Nuestras vidas se cruzaron

Mons. Alejandro y la Hna Inés Arango, lan­ceados por los Aucas a quienes tanto que­rían, son mártires de la caridad.

A partir de 1970, nos habíamos encontra­dos algunas veces, pues somos dos Vicariatos colindantes, separados por la frontera Perú-Ecuador. Ambos llegaron hasta mi choza de Angoteros. Rocafuerte y Angoteros son dos misiones vecinas.

A Alejandro le gustaba compartir su expe­riencia; vibraba cuando me contaba de su contacto con los Huaorani. Como por ós­mosis me contagiaba de su entusiasmo. Nos comunicábamos mutuamente nuestra pasión por los pequeños del Reino, los in­dígenas. Él me animaba a seguir en esta entrega. Su actuación misionera me inspi­raba. Era la nueva evangelización que bus­cábamos para los nativos; una nueva ma­nera de defender el Proyecto de Dios sobre los pueblos indígenas frente al genocidio occidental.

Me acuerdo que el 27/11/77, en una visita a Rocafuerte, me había informado de que los Auca o Pukachaki estarían pasando también a Perú. Me hablaba siempre de los Quichua, Siekoya, Huaorani. Su rostro se iluminaba. Me enseñaba cantos en qui­chua, yo le entregaba los tonos nativos re­cuperados que utilizábamos nosotros, los cuales él incluyó el 4 de octubre de 1983 en su cantoral comentando: “Aquí quiero hacer mención especial del P Juan Marcos Mercier que, con su valiosa colección del Bajo Napo, nos ayuda a unir en abrazo de hermanos, por el canto, la oración y el amor, a toda la familia creyente de la cuen­ca del Napo”.

Mons. Alejandro Labaka nos sorprendió por su actitud entre los nativos al querer descubrir ahí al Dios preexistente: “Me esfor­cé para no llevar mi Breviario. Nada. Es que primero hay que aprender de ellos. He visto..., Dios está con ellos. Ahora no nece­sitan Misas. Necesitan cariño, justicia y tie­rras para su futuro como pueblo... Ellos tie­nen su fe en Dios, en su Huinuni. Es necesa­rio conocer sus criterios, sus sentimientos e ir caminando a su lado, encontrar a Jesús que vive entre ellos”.

En algunos aspectos vivíamos algo seme­jante. En 1973, en abril y noviembre, me tocó ser el primer sacerdote en estar unos meses entre los Matsés o Mayoruna, indios llamados bravos, del río Yavari, frontera Perú-Brasil, que vivían todavía en la inocen­cia de una desnudez paradisíaca. El 26 de noviembre el Ministerio de Agricultura me entregó el ex-pediente por el cual se les re­servaba 350.000 hectáreas de tierra. Por su­puesto no podía dedicarme a la vez a los ru­nas del Napo y a los del Yavarí. Mi obispo me prometió entonces que él mismo iba a buscar un par de misioneros para vivir en medio de los Matsés.

¡Alejandro! Éramos como dos Hermanos Menores que vibraban por lo mismo: el Reino, los pequeños, los indígenas de la Selva. Sintonizábamos en seguida. Te entusiasmabas cuando me hablabas de tu expe­riencia de encarnación entre los Huaorani, de tu ecumenismo con los Siekoya.

Intercambiamos casetes en las cuales los Siekoya, en su idioma, se enviaban mensajes familiares. Nuestro interés hacía buscar las conexiones entre los nativos de allá y los de aquí. Investigar si podían ser parientes de los Huaorani nuestros Vacacocha (Aé'wa), Aushiri o Arabela, del Perú. Con tal fin intercambiamos vocabularios. Él encontró unas 10 palabras parecidas entre Huaorani y el léxico Aushiri del P. Avencio, 2 con el Arabela, y una sola con el Vacacocha (notita del 7 de enero de 1980). Me enviaba las más importantes de sus crónicas. Con devoción guardo su última firma.

¡Alejandro! No me olvido con qué emoción me contaste, a la luz débil de una lamparina, en mi choza de Angoteros, tu adopción y despojamiento huao; repetición del desnudamiento de san Francisco delante delobispo de Asís... Fue de verdad para ti una entrega solidaria a esta etnia, como la de San Isaac Jogues al pueblo Iroquese: “Este pueblo es para mí un esposo de sangre. Me he casado con él con mi sangre”.

Gracias, Alejandro, por nuestros encuentros, demasiado breves. Que nuestras vidas se hayan cruzado es una bendición para mí. A la gloria del Padre de Jesús, nuestro Padre.

Juan Marcos Coquinche

CABODEVILLA, Miguel Ángel (Ed.) Tras el rito de las lanzas. CICAME 2003. p. 132-133.

Matan a Obispo indios aucas

Monseñor Alejandro Labaca Ugarte, obispo español del Vicariato de Aguarico, en la Amazonia ecua­toriana, fue asaeteado el pasado 21 de julio por los indios aucas, en las orillas del río Coronaco. Un total de 75 pinchazos de flechas y lanzas fue­ron detectados en su cadáver. Tam­bién apareció destrozado el cuerpo de la misionera Inés Arango, de la orden de las terciarias capuchinas de la Sagrada Familia. Ambos cadáveres fueron descubiertos por los tripulan­tes de un helicóptero de una compa­ñía petrolífera que sobrevolaba la re­gión con el encargo de recoger a los dos misioneros y trasladarlos a Coca, capital del Vicariato Apostólico. Un helicóptero de la citada compañía pe­trolífera les había llevado el día ante­rior hacia las tierras de los aucas.

Los indicos aucas representan un 25 por 100 de la población de este Vicariato Apostólico.. El otro 75 por 100 está formado por colonos mestizos provenientes de las diversas provincias de todo el Ecuador. La región conoce desde hace algunos años un fuerte movimiento inmigratorio, debi­do al descubrimiento de importantes yacimientos de petróleo, los mayores de la nación. Las sucesivas oleadas de mestizos han provocado graves en­frentamientos con los indios aucas, quienes se sienten invadidos y margi­nados por los recién llegados. Es muy probable que el asesinato del obispo y de la misionera haya sido debido a un error de los aucas, que tomarían a los misioneros por personal de la compañía petrolífera. Las vías de co­municación son prácticamente inexis­tentes en toda esta región de clima malsano y húmedo. Los misioneros utilizan para sus desplazamientos avionetas y helicópteros.

El Vicariato Apostólico de Aguari­co, creado canónicamente el 2 de ju­nio de 1984, tiene una extensión de 30.000 kilómetros cuadrados y una población de casi 55.000 habitantes. Cuenta con 19 misioneros capuchinos Y tres sacerdotes diocesanos. Tam­bién con 32 misioneras capuchinas, dominicas del Rosario y lauritas; cua­tro escuelas y 70 centros de benefi­cencia.

