uno y cada una, desde el lugar de su realización y cumplimiento de su misión. Para este momento, ya varios han pasado a la Casa del Padre: Rafael, Otto, Conrado, Orfa.

BAUTISMO CONFIRMACIÓN, PRIMERA COMUNIÓN

La pequeña Inés recibe, como todos los niños de la época, las aguas bautismales a los pocos días de nacida, en la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de Belén, costumbre con la cual la Iglesia quiere ser fiel al mandato del Señor y además, siempre ha estimado que no se debe privar a los niños del bautismo durante mucho tiempo, sin justa causa. Es también una tradición memorable que se debe respetar. Este acontecimiento produce en la familia alegría y regocijo.

Siguiendo el hilo conductor de su infancia, llegamos a la recepción del Sacramento de la Confirmación, donde reafirma su condición de cristiana, adquiere una configuración más profunda con Cristo y una mayor abundancia del Espíritu Santo, Espíritu que le dará la plena madurez en la fe hasta las últimas consecuencias, hasta la inmolación en la cruz del martirio, como en ella se realizó.

Recibió este sacramento el 6 de octubre de 1940 de manos del entonces Arzobispo de Medellín, Monseñor JOAQUIN GARCÍA BENÍTEZ, sacramento que recibió en compañía de su hermana Cecilia. Tenía entonces 3 años y medio.

La Primera comunión la recibió en el Colegio de la Presentación de Medellín cuando cursaba el Infantil, apenas abriéndose a la vida, y con el entusiasmo y la limpieza de quien en la flor de la inocencia se acerca a recibir al dueño de la vida desde siempre y para siempre.

La niñez de Inés sigue su curso, desarrollándose al ritmo de las exigencias y costumbres de cada día, suave y tranquila al lado de sus padres, hermanos y hermanas en actividades, juegos y distracciones propias de su edad.

En 1944 ingresa al Colegio de la Presentación donde cursa el Infantil y los grados primero y segundo de educación primaria. Los grados tercero, cuarto, quinto y parte del 1º. De Bachillerato los cursa en la escuela normal de la ciudad, dirigida por honorables y especializadas pedagogas, muy admiradas en la sociedad.

Sus actividades en esta época son las normales para una niña de sus edad: asiste puntual y gozosamente al Catecismo Dominical, donde participa de todo lo planeado y organizado por quienes lo dirigían. Es huésped seguro en las fiestas infantiles a las que asistía en compañía de sus hermanas, ya que vivaracha como era, todo lo disfrutaba a cabalidad. En Navidad asistía al rezo de la Novena al Niño Jesús y participaba del canto de villancicos y coros navideños.

SEGUNDA PARTE: ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Con el devenir de cada día, Inés fue entrando en la adolescencia, periodo crítico plagado de ajustes y problemas. Se entra en la adolescencia con buena parte de los sentimientos, actitudes, capacidades y dependencias de la vida anterior. Lo normal es que culminada esta etapa ya se esté preparando para comportase como persona responsable y adulta.

Un autor desconocido escribe acerca de esta etapa:

“No estas sólo. Perteneces a una familia y a unos amigos. Formas parte de un pueblo o ciudad, de una tierra, de un país y de una cultura. Goza y disfruta con las cosas y personas que la vida ha puesto en tu camino; hacerse mayor es una hermosa aventura que exige esfuerzo y no un juego para caprichosos”.

Como su hermana Fabiola, Terciara Capuchina, había sido trasladada a la Normal La Mercede Yarumal, dirigida por esta comunidad religiosa, Inés se fue a su lado a continuar sus estudios; ahí termina el 1º. Bachillerato que había iniciado en la Normal Antioqueña cursa además el 2º. e inicia el 3º. Esto hasta 1953, cuando su hermana es trasladada nuevamente y entonces Inés también emprende viaje de regreso a Medellín.