Monseñor Labaca ha sido su primer obispo vicario apostólico. Nombrado el 8 de septiembre de1984, recibió la consagración episco­pal el 8 de diciembre de ese mismo año. Desde 1947 a 1953 trabajó como misionero en China, en la misión de Pingliang. Expulsado por los comu­nistas, se trasladó a Ecuador, y preci­samente a la región de Aguarico, que en ese mismo año había sido consti­tuida en prefectura apostólica.

Monseñor Labaca, natural de Bei­zama, en Guipúzcoa, había ingresado en la orden capuchina a los dieciocho años de edad. Una representación de la Confe­rencia Episcopal Ecuatoriana asistió el viernes día 24 a los funerales de ambos misioneros.

Al conocer la noticia, según infor­ma la agencia Efe, la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador ha culpado al Gobierno y a las compañías multinacionales de es­tas muertes. La dirigente Blanca Chancoso aseguró que el obispo y la religiosa fueron utilizados por estas compañías como «piel de cañón». Asimismo, definió a ambos religiosos como «defensores de los pueblos indí­genas y denunciantes del acosamien­to del que somos objeto.» Por su parte, Edison Viteri, de la etnia shuar, ha insistido en las mismas razones y ha manifestado su temor a que la muerte de los dos misioneros sirva de pretex­to para militarizar la zona. n

Revista ECCLESIA Núm. 2.330. 1 de agosto 1987

Recio y humilde Alejandro

Una de las experiencias que más me han impactado en la vida de Alejandro Labaka es su capacidad para enfrentar los problemas y dificultades conservando intactos sus valores esenciales. Seguro que a lo largo de su vida, llena de variadas responsabilidades, este hecho se podrá constatar repetidamente, pero a mí personalmente me impactó una situación concreta durante su presencia en Aguarico.

En 1969 yo me encontraba aún en España, soñando en una vida misionera irrealizable por el momento, cuando alguien me informó sobre problemas humanos existentes en la Misión. Alejandro, entonces Prefecto Apostólico, pedía a sus superiores de la Provincia, y a través de ellos a la Santa Sede, que le permitieran dejar sus responsabilidades eclesiales. Con expresiones que manifestaban profundo sufrimiento y un cierto sentimiento de culpabilidad, comunicaba que los graves problemas de armonía entre los misioneros y él mismo no desaparecerían hasta que fuera relevado de su puesto. Quien tenía estas confidencias conmigo ponderaba cuán grave debía ser la situación para que un hombre de la reciedumbre humana de Alejandro pudiera expresarse en estos términos.

Yo llegué a Aguarico en abril de 1970. Las aguas se habían calmado y Mons. Alejandro Labaca continuaba con total normalidad el ejercicio de su actividad pastoral dentro de aquella Iglesia Local. En junio de ese mismo año se nombraba un nuevo Prefecto Apostólico en la persona de Jesús Langarica, precisamente cuando Alejandro realizaba una gira pastoral por el río Aguarico, En aquellas fechas él dejaba sus responsabilidades, pero mantenía su presencia como un misionero de a pie en aquellas tierras hacia las que se sentía tan atraído. Marcharía unos meses a Norteamérica, merecido descanso que él emplearía en perfeccionar su inglés, después sería nombrado rector del Colegio de secundaría de Coca, y a los pocos años sería destinado a Nuevo Rocafuerte, donde le encontraría la llamada de la Compañía CGG, cuyo centro de operaciones estaba en Pañacocha, par iniciar, esta vez con éxito, sus primeros contactos con el mundo Huaorani.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención esta forma de reaccionar ante la adversidad. Todos hubiéramos comprendido una salida definitiva de Aguarico, ante la problemática planteada y el cese de sus responsabilidades al frente de aquella Iglesia amazónica. Pero, no. El dejaba un puesto, porque había llegado a la conclusión que era la actitud que más beneficiaría a todos. Pero seguía ligado a los hermanos y las gentes amazónicas y quería continuar en la brecha, conviviendo con todos, en completa armonía, con total dedicación, como una persona más en el engranaje de una comunidad cristiana que trata de vivir su fe en las fronteras mismas de la vida misionera.

Alejandro puede definirse como una recia personalidad, de fuertes y sólidas convicciones, capaz de soportar el peso de decisiones que no todos tienen posibilidad de comprender, siempre tras un verdadero esfuerzo por entender los puntos de vista de quienes piensan y juzgan de otra forma los mismos hechos y las mismas situaciones. Cederá en muchas cosas, pero será firme en aquello que cree depender de forma importante de su personal responsabilidad. Daba, a veces, una falsa imagen de inflexibilidad y de cierta arrogancia. Pero tras esa fachada, era enormemente respetuoso con las personas y se sentía hermano verdadero de sus hermanos misioneros.

Este talante humano se ha mostrado de forma muy particular en su lucha por el pueblo Huaorani. Su particular manera de encarnarse en su cultura, hasta niveles que pocos pueden imitar, conservando, sin embargo, una verdadera libertad a la hora de compartir con ellos criterios y normas de conducta, indican flexibilidad y firmeza, entrega y claridad de ideas. Su permanente y constante combate a favor de los derechos de esta minoría étnica frente al poder y la soberbia de los poderes reales del país es la otra faceta de esta lucha sin cuartel. Todo con suavidad, todo con exquisita diplomacia, pero siempre con una tenacidad que pocos pueden igualar.

                                                          Manuel Amunárriz

Evangelio de la Vida

TODO PARA TODOS.

CRISTO EN TODOS.

SEMINA VERBI.

Según usos todavía vigentes, Alejandro cuando le hicieron obispo hizo componer un escudo de "chonta". En el escudo hay muchos árboles, un río largo con un indio bogan­do en solitario y ceñido todo ello del cordón franciscano y de las tres frases de arriba. También se hizo labrar un báculo de chonta, con el que quiso pastorear causas y gentes, hasta que una lanza de chonta hizo florecer de rojo esas tres frases que son un testamento en su escudo.

Alejandro ha hermanado así la vida y la muerte, la idea y la realidad, la "civili­zación" y la civilización, la naturaleza y Dios, el Evangelio y las semillas de evan­gelio, con esta gesta de martirio por el pueblo indio que, después de quinientos años, no ha encontrado el auténtico Dios 'indio'.

Nos ha tocado vivir con Monseñor Alejandro en un lugar maravilloso y trágico, donde chocan de una forma legendaria aspectos y puntos de vista irreconciliables: culturas, modos de vida y pensamiento, el silencio primordial de la selva y el ruido ensordecedor de máquinas sofisticadas, la libertad de los primeros pueblos y la an­gustiosa mezquindad del acaparamiento multinacional, la naturaleza más bella de la tierra y el saqueo de la cultura occidental que destruye para tener y conquista para "civilizar". Lo que ha sucedido en ese rincón de la selva, junto a una casa de hoja­rasca desbaratada por el aire del helicóptero y entre unos troncos de árboles despa­rramados por el suelo, no es un episodio sangriento, cerrado por la noticia, es la interpelación del profeta frente al torrente impresionante de ideologías y causas de salvación que no esperan la contestación a la pregunta que nos lanzan a la cara: ¿qué es la verdad?

Por eso las 18 lanzas clavadas en su cuerpo desnudo han hecho reventar una flor más del Evangelio que está naciendo a lo ancho de estas tierras americanas donde, paradójicamente resulta más peligroso defender la vida y la dignidad humana que “predicar" el Evangelio. El evangelio de la vida, de la dignidad y de los derechos del hombre, de los más pequeños, de los INDIOS que todavía esperan ser admitidos como sujetos concretos de la teolo­gía de la liberación. Teología, por tanto, a la que falta el capítulo profundo sobre la cultura y sobre los pueblos "creados indios”.

Monseñor Alejandro Labaca vivió un tipo de evangelio y de testimonio peculiar; ubicado al borde de este mundo increíble; en las fronteras de la "civilización" y de la "teología"; lugar de debate de proyectos sociales, culturales, económicos y teológicos. Llevan­do la divisa grabada en sangre de su escudo de obispo: TODO PARA TODOS. CRISTO EN TODOS. SEMILLAS DEL VERBO.

Hno. José Miguel Goldáraz

Sup. Reg. de Aguarico.

Agosto 1987

La misionología de Mons. Alejandro Labaka

Introducción

La vida de Mons. Alejandro Labaka es heterogénea: vivió en tres continentes: Europa, Asia y América. En sus 67 años de vida conoció realidades eclesiales muy diferentes: preconciliar, conciliar y posconciliar. Dejó muchas cartas escritas, pero pocas estrictamente “misionales”. Lo que sí dejó como testamento de su espiritualidad misionera es un libro, escrito en la misma selva amazónica: CRÓNICA HUAORANI. En este estudio quiero limitarme solamente a este libro, descubriendo en él algunos rasgos de la misionología actual.

“¿Enriquece Alejandro Labaka el arsenal de Misionología de la Iglesia? – se pregunta Rufino Grández en su voluminosa biografía: Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y de la Hna. Inés Arango. Después de haber leído y meditado Crónica huaorani, puedo asegurar que sí.

 

Primer rasgo: Missio Dei en vez de Missio Ecclesiae.

Tanto la Iglesia como la misión tienen su origen en la voluntad divina de amar. La esencia de la misión se diferencia esencialmente del trabajo misionero. El sujeto primero que actúa en la misión es Dios.

Tenemos que ascender de la misión como actividad propia de la Iglesia a la misión como proyecto fundamental de Dios. Prioridad de la misión con respecto a la Iglesia. Dios siempre ha estado actuando en el mundo, en la historia de los hombres, ya que su voluntad es que todos los hombres se salven (1Tim 2,4) y siempre el Verbo ha estado en el mundo iluminando a todo hombre (Cfr. Jn 1,9) y siempre el Espíritu Santo ha soplado donde ha querido (Cfr. Jn 3,8). No comienza la misión con la Iglesia; Dios es el origen de la misión; la Iglesia se pone a disposición de la misión. ¡La Iglesia es Misión!

¿Qué implicaciones tiene esta doctrina para la misión concreta?

La acción salvífica de Dios entre los pueblos no evangelizados. Dice el documento del Concilio Vaticano II Gaudium et spes: “Todo esto se aplica no solo a los cristianos sino también a todos los hombres de buena voluntad en cuyos corazons la gracia actúa de manera invisible. Ya que Cristo murió por todos; y todos de hecho son llamados a un mismo destino, que es divino, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que , de forma de Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GetS.22)

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

En Crónica Huaorani, p. 108, Alejandro hace esta reflexión: “Nos preguntan: ¿Para qué van a los aucas? ¿Acaso podrán predicarles? ¿Qué pretenden? Sencillamente: queremos visitarles como hermanos. Es un signo de amor con un respeto profundo hacia su situación cultural y religiosa. Queremos convivir amistosamente con ellos, procurando descubrir con ellos las semillas del Verbo, insertadas en su cultura y en sus costumbres. Nada podemos decirles ni pretendemos. Sólo queremos vivir un capítulo de la vida huaorani, bajo la mirada de un Ser creador que nos ha hecho hermanos”.

“De todos modos, Mampahuoe y Omare están muy dentro de nuestros recuerdos. Me hago más bien la ilusión de que son los últimos profetas de un pueblo libre del Antiguo Testamento, esperando entonar el “Nunc dimittis” de la liberación de su pueblo por Cristo” (Crónica huaorani, p. 152)

Alejandro, desde el Concilio Vaticano II en el que participó, ha reflexionado mucho sobre el tema “Semillas del Verbo”, sembradas en otras culturas y religiones diferentes de la cristiana. Dios trabaja en los seres humanos y los pueblos antes de que la Iglesia llegue a ellos. A donde llega el misionero, Dios le ha precedido. El beato Juan Pablo II dijo en uno de sus viajes a América Latina: “Antes que llegasen los misioneros a estas tierras, ya Dios abrazaba con su amor infinito a los Amerindios”.

Como Alejandro tenía presentes estas verdades, ejercitó un estilo misionero humilde, respetuoso y acogedor. Nada impuso, todo lo ofreció. Descubrió los valores de sus cantos, narraciones, tradiciones, su fe en Huinuni: El Ser supremo para ellos.

 

Segundo rasgo: La misión, vida de la Iglesia, servidora del Reino.

No tenemos que identificar Iglesia-Reino. Estaríamos todavía en un concepto eclesiocéntrico de misión. La encíclica Redemptoris missio (1990) ha introducido la clara distinción entre Iglesia y Reino. El cap. II de esta encíclica está todo él dedicado al tema Reino de Dios. En él se afirma: “La realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta viva los “valores evangélicos” y esté abierta a las acciones del Espíritu Santo que sopla donde y como quiere”.

Esta afirmación hace pensar en una noción de misión que trasciende la actividad propia de la Iglesia, para referirse a toda acción misteriosa de Dios, Salvador en la entera historia de la humanidad. No hay que identificar el Reino de Dios con la Iglesia.

La presencia del Reino de Dios no es otra realidad más que la presencia universal del misterio de salvación que Dios ofrece a todos los hombres, que culmina obviamente en Cristo, pero que ya es activo por obra del Espíritu Santo en la entera humanidad: en él participan ya los hombres de todos los tiempos. En los paganos, en sus tradiciones religiosas, hay valores positivos, que pueden y deben ser considerados como preparación, como apertura al anuncio del Evangelio. La Iglesia no es el Reino, está al servicio del Reino.