Al regresar de Yarumal, en su casi obsesión por realizar su sueño misionero, resuelve entrar de aspirante a la Comunidad de las Hermanas Misioneras de la Madre Laura, donde solo permaneció por escasos meses, fue un paso fugaz, ligero, como decisión tomada también a la ligera por una adolescente sin experiencia de la vida,. Su destino estaba en otro lugar, ya la Providencia le iría mostrando los caminos, como en efecto sucedió. Al salir del aspirantazo en 1953 se matricula en el Colegio María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas, donde termina el tercer año de bachillerato y cursa el 4º. año.

En esta época de su adolescencia se descubren en ella rasgos muy característicos de su edad y su temperamento: decisiones rápidas y poco estables; temperamento franco, ardiente, búsqueda de un ideal que para aquel entonces, aún no lograba. Sus hermanas carnales, sus compañeras de colegio, han dejado constancia de en sus testimonios de algunas manifestaciones en su actuar. La describen: amante y delicada con sus padres y en general con su familia, muy fuerte su devoción a la Sma. Virgen, su amor por las misiones por las que trabajó con empeño y dedicación en las jornadas misionales que se organizaban. Por sus venas corría sangre misionera, familiares muy cercanos de sus padres se destacaron como misioneros infatigables. Cuenta una prima salesiana que cuando recibió la primera comunión le dijo: “Yo seré monjita para entregarme a las misiones”

Se granjeaba el cariño de cuantos rodeaban por su sencillez y su alegría. Tenía una risa contagiosa, amante de la verdad, era transparente, no aceptaba nada incorrecto, lo que la hizo aparecer a veces como intransigente, poco tolerante.

De gran sensibilidad para con los pobres y necesitados. Del dinero que le daban para sus dulces y gastos semanales reservaba para compartir con ellos, sobre todo con los indígenas que siempre fueron soñado ideal. Tuvo muchos admiradores, pero su vista miraba otros horizontes, cuando se presentaban para visitarla siempre buscaba quien la sustituyera, el Señor no la llamaba al matrimonio, así lo expresó en varias oportunidades.

TERCERA PARTE: NACIMIENTO DE SU VOCACIÓN.

“Mi vocación es un fuego que llevo en el alma, con susurros de amor y de calma, como un viento que corre veloz, no es ilusión, no”

Cantaba con energía y alegría. Desde pequeña Inés sintió siempre en su corazón el fuego abrasador que la impelía a mirar hacia arriba y escalar las alturas de la santidad y de la entrega. La gracia de Dios la iluminó e impulsó a consagrarse a Dios plenamente y para siempre. Son llamadas a las que no se puede resistir sino que llevan a la entrega sin reservas.Fiel a este fuego e impulso misionero ingresa en la comunidad de las “Hermanas Misioneras de Maria Inmaculada y de Santa Catalina” comúnmente conocidas como Misioneras de la Madre Laura o más familiarmente, Lauritas.

LAS MISIONERAS DE LA MADRE LAURA Son una congregación colombiana, netamente misionera, fundada para construir el reino desde los más pobres, por la Madre LAURA MONTOYA UPEGUI, nacida en Jericó, Antioquia, Colombia, en 1874 y muerta en Medellín el 21 de octubre de 1949.

El 5 de mayo de 1914 salieron de la ciudad de Medellín, Laura Montoya Upegui en compañía de su madre y cinco jóvenes valerosas, iniciando lo que ella denominó “la obra de los indios”. El 14 de ese mismo mes y año, funda la congregación en las selvas antioqueñas de Dabeiba, con los indígenas Catíos.