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

Escribe en Crónica Huaorani: “Creo que, antes de cargarles de crucifijos, medallas y objetos externos religiosos, debemos recibir de ellos las semillas del Verbo, ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido” (Crónica Huaorani, p. 108)

Y en otra página: “El profundo silencio de la noche estrellada fue interrumpido de pronto por la sonora voz de Inihua… era como rescatar un salmo del antiguo testamento del pueblo Huaorani”. (Crónica, p. 166)

Vemos la profunda convicción que tenía Alejandro de que en La cultura huaorani latía la acción de Dios.

 

Tercer rasgo: El valor salvífico de las otras religiones.

Este es un tema central de la actual misionología.

El Concilio Vaticano II nos dio el documento Nostra aetateSobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Este documento fue firmado por Mons. Alejandro Labaka que se encontraba en Roma, participando del Concilio Vaticano II en calidad de Prefecto apostólico de Aguarico, del 18 de noviembre al 7 de diciembre de 1965. Y él se llevó en el corazón y en la mente la doctrina conciliar sobre el diálogo interreligioso.

“Todos los pueblos forman una sola comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios ha hecho habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un único fin último que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designio de salvación se extiende a todos”. (Nostra aetate, 1)

Las tradiciones religiosas no-cristianas representan, en relación al cristianismo, un como Antiguo Testamento, con la diferencia de que éste ha sido suscitado por una abierta y directa intervención de Dios, mientras que no podemos decir esto mismo de otras religiones. Antiguo testamento y tradiciones religiosas no-cristianas son vistas como “praeparatio evangelica”, y en el uno y en las otras, Dios actúa salvíficamente.

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

Escribe en Crónica huaorani: “Descubrir con ellos las semillas del Verbo, escondidas en su cultura y en su vida; y por las que Dios ha demostrado su infinito amor al pueblo huaorani, dándole una oportunidad de salvación en Cristo”. (Crónica huaorani, p.104)

 

Cuarto rasgo: Las semillas del Verbo.

¿Cuándo comenzó Mons. Alejandro a escuchar estas palabras y a reflexionar sobre ellas? Fue en el Concilio Vaticano II, al escuchar este párrafo del documento Ad gentes:

“Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, deben reunirse con aquellos hombres por el aprecio y el amor, reconocerse como miembros del grupo humano en que viven, y participar en la vida cultural y social por las diversas relaciones y negocios de la vida humana; familiarizarse con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubrir gozosa y respetuosamente las semillas del Verbo, latentes en ellas; pero, al mismo tiempo, deben estar atentos a la profunda transformación que se produce entre las gentes y trabajar para que los hombres de nuestro tiempo, entregados demasiado a la técnica y a la tecnología del mundo moderno, no se alejen de las cosas divinas, sino que, por el contrario, despierten a un deseo más vehemente de la verdad y del amor revelado por Dios”. (Ad gentes, n.11)

Tan hondamente quedó grabada esta doctrina de las semillas del Verbo en el ánimo de Mons. Alejandro, que escogió estas palabras para lema de su escudo episcopal.

 

Quinto rasgo: Encarnación en la cultura.

Un rasgo muy acentuado en la misionología y en la práctica misionera de Alejandro es su inserción en la cultura huaorani.

Leamos los siguientes textos de Crónica huaorani:

“Esta vez traigo una inquietud: ver cómo puedo hacer para integrarme en la familia huaorani”.

“Me parece que lo ideal sería integrarme en una familia huao. Pero, ¿cómo? Dos requisitos serían fundamentales: ser útil en algo material y ser aceptado por ellos. Mis servicios de leñador y aguatero”.

Compartiendo el calor corporal:”Y llegué a pensar que es hermoso compartir incluso el calor del cuerpo con el pobre”.

“La vida misionera no es solo adaptación; es, sobre todo, comunión de vida, de costumbres, de cultura, de intereses comunes”.

 

Sexto rasgo: Una misión de actitudes inéditas.

Alejandro Labaka ya llevaba 10 años en contacto con la minoría étnica Huaorani al momento de recibir la ordenación episcopal. Ese día, en su homilía pronunció las siguientes palabras:

“Esta nuestra Iglesia, nacida de la confluencia de varias nacionalidades indígenas de diversas lenguas y culturas, está llamada a descubrir las semillas del Verbo, no asumidas todavía por ella. Los grupos humanos primitivos como son los Huaorani, Sionas, Secoyas, Cofanes, Quichuas, Shuaras, han tenido “maneras propias de vivir su relación con Dios y su mundo”. Su encuentro con Cristo se hace en situaciones inéditas, ofreciendo, por tanto, maneras y actitudes inéditas de vivir el Evangelio como salvación universal”.

Realmente a Alejandro le tocó vivir situaciones inéditas. Especialmente los 22 años que pasó en la Amazonia ecuatoriana como misionero de las minorías étnicas y muy especialmente cuando convivió con los Huaoranis. Situémonos geográficamente en la Amazonía, a la rivera derecha del río Napo. Desde tiempos ancestrales viven ahí pueblos que no han tenido ningún contacto con la “civilización” (llamémosla así desde nuestra ladera). Y entra un misionero a convivir con ellos. ¿Qué hace? Él entró desnudo, desarmado, llevando amistad, amor, aceptación. Y sabía bien a lo que iba, lo dejó escrito en Crónica Huaorani: “Hoy, lo que trabajen por las minorías tienen que tener vocación de mártires”. (Crónica huaorani, 198)

 

Sétimo rasgo: Rasgos de una nueva idea de misión.

Desde criterios evangélicos. Sin duda que en Alejandro se dio una conversión “pastoral”. En sus años de China se enfrentó a un mundo desconocido y participó del concepto de misión de los años 40 del siglo XX. Llegado a Quito en 1954, vivió una pastoral tradicional de religiosidad popular, enfrentada a un ambiente donde tenía fuerza una emisora evangélica con características proselitistas. Destruyó Biblias “protestantes”. Ahora entra en una cultura ancestral, no “contaminada” por la civilización. Entra con el Evangelio en la mete y eran el corazón. Vive la bienaventuranza de los pobres; vive el despojo material, dando su vestido, dejándose despojar de todo.

Una misión de paciencia y de integración. No todo era idílico en los contactos con los Huaorani: estaban de por medio intereses crematísticos en las petroleras, que veían de forma muy distinta el contacto con los Huaoranis. Estaba la relación con el ILV: Instituto Lingüístico de verano, organización misionera evangélica de USA. Y Alejandro, hombre cortés y diplomático por opción y talante personal, tuvo que contar con estas mediaciones. 

Una misión desde los derechos del pobre. Leyendo las cartas perdónales y oficiales y la Crónica huaorani, llama la atención el respeto y sensibilidad que tuvo Alejandro con el tema de los DDHH. Escribe en Crónica huaorani: “Por otra parte, la labor conjunta de las Compañías petroleras, Instituciones de Gobierno y Misiones Religiosas puede obtener la integración de esta interesante minoría amazónicas, sin menoscabo de sus derechos humanos”. (Crónica huaorani,p.24)

La misión desde la cultura del hombre desnudo.

Una misión de la no-violencia.

 

Octavo rasgo: El corazón misionero de Alejandro.

Y después de pergeñar algunos rasgos de la personalidad misionera de Alejandro, quisiera centrar todo en su corazón misionero. Ese corazón que fue atravesado por una lanza tagaeri el 21 de julio del año 1987. Corazón traspasado como el de Jesús. Un corazón que, desde niño, latió a impulsos del ideal misionero. A sus 12 años ingresa en un seminario donde se respiraba ambiente misionero, alentado por entusiastas cartas que llegaban de China, escritas por capuchinos. Y hasta en los cantos se vivía el entusiasmo misionero:

“Grande ideal, amores sobrehumanos . me llaman hoy allende, allende el mar.

Las voces oigo de otros mis hermanos – que el corazón me quieren alentar.

Ya voy, ya voy a la misión querida – ya voy, ya voy tus hijos a salvar.

Que de mi patria es corta la medida – y al mundo entero intento yo abrasar.

Hasta los 25 años vivirá progresivamente el descubrimiento y cultivo del ideal misionero. Y al recibir la ordenación sacerdotal, inmediatamente escribe a su superior una carta pidiendo ser enviado a China.

Carta al superior: “Ecce ego.mitte me!Mi alegría sería inmensa si el Espíritu Santo se dignase escogerme para extender la Iglesia y salvar las almas en misiones…y sobre todo en países de más dificultad y donde más haya que sufrir”.

Un corazón que late con anhelos de entregar toda su vida a la misión hasta derramar su sangre por la fe.

Textos de martirio

“Mi premio ha de ser, oh Madre – al pie de un árbol morir.

De todos abandonado – de todos menos de ti.

Bendita mil veces –diré al expirar – la hora en que me enviaste la fe a propagar.

Y en China va a permanecer del año 1947 al año 1953. Son 7 años en que el corazón de Alejandro latió a nivel universal. China fue la misión añorada y nunca olvidada. Su mente y su corazón se abrieron a la cultura milenaria de un pueblo que no conocía a Cristo. El impacto de China dura toda la vida.

Y la última etapa de su vida, la más larga, de 1954 a 1987, son 33 años, la va a pasar en Ecuador, patria del corazón. Llega a Ecuador con 34 años, en plenitud de vida y entrega todas sus energías a la labor pastoral en Sierra y Costa del Ecuador. Pero es especialmente donde descubre su verdadera vocación misionera, cuando se contacta con los pueblos ocultos amazónicos. Ciertamente que su corazón ha vibrado a impulsos eclesiales universales en la última etapa del Concilio Vaticano II. Allí se fraguó una nueva idea de misión, las semillas del Verbo, que será su lema del escudo episcopal.

Y de su corazón y de su pluma brotaron las páginas de Crónica huaorani, que es su legado misionero, su ideario, la plasmación de su ideal en páginas llenas de fuego. Las escribió muchas de ellas en la misma selva, en las chozas de los Huaorani.

Corazón que derramó hasta la última gota de su sangre para regar la selva amazónica. Corazón que dejó de latir una tarde del 21 de julio de 1987, pero que sigue siendo el símbolo de una entrega misionera hasta el martirio. Corazón enterrado bajo las losas del pavimento de la catedral de Coca, en aquel mismo lugar donde un 9 de diciembre de 1984 se extendió en el suelo para su consagración episcopal.

Ahí está enterrado para brotar en siembra de ideales misioneros.Corazón universal: misionero de China, misionero de América. Una acción misionera, antítesis de una evangelización impuesta arrasando las culturas. La antítesis de una misión que no respeta a los evangelizados. Ahí está ese corazón que clama por una nueva evangelización de amor, de respeto, de entrega hasta dar la vida.

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Crónica del 29º aniversario de la muerte martirial de Mons. Alejandro Labaka y Hna. Inés Arango

Crónica del 29º aniversario de la muerte martirial

de Mons. Alejandro Labaka y Hna. Inés Arango

Este año 2016, la celebración del 29 aniversario ha tenido características especiales: y éstas han sido la presencia en Ecuador y en Coca del Ministro General de la Orden capuchina Hno. Mauro Jöhri, del Consejero General Hno. Hugo Mejía y más de cuarenta jóvenes religiosos capuchinos, llamados postnovicios, que han celebrado su encuentro continental en Quito.

Todos ellos han querido participar en las últimas etapas de la Décima Caminata, realizada del 9 al 20 de julio, desde Quito hasta Coca. El lema de los caminantes ha sido: “Caminamos con misericordia para defender la vida”. También se han realizado otras dos caminatas, éstas más breves, dentro del territorio del Vicariato de Aguarico: del Helipuerto a Coca (50 kilómetros) y de Cóndor a Coca (26 kilómetros).

20 de julio, miércoles. Recepción de los caminantes.

El Monasterio Santa María de Guadalupe, de las Hermanas Clarisas Sacramentarias, está situado en la carretera de Coca a Sachas, a unos 10 kilómetros de distancia de la ciudad de Coca. Es parada obligatoria para los caminantes que vienen de Sachas, distante 12 kilómetros de la meta final.

La mañana es fresca con ligera lluvia. Un numeroso grupo espera a los caminantes. Todos sienten la alegría de la presencia del Hno. Mauro, Ministro General y del Hno. Hugo, Definidor general. Ya están ataviados como caminantes, dispuestos a ir con ellos hasta la tumba de Alejandro e Inés.

Se ve a lo lejos el coche de la Comisión de tránsito y pronto se escuchan los cantos y consignas de los caminantes. Son muy numerosos, pues se han añadido moradores de Sachas y de las poblaciones de paso; unas cien personas aproximadamente. Toman todos el refresco, generosamente ofrecido por las Hermanas Clarisas y parten para el último tramo de la Caminata. Los Hnos. Mauro Jöhri y Hugo Mejía han caminado los 10 kilómetros finales de la 10 caminata del 29 aniversario.

Recepción en la catedral de Coca.

Momento emocionante al encontrarse las tres Caminatas, a las puertas de la catedral de Coca. Allí esperaba Mons. Jesús Esteban Sádaba, Obispo-vicario apostólico de Aguarico. Él ha dado la bienvenida a los caminantes y ha animado la oración. Un coro de cantores ha entonado cantos misioneros, entre ellos el compuesto para esta ocasión por el compositor y cantante Juan Morales con letra del Hno. Rufino Grández. Varios caminantes han dado testimonio y a todos se les ha invitado a pasar al Vicariato.