La madre Laura tuvo una visión universal de su misión, celo sin límites de lugar, ni personas, ni tiempo, se afirma en su biografía;

Al morir la madre Laura deja 90 casa fundadas en tres países: Colombia, Ecuador y Venezuela, y su carisma misionero sigue latente como respuesta al “tengo sed” grito de Jesús en la cruz desde el abandono y la marginación en que se encontraban los indígenas. A esta congregación ingresó Inés cuando regresó de Yarumal, movida por el anhelo, casi que obsesión de ser misionera, ye entregarse a la evangelización de los indígenas; decisión ligera, sin mucha maduración, propia de sus edad adolescente, pero de admirar porque dio el primer paso para alcanzar lo que tanto anhelaba. Pero así como ingresó, rápidamente, así fue su decisión para salir. Permaneció únicamente por tres meses. Fue un paso fugaz, tres meses, pues no era el lugar para la realización y consumación de su vocación, y mas concretamente de su vocación misionera, solo que en su inquietante búsqueda creyó seria en el seño de esa comunidad donde encontraría el terreno propicio para la realización de sus sueños, pero… mis caminos no son vuestros caminos.

Cuenta una de sus hermanas, que una tarde llegó al convento de la Madre Laura doña Magdalena, su mamá, a cancelar el aporte que debían hacer las aspirantes; no la llamaron donde su mamá, pero ella, no se sabe cómo, la vio llegar y cuando se disponía a regresar a casa, la llamó y le dijo desde lejos, “mamá, espéreme que yo me voy con usted, yo no que quiero quedar más aquí” ¿Motivo?... en última instancia, caminos de la Providencia que guía amorosamente nuestros pasos en el caminar hacia el Padre, porque “Yo soy el barro, Tú eres el Alfarero Señor”. Al retirarse del aspirantazo de la Madre Laura, continúa estudiando el 3er. Año de bachillerato en el colegio de María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas. Corría el año 1953.

Las Hermanas Terciarias Capuchinas fueron para Inés como un ambiente natural desde su infancia, puesto que su Hna. Fabiola ya pertenecía por aquel entonces a esta comunidad y así tuvo desde pequeña la oportunidad de familiarizarse con las hermanas, conociéndolas poco a poco.

Esta comunidad fue fundada por FRAY LUIS AMIGO Y FERRER Obispo de Segorbe, el 11 de mayo de 1885.

En 1884 el joven Luis de Massamagraaell contaba solo 30 años, cuando movido por el Espíritu emprendió la colosal aventura de fundar esta comunidad, y cuatro años más tarde fundó la Comunidad de los Padres Terciarios Capuchinos de Ntra. Señora de los Dolores.

El Padre Luis había nacido en Massamagrell – España – el 17 de octubre de 1854. Desde niño sintió la llamada del Señor para consagrarse a su servicio. Después de vencer varias dificultades ingresó a la Orden Capuchina en Bayona Francia, el 12 de abril de 1874; tenía entonces 19 años; al regresar a España fue ordenado sacerdote en 1879.

Desde Massamagrell, su pueblo natal, ejerció su apostolado con varios grupos seglares y fue precisamente trabajando con estos grupos donde recibió la inspiración de fundar sus dos congregaciones, como él mismo lo escribe:

“El progreso siempre creciente de la Tercera Orden Seglar y el deseo de mayor perfección de algunas almas que querían consagrarse a Dios, me impulsaban ya mucho tiempo a intentar la fundación de una Congregación de Religiosas Terciarias Capuchinas y, creyendo ser voluntad de Dios, empecé a escribir unas Constituciones implorando para ello el auxilio divino” [1]

La forma como surge esta Congregación pone de manifiesto los designios ocultos del Señor. El Padre Luis al escribir las Constituciones dejó muy en claro el espíritu propio de la Congregación. Le debe distinguir el espíritu cristiano en el amor y enmarcar su vida en la penitencia y en la minoridad franciscanas, dedicándose unas veces a la contemplación y otras a socorrer, con dedicación y esmero, las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, como la expresa en sus escritos:

“Las hermanas servirán al Señor en vida mixta, entregándose unas veces a las dulzuras de la contemplación y dedicándose otras, con solicitud y desvelo al socorro de las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, en los hospitales, asilos y casas de enseñanza… si en algún día La Sagrada Congregación de Propaganda FIDE las pidiese para las misiones entre infieles, se prestarán con toda docilidad”.[2]

En 19885 el mismo año la fundación de las Hermanas Terciarias Capuchinas se desató en España, y sobre todo en Valencia, una terrible epidemia de CÓLERA ASIÁTICA que afectó profundamente la población, a tal punto que no encontraban quien atendiese a los enfermos ni quien le diera sepultura a los muertos.