Vigilia de la Luz y Eucaristía presidida por el Ministro General

Después de un reparador descanso, a las 18:30 de la tarde, estaba prevista una procesión del Vicariato a la catedral. Pero la lluvia, inseparable compañera en esta Amazonía, ha aconsejado celebrar la Vigilia de la Luz en el salón grande del Vicariato. Ha estado repleto de gente, que han recibido un folleto para seguir la celebración. Ante el cuadro que representa a Alejandro acribillado de lanzas a los pies de un gran árbol y a la Hna. Inés que lo contempla, se han escuchado lecturas de la Biblia, de la Crónica Huaorani, oraciones y cantos. Y de ahí marcha a la catedral, donde el Ministro General ha dirigido un saludo a los presentes y el Hno. Hugo Mejía ha presido la Eucaristía y pronunciado la homilía.

21 de julio del 2016. Celebración del 29 aniversario.

La de hoy ha sido una mañana soleada y sin lluvia. A las 10 de la mañana ya estaba repleta la catedral. Unos 30 concelebrantes se han concentrado, la mayoría capuchinos, pero también los sacerdotes diocesanos del Vicariato, los carmelitas y el Obispo de Puyo, Mons. Rafael Cob. Ha presidido la Eucaristía Mons. Jesús Esteban Sádaba, que en su homilía ha destacado el testimonio misionero martirial de Alejandro e Inés. Como tenía ante sí a casi ochenta capuchinos, ha hablado de la vocación misionera capuchina, de la historia de esta Iglesia de Aguarico fundada por capuchinos que actualmente tienen cuatro comunidades en el Vicariato.

La Eucaristía ha sido muy participada por comunidades indígenas: Kiwchua, Shuar y la representación de la Huaorani Mima, hija de Araba con seis niños. En el acto penitencial, dos kichuas han hecho la limpia, según el rito ancestral de sus comunidades. Los Shuar, en el ofertorio, han presentado las ofrendas con una danza típica de su cultura.

Al final de la Eucaristía, el Ministro General ha dirigido un saludo en español y luego una mensaje en italiano, traducido por el Hno. Hugo Mejía. Ha destacado mucho la espiritualidad misionera de Alejandro e Inés. Ha recordado que hace 25 años él estuvo en Aguarico, visitando a los capuchinos suizos Alan y Juan Pedro. Luego ha tomado la palabra el Obispo del Vicariato vecino, el Puyo, Mons. Rafael Cob, renovando La confraternización de las dos iglesias misioneras. Por fin, el Hno. Darwin Orozco ha leído el Mensaje que los caminantes dejan como compromiso de la 10ª Caminata.

Ágape fraterno.

Invitados por Mons. Jesús Eateban Sádaba, todos los participantes se han dirigido al Vicariato, para el ágape fraterno. Ha habido 550 comensales, venidos de las comunidades del Vicariato, de las fraternidades capuchinas y de lejanos lugares.

Encuentro de los capuchinos con el Ministro General y Definidor.

A las 15:30 de la tarde el día 21 de julio, en el salón “Buen Pastor “del Vicariato, se han reunido 35 hermanos capuchinos de la Custodia del Ecuador. El Hno. Adalberto Jiménez, Custodio, ha dado la bienvenida al Ministro General y su Definidor, agradeciendo su presencia. Luego el Hno. Mauro ha tenido una larga exposición en italiano, con traducción de su Definidor. Ha hablado de la espiritualidad de Alejandro, destacando dos rasgos: “Alejandro descubrió la presencia de Dios en los pueblos amazónicos: Dios actúa siempre y en todo lugar; y la sacralidad del ser humano. De ahí el respeto a la cultura, sin imposiciones”.

Al día siguiente, acompañado de Mons. Jesús Esteban Sádaba, el Ministro General y su Definidor, han querido visitar el kilómetro 50 de la vía Aucas, el Helipuerto, desde donde, hace 29 años, partieron en helicóptero, para su último viaje, Alejandro e Inés. Allí se ha implantado una fraternidad capuchina de tres hermanos, Txarly, Darwin y Teófilo, para animar un centro de espiritualidad misionera y acompañar a los pueblos indígenas.

Así se ha vivido, con alegría y fuerte compromiso misionero, este 29º aniversario de la muerte martirial de Alejandro e Inés. Ha sido un encuentro especial por la presencia internacional capuchina, destacando la del Hno. Mauro Jöhri, Ministro General y su Definidor Hugo Mejía.

Fray José Antonio Recalde, ofmcap

Viceportulador de la causa de Alejandro e Inés.

 

 

 

Reseña de Inés Arango

Era una mujer de temple, creyente y constante. Vivió con intensidad su fe y sus convicciones, sus angustias y esperanzas, su compromiso religioso y su testaruda voluntad de cumplir la misión evangélica. Murió traspasada en plena selva ecuatoriana, en manos de quienes consideraba sus hermanos predilectos.

Se llamaba Inés Arango y aunque muy pocos la identifican por su nombre, muchos la reconocerán si saben que fue la monja que murió entre los huaorani junto con monseñor Alejandro Labaka en 1987.

Nació en Medellín en 1937. Fue la undécima hija de una familia creyente, que la introdujo en la fe desde sus primeros años. Fue una niña traviesa y de ojos vivarachos. Se transformó en una adolescente “brincona, avispada, frentera y siempre juguetona y feliz”. Pero se empeñó en ingresar en la congregación de hermanas terciarias capuchinas. Y lo logró.

Hizo profesión religiosa en 1956 y fue destinada a la docencia en varios lugares de Colombia. Fue buena maestra, sin embargo, “su corazón estaba en otra parte”. Soñaba con ser misionera, sobre todo luego de que, con sus hermanas, leyera los documentos del Concilio Vaticano II. Luego de veinte años de espera logró su propósito y fue destinada con un pequeño grupo de religiosas a la misión capuchina de Aguarico, en el Oriente ecuatoriano.

Inés trabajó junto con sus hermanas en el hospital. En poco tiempo ya eran parte de la comunidad local, estaban cerca de la gente y habían aprendido a comer carne de mono y tomar chicha. Era feliz. La misión capuchina se había comprometido a trabajar entre los huaorani, un pueblo no contactado, y por ello enfrentó a las petroleras que presionaban por acelerar la explotación hidrocarburífera.

Inés era la más entusiasta seguidora del obispo capuchino Alejandro Labaka, que se propuso establecer relación con los huaorani. Cuando sus superioras la destinaron a una labor lejos de ellos, luchó hasta conseguir que le permitieran trabajar entre los huaorani, asumiendo conscientemente todos los riesgos. Se preparó para ello, viviendo con una familia indígena por un tiempo y aprendiendo el idioma.

El 20 de julio de 1987 el obispo Alejandro e Inés, llevados por un helicóptero, descendieron en un claro de la selva en tierras de los tagaeri, un grupo huaorani. Cuando los buscaron dos días después los encontraron muertos, con sus cuerpos traspasados por lanzas. Habían dado su vida por amor a los indígenas.

No sabía nada sobre Inés Arango, hasta que recibí como obsequio de las terciarias capuchinas, un libro de la hermana Isabel Valdizán: “Barro y vasija en la selva herida”, que es su biografía y, más que eso, una profesión de fe religiosa y misionera. Lo leí con interés y admiración. Por eso ahora se que Inés Arango no murió por casualidad, sino porque sentía que era barro y vasija en manos de Dios.

BIOGRAFIA Hna. Josefina Zúñiga Deluque

Era fiel exponente de las mujeres de su raza antioqueña, que no sabe de miedos porque ha podido vencer la abrupta majestad de sus montañas. Su figura menuda encerraba un alma grande, de temple.

Quienes la recuerdan desde su infancia, vivida con la naturalidad de una niña común y corriente, alcanzaron a intuir detrás de su cuotidianidad y de su semblante apacible y sonriente, el fuego de quien se sabe llamada a vivir grandes momentos en su historia personal.

La fe recibida en el hogar, por la tradición y por el ejemplo de sus padres y mayores, se fue templando desde muy temprano cuando, con su hermana Cecilia, también terciaria capuchina, asistía a la catequesis dominical. Así de normal transcurrieron su infancia y su adolescencia. Sin estridencias ni aspavientos; todo enmarcado en lo común y corriente de una niña y de una adolescente. Con sus altibajos de alegría, de ilusiones, de rebeldías y aspiraciones compartido todo con quienes fueron sus compañeras de estudio en las aulas de los colegios de "La Presentación" de Medellín, la "Normal Antioqueña", "María Auxiliadora de Medellín y la normal "La Merced" de Yarumal, testigos de su franca e innata rebeldía ante lo institucional, cuando supera a la persona.

Siendo alumna en la Normal "La Merced", de Yarumal, sufrió un accidente que pudo haberle ocasionado serias consecuencias, pero que dentro de los designios del Padre Bueno, no llegó más allá de unas horas de inconciencia porque El ya habría marcado con su amor de predilección, porque las necesitaba.

La delicadeza de su alma cristalizó en el gran amor y ternura hacia su madre, a quien no fue capaz de contarle que partía para Ecuador, por no amargar la despedida. No obstante esto, fue valiente para ir más allá de lo común cuando el Señor en el Evangelio le hizo la propuesta exigente de dejar padre, madre y hermanos por el REINO.

De temperamento alegre, sencillo y sin doblez, siempre espontánea, era clara y directa en su relación con los demás, lo que llevaba a decir las cosas llamándolas por su nombre.

Consciente de que todo don viene de Dios y que lo que de El se recibe es para darlo a los demás, compartía todo, se daba siempre a todos y no quería hacer sufrir a nadie. Era una mujer común y corriente pero llena de amor y con grandes deseos de servir. De ahí que siempre fue hacendosa y servicial.

De apariencia frágil, pero de muy buena salud; delgada, pero fuerte.

Pero si por algo se distinguió Inés, fue por su pasión por las misiones. Desde muy niña mostró inclinación por ella, tal vez bajo la influencia de la tradición familiar que cuenta en haber evangelizador con varios misioneros.

De adolescente vivía en continua emulación con su hermana Cecilia: aquella en favor de las Hermanas de la Madre Laura y ésta por las Terciarias Capuchinas. Su anhelo de ser misionera la llevó a buscar a las Lauritas, ya que en esa época la Provincia de San José no tenía expansión misionera; pero por designios de Dios que la quería Terciaria Capuchina, solo estuvo como aspirante de las Lauritas, aproximadamente dos meses.

El 17 de octubre de 1954, cuando en Medellín se celebraba una Eucaristía solemne para conmemorar el Centenario del nacimiento de nuestro Padre Luis Amigó, Inés participó en esta celebración ya que los familiares de las hermanas habían sido invitados; Cecilia, su hermana era novicia.

El Plan de Dios sobre Inés comenzó a clarificarse ante ella y fue tan fuerte el llamado del Señor, que se quedó desde ese día, sin volver a su casa, sin mirar hacia atrás y la mamá tuvo que llevar esa tarde el ajuar para ingresar como Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, tal como había visto que era la voluntad divina. Entregó su vida al Señor en la fecha significativa del centenario del natalicio del padre fundador y su Dios que la recibió desde entonces, sella la donación total otorgándole el martirio apenas terminado el cincuentenario de nuestras Hermanas mártires en España. Así es el amor de Dios.

Se quedó para siempre con las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. ¿Qué pasó, entonces, si su anhelo, su pasión eran las misiones y en las perspectivas no se vislumbran asomos para satisfacer su inquietud misionera? Así son los misterios del amor de Dios y de la respuesta generosa a su llamado.

El anhelo misionero siguió latente, vivo; postulantado, noviciado, profesión en 1956 fueron un camino de esperanza hacia el ideal del principio. Las inquietudes misioneras se abren a otro panorama, el de la educación: los Colegios "Manuela Beltrán, Versalles, (Valle), "Santa Inés", Bolívar (Antioquia), "Sagrada Familia", Armero, (Tolima), Normal "La Merced", Yarumal, Colegio "De María", el Peñol, "Instituto "La Inmaculada", Puerto Berrío" y la "Inmaculada" Medellín (Antioquia) fueron testigos de la entrega sin límites de tiempo y circunstancias a sus alumnas quienes hoy la recuerdan con cariño y gratitud y quienes dan fe de que "ese pequeño cuerpo encerraba un alma gigante".

..."que aprendieron de ella como en un libro abierto porque su vida fue un permanente testimonio de entrega, de abnegación, porque no conocía el cansancio, ni el desaliento para entregarse y vivir"...

..."Vida de testimonio ratificado y sellado por el martirio"...

(Tomado de una carta enviada por una exalumna con ocasión de su muerte)

..."Sus alumnas vivieron con ella las alegrías, ilusiones y esperanzas de su SUEÑO MISIONERO que eran muchísimas veces el tema del recreo". (tomado de la misma carta).

Y así transcurrió la vida de Inés, "misionera de la educación2 hasta 1973; 19 años de espera generosa y alegre para ver cumplidos sus anhelos de ser "misionera de las misiones"; surge la inquietud por el Mitú, llanos orientales de Colombia; se ofrece generosamente, pero en reloj de Dios, aún no sonaba el campanazo esperado durante tanto tiempo. Solo después de 21 años de aguardar con paciencia y constancia, su gran anhelo se hace realidad en la misión de Shushufindi, Ecuador, Misión Capuchina de Aguarico. Allí el horizonte es infinito como su anhelo; allí su espíritu se ensanchó mientras descendía por el majestuoso y hermoso Napo, contemplando la belleza de sus paisajes, sus palmeras, sus chontas, y teniendo a la vista el encanto, la sorpresa y la ilusión de ser "misionera de verdad" (tomado de su libreta de apuntes, desde 1977).