Las autoridades angustiadas acudieron al Padre Luis pidiendo su heroica ayuda. Él expuso la situación al grupo de Hermanas que apenas iniciaban. Todas se ofrecieron generosamente. Cuatro se fueron a prestar el servicio en Massamagrell, y tres de ellas murieron contagiadas de la enfermedad.

Dejemos que sea el Padre Luis quien nos narre:

… “Por ser este un acto heroico me limité a exponer a las religiosas la petición y decirles que si alguna se veía con ánimo para ejercer la caridad me lo dijiese. No hubo alguna que no se ofreciese al sacrificio. Se designaron cuatro que fuesen a Massamagrell…” [3]

El diario “Las Provincias” se hizo eco del heroísmo de las hermanas de la naciente comunidad;

“Una simple invitación que los vecinos de Massamagrell hicieron a las hermanas terciarias capuchinas ha sido bastante para que se ofreciera toda la comunidad a asistir a los enfermos coléricos, siendo preciso que la superiora contuviera su fervor marchando solo alguna de ellas… es de desear que estas heroicas mujeres que en aras de la caridad corren a los sitios más peligrosos para cuidar a los coléricos, se prevengan en lo posible la epidemia”.[4]

Como se aprecia, ya desde sus inicios la congregación da muestra de la entrega y vocación martirial de sus miembros.

Corría el 1954, año centenario del nacimiento del Padre Luis; una solemne celebración Eucarística se había preparado en el Noviciado Getsemaní, situado en Medellín, Belén para conmemorar este gran acontecimiento. A esta celebración fueron invitados los familiares de las hermanas, y la Hna. Fabiola hizo a Inés una invitación especial. Como era de esperar, la inquieta y dinámica Inés asistió llena de entusiasmo.

“En esta celebración iba a ingresar una joven – cuenta su hermana Cecilia que en aquel momento era novicia terciaria capuchina – cuando Inés se dio cuenta de ello, acudió donde la Madre Provincial, y le pidió que la recibiera. Ella le respondió que imposible, que estaba muy joven y que sus papás no sabían nada; siguió insistiendo y entonces la Madre llamó a Fabiola y le consultó. Decidieron entonces que ingresara y llamaron a la casa para dar esta noticia a mis padres, quienes al instante acudieron presurosos para asistir al ingreso… ”

Y en otra nota apunta la misma hermana:

“Su ingreso fue a las 11 a.m. después de la Misa Solemne en una sencilla ceremonia en la que se cantaban la Salve Regina, y luego el abrazo de toda la comunidad como señal de acogida. Desde ese momento solo pensaban en su misión, cada vez que tenía oportunidad de manifestar este deseo, lo hacía”.

PARTE CUARTA: SOR MARIA NIEVES DE MEDELLÍN

Con inmensa alegría, no pos eso sin dolor, Inés se despidió de los suyos, feliz de iniciar el camino que tanto había buscado y anhelado y que al fin se veía transitándolo en búsqueda de la realización de su ideal.

La esperó y acogió su familia religiosa quienes con verdadero amor fraterno la recibieron con un abrazo que no se quedó en simple símbolo de acogida, sino que se fue haciendo día tras día realidad. Inició entonces el Postulantado, tiempo destinado a la preparación para recibir el Hábito religioso, tiempo previo al Noviciado.

“Porque es imposible conocer a primera vista las cualidades de una joven y su vocación, ni esta, si los rigores de la Orden son o no sobre sus fuerzas, por eso antes de darle el Santo Hábito, se le tendrá como postulante, el cual tiempo pasará en el noviciado siguiendo en un todo los ejercicios a que se emplean las novicias”.[5]

Su maestra de Postulantes, la Hermana Esperanza Vélez en sus testimonios nos dice de ella, acerca de cómo la vio en el postulantado.

“Era una persona muy decidida en su vocación, alegre y fervorosa especialmente en sus relaciones con el Señor Sacramentado y con la Inmaculada, una persona muy servicial dispuesta para todo, ningún trabajo era grande para ella, inquieta espiritual y físicamente, no se sabia estar en un solo punto mucho tiempo, era activar por naturaleza, de un modo de ser muy agradable, buena con sus compañeras, amiga de ayudar al que necesitaba y como tenía muchas cualidades podía ayudar mucho porque no solo intelectualmente era muy cualidades podía ayudar mucho porque no solo intelectualmente era muy capacitada, sino que humanamente tenía muchos dotes. El defecto que siempre se le corrigió a Inés era que era muy primaria, sus respuestas duras que de inmediato le causaban remordimiento, porque era una persona muy delicada de conciencia, como ella era así a la carrera quería que todo el mundo marchara a su compás y eso no se consigue”.

El periodo duraba seis meses o un poco más los que pasó en el Noviciado “Getsemaní” en Medellín. Transcurrido este tiempo tiene lugar la “Toma de Hábito” el dos de julio de 1955, ceremonia que fue presidida por el sacerdote José Lozano, terciario capuchino. Como era costumbre recomendada por el mismo padre Luis, cambió su nombre de pila por su nombre de religión SOR MARÍA NIEVES DE MEDELLÍN

Con la investigación del hábito se inicia el Noviciado y con esta etapa se inicia propiamente la Vida Religiosa. Es un tiempo más largo y con mayores responsabilidades y más fuertes decisiones; tiempo dedicado a que las novicias se arraigan más en la virtud y adquieran el espíritu seráfico que debe animar a las hijas del Patriarca de Asís, aprendiendo en que consiste la vida de la perfecta religiosa y verdadera terciaria capuchina.[6]

El año del noviciado transcurrió normalmente; alegre como era, la infundía diáfana y ampliamente a sus compañeras, sorteando con valentía las inevitables dificultades, convencida de que la fe no las elimina y porque sabía que Dios vela y camina con nosotros aunque algunas veces a distancia. Puede parecer que Dios está ausente pero El no puede permitir que se hundan los suyos aunque deja actuar las causas segundas; lo definitivamente grave es el hundimiento de la fe. Pero pasaron los días e Inés continuó firme en su caminar.

Transcurrido el año de noviciado hizo su Profesión Religiosa el 7 de Julio de 1956 en Eucaristía que presidió el Padre Aureliano Restrepo cuando contaba con 19 años de edad.

Con la Profesión Religiosa terminó la etapa de formación y pasó entonces a ejercer el apostolado en las diferentes obras que tenía la Provincia de San José. Fue designada para dedicarse a la tarea de la Educación.

QUINTA PARTE: SOR MARIA NIEVES COMO RELIGIOSA Y COMO EDUCADORA

Desde siempre y por siempre Inés soñó con ser misionera lo hemos afirmado ya varias veces, y misionera entre indígenas, pues en el sentido amplio de la palabra, todos somos misioneros al cumplir cada día la misión que Dios nos encomienda.

Como la Provincia no tenía obras dedicadas a las misiones entre indígenas, fue destinada a trabajar en los colegios que tenía la Provincia a los que Inés les dedicó buena parte de su vida, con entrega, dedicación y esmero. Prueba de ello son los diferentes testimonios emitidos por sus alumnas y hermanas que trabajaron con ella.

Inicia su misión como educadora, al estilo de Jesús, como misionera itinerante, por quien ella se dejó guiar, combatiendo con energía las debilidades naturales con fuerza certeza y seguridad a la manera de San Pablo: “Sé de quien me he fiado”. Cumplió con dedicación su trabajo, con sentido de humor para ver la vida con alegría y optimismo. Por eso porque era una hermana alegre, era de esas personas que conservan siempre su juventud, por eso era muy atrayente para con las alumnas con quienes siempre tuvo muy buenas relaciones; exponía sus puntos de vista sin violentarlas, les sabía exigir cuando era necesario sin violentarlas. La Hna. María nieves, la joven educadora, gozó siempre de gran acogida entre sus alumnas, quienes acudían a ella a pedir orientaciones especiales en sus momentos difíciles y siempre se retiraban confortadas y animadas.