Con cuanta fidelidad transcribe en su libreta el gozo del primer encuentro con la selva en donde se verán cumplidas las esperanzas, los anhelos vividos en 21 años esperando que sonara el fin de la hora en el reloj de Dios.

¡Cuántos momentos de oración profunda, sentida y comprometida registran esas páginas amarillentas ya por el tiempo y la pobreza del papel!

¡Con cuánta claridad sintió la necesidad de "darlo todo, que es bien poco" (tomado de la misma libreta) a esos hijos de la selva, hermanos, porque también son hijos de Dios!. Toda esta trayectoria vital se resume en la nota final, escrita antes de su partida definitiva: "Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mi, no busco nombre ... ni fama. Dios lo sabe. Siempre con todos"... Y lo que no se busca sale al paso. Inés no buscó el martirio, Dios se lo regaló.

El martirio, aun cuando es un regalo de Dios, inmerecido, se va construyendo en la fragua de la oración fervorosa y constante, de la entrega total, sin medida y sin reservas, en el abandono en los brazos amorosos del Padre.

Los 10 años vividos intensamente por Inés en la misión, la fueron cambiando, fueron templando su carácter en la fragua de su oración fervorosa, de su espíritu de pobreza. Años que fueron acrisolando el temple de su carácter recio, que nunca convino con lo incorrecto que la llevaba a tomar posiciones claras y definidas frente a lo impreciso.

Y en ese clima de oración constante y fervorosa, la recibió el amanecer del martes 21 de julio de 1987. No había luz eléctrica cuando se postró a orar ante el Señor de su vida. Solo la luz parpadeante de la pobre vela iluminó el encuentro con el Dios del amor; así de simple, como la virgen prudente del Evangelio, con la luz encendida más en su espíritu de entrega que en el pequeño cirio, testigo de su diálogo amoroso con Jesús.

¿De qué hablarían? ¿Qué se dijeron en ese momento Jesús e Inés? Ella le hablaría de su anhelo de "ir más allá" de lo común, de lo ya hecho. Le contaría que ya había escrito a la Hermana General, a la Hna. Elena, presentándole su plan, contándole sus proyectos; le dirá también que había disfrutado la gran alegría de dialogar personalmente con ella durante los días inolvidables del COMLA 3.

¿Qué faltaba entonces? La fuerza que solo viene de Dios cuando todo se ajusta a su Plan salvífico; la fuerza del Espíritu del Señor que se logra en la oración, en el abandono y eso estaba buscando a esa hora.

Y... esa fuerza se hizo presente en Inés para dar un paso más hacia los amados Tagaeris, para ir en busca de las ovejas perdidas, fiel al encargo de su Padre Fundador (cfr. LAOC 1831). Había que salir al encuentro del Esposo en la maraña de la selva, con la lámpara del amor encendida, con el aceite generoso de la entrega, del amor verdadero que da la vida por todos los que ama.

Lo demás, lo que pasó después, lo intuimos porque la vida se hizo testimonio. "Fue tan buena misionera QUE EL SEÑOR LE REGALÓ EL MARTIRIO". Así dice una de las tarjetas recibidas por su muerte.

En el cielo hubo fiesta. Luis Amigó continuó la celebración pascual que hace más de 50 años está celebrando en compañía de sus hijas mártires de la guerra española a quienes hoy se suma Inés, mártir del amor. El amor ha vencido a la muerte.

Hna. Josefina Zúñiga Deluque

t. c.

Escrito de la Hna. Candela, la Superiora de Coca cuando murió Inés.

INES RECORDEMOS (seis meses Inés con nosotras)

Te recuerdo muy bien Inés cuando llegaste a Coca para encargarte de esta comunidad. Eran las doce del día del mes de Enero del 87. Yo salía de la Escuela Fiscal de dar catequesis, en mi memoria está tu figura, sencilla, descomplicada; venías de un largo viaje por el río Napo 360 Km., que nos distancian de Rocafuerte. Venías cargada con tu equipaje de misionera; un bolso en la mano y colgada de tu hombro una chigra tejida por los Huaoranis; venías pobre, sandalias en tus pies, tu delantal sencillo, y una sonrisa que te acompañaba cuando tu destino era servir. Llegamos a la casa a la media cuadra, te recibimos con amor y sobre todo con agradecimiento, por haberte ofrecido para aceptarnos.

Ahora quiero recordar algunos episodios de tu vida aquí en Coca. Con la Comunidad empezaste a trabajar con entusiasmo. Te agradeceremos el empeño e interés por hacernos adelantar en el espíritu de oración y en la fraternidad.

Pero sobre todo Inés nos has dejado el gran testimonio de tu servicio y esto con los más necesitados. Te integraste y conseguiste una amiga de tu confianza para visitar y llevarles el mensaje del evangelio a las prostitutas, lo hacías los lunes en las tardes. Ya algunas las motivaste por la Biblia, pues te vi en la salita de la casa con una de ellas explicándole la palabra de Dios.

No escatimaste ni la hora, ni la oscuridad de la noche, no la llovizna que caía para hacer el bien. Recuerdo una noche eran las 8 y media, cuando llegó una a esa hora casi llorando y nos dijo que una amiga suya que vivía sola se estaba muriendo y allí mismo sin pensarlo dos veces saliste en compañía de otra de las hermanas. La casa era a orillas del río Payamino. Caminaron largo rato bajo la lluvia. La señora estaba mal, mandaron a buscar un taxi: la llevaron al Hospital, luego fuiste a la farmacia a comprarle las medicinas y cuando ya la dejaste bien atendida, volviste a casa a las once de la noche.

Un día te invite para que fuéramos a ver a un niño enfermo; había nacido invalido. Llegamos a su casa y desde este momento te hiciste cargo de este pobre niño que estaba en estado lamentable. Fue el momento providencial para él, pues sufría mucho y sus padres muy pobres no podían atenderlo debidamente. Con muchos sacrificios lo llevaste a Quito a una guardería del estado que con mucha dificultad te lo recibieron. Pero allí cumpliste esta gran obra de misericordia, que en nuestra carisma N. Padre Fundador lo insinúa, proteger la niñez desamparada.

Te afanaste porque en la Escuela Fisco Misional estuviera bien organizada la catequesis y ya tenías la intención de celebrar, ayudando a las clases y al profesorado.

Con un grupo de señoras organizaste un estudio de Biblia. Te recuerdo en las tardes