En 1956 apenas emitió su primera profesión fue destinada al colegio “Manuela Beltrán” en Versalles (valle del Cauca), pero al siguiente año 1957 pasa al Colegio “Santa Inés en Bolívar 8Antioquia). Su Superiora local, la Hna. Blanca Myriam Arroyave, en su testimonio entre muchas cosas dijo:

“… El Señor me regaló convivir con la Hna. Inés en dos ocasiones, en Bolívar y años después en Armero, la conocí muy a fondo, guardo gratos recuerdos de ella y ahora como en aquel entonces sigue siendo mi ayuda. Fue siempre la persona generosa, activa, en sumo grado, nada se le dificultaba… leía en su mirada franca y sincera que me decía: ¿qué necesita? La alegría fue siempre una característica muy especial suya…”

En 1958 fue trasladada al Colegio “Santa Rosa de Lima” en Jericó (Antioquia); aquí emitió su profesión perpetua el quince de agosto de 1959 al cumplir tres años de votos temporales, en Eucaristía oficiada por el Señor Obispo de la Diócesis Monseñor Antonio José Jaramillo.

Allí estuvo acompañada por su familia en momento tan importante y decisivo para quien ha consagrado su vida al Señor, y poder hacerlo ahora en forma definitiva; esto en lenguaje jurídico, puesto que teológicamente hablando la entrega definitiva ha sido desde el sí de la Primera Profesión.

Acariciando y esperando el momento de marchar a las misiones, continúa prestando sus servicios como educadora. En 1960 estuvo como en la Norma “Nuestra Señora del Carmen” en Cereté (Cordoba), donde además obtuvo su título de Normalista Superior en 1964. Continuó laborando en el mismo establecimiento hasta cuando al finalizar 1967 es trasladada al Colegio “Sagrada Familia” en Armero (Tolima)

De sus alumnas se tiene testimonios valiosos y gratificantes. Citamos los de Eyder Tocher hoy terciaria capuchina:

Escribiendo a hna. Cecilia Arango le dice:

“Tu sabes el cariño la gratitud de quienes tuvimos la dicha de ser sus alumnas y más las internas… vivimos tan cerca alegrías, triunfos, fracasos,… ese pequeño cuerpo encerraba un alma gigante,… aprendí de ella como de un libro abierto, porque su vida fue perenne testimonio de entrega, de abnegación. Inés no conocía el cansancio para entregarse y servir”.

Los años 1969 – 1971 los vive en la Normal “La Merced” de Yarumal donde encontró gratos recuerdos de su adolecía y donde encontró a la Hna. Esperanza Vélez como superiora de la Comunidad, la misma hermanas que había sido su muestra de postulantes….

Pasa luego al colegio de María de El Peñol (Antioquia), en 1974 fue trasladada al Colegio La Inmaculada de Puerto Berrío donde regresó en 1976, después de estar en el colegio La Inmaculada de Medellín y nuevamente en Armero en 1975.

Veinte años de paciente y desesperada espera para ser “misionera de verdad” como ella misma lo decía. Veinte años como educadora cuando su mirada siempre estuvo con las misiones, pero es Dios quien mueve y el hombre es movido por Dios.

“Yo me entré para ser misionera y me han dejado de maestra, ayúdeme usted que puede”, decía a la Hna. Ana Dolores Rojo en diálogo con ella, Superiora provincial de entonces. El Evangelio invita a estar abiertas a eventualidades dispares y opuestas.

Cuando la Hna. Beatriz Arbeláez (q.e.p.d.) se le solicitó hacer un flash acerca de Inés, escribe:

“Una mujer dinámica, entusiasta, activa, emprendedora, destacaría especialmente su dinamismo y su sentido de responsabilidad, su inquietud por la evangelización. Yo la conocí en Armeo, y además desde su trabajo como educadora con Amelia Echeverri se iban después de terminar las clases del colegio a una hacienda a dar catequesis a los niños que se preparaban para recibir los sacramentos; yo admiro mucho ese trabajo, porque el clima de Armero es muy fuerte, demasiado caliente, ellas no conocían la fatiga… Dentro de la comunidad era muy diligente y ágil poco paciente para acostumbrarse al ritmo de los otros, un poco colérica y tajante, cuando tenía que decir las cosas, su dinamismo la llevaba actuar así. Esto aunque pudiera verse como negativo es también muy positivo depende de uno según con quienes uno viva; personas así ayudan a despertar una comunidad a dinamizar un grupo”.

Y llegó la hora marcada y fijada por Dios para abrir a Inés el camino hacia la plenitud de sus sueños e ideales durante una vida y una larga espera ¡Misionera de verdad!

Fue su único ideal, como lo repitiera meses antes de morir, sueño al que hubo que esperar para verlo realizado, pero no porque ella no lo hubiera buscado y tocado en muchas puertas sin obtener respuesta inmediata. Cuando la provincia de la Inmaculada empezó una misión en el Zaire. Inés pensó que también ella podría ser misionera en Africa, como 5 hermanas de esa provincia que en 1971 llegaron a Kansenia.

En 1973, cuando se hablaba de la misión en Mitú a cargo de la Provincia del Sgdo. Corazón en los Llanos orientales de Colombia, Inés presentó una petición escrita para formar parte de la misma, pero esta solo se inició en 1978.

A petición del Superior de la Misión de Aguarico en el Ecuador y Prefecto Apostó lico de entonces Monseñor Jesús Langarica, las hermanas Terciarias Capuchinas llegaron a Ecuador en 1977 y en esta ocasión Inés fue designada para ir a trabajar en esa misión.

Al fin se cumplió su sueño tan acariciado, anhelado y esperado, ahora sí ¡misionera de verdad! Ahora sí tiene ante ella el inmenso horizonte y las selvas tanto tiempo deseadas y añoradas.

Ahora puede respuesta a esa vocación especial a la que el Señor le llamó, inmenso regalo como toda vocación; ahora puede saciar la sed de Jesús entre los más pobres y necesitados.

Nuevamente es la hna. Cecilia habla y describe la vocación misionera de su hermana, desde su pronto de vista:

“Tuvo que esperar 20 años para que al final la mandaran a las misiones. Llegado el momento no vaciló. Tenía muy claro en su mente y corazón las características de un buen misionero: pobreza absoluta, desprendiéndose de sus seres más queridos, su patria y hasta de su lengua, ya que tenía que aprender algunos dialectos, pero feliz marchó, sin tener en cuenta la enfermedad de mi mamá y también su edad avanzada. Marchó con el mayor entusiasmo y alegría sin limites… en todo lo que hacía y admiraba, contemplaba la presencia de Dios como lo hiciera San Francisco de Asís”

Inicia Inés una nueva etapa de su vida, llena de ilusiones y plena en realizaciones, esperando llevar a cabo los planes que durante una vida acarició, asumiendo realidades impensables pero aceptadas de antemano, pues bien sabía los riesgos que correría en sus peligrosos pero anhelados viajes en la misión. Fue su gesto, fue su anhelo, fue su ideal.



[1] AMIGO. Luis, OCLA, 68 Cf. Idem # 96

[2] AMIGO, Luis OCLA, 22 93

[3] Idem, 84

[4] Las Provincias (Periódico de Valencia) en IRIARTE, Lázaro, Historia de la Congregación de Terciarias Capuchinas. Roma 1985, p. 32

[5] AMIGO, Luis, OCLA 2300

[6] AMIGO, Luic, OCLA 2301 y 2302

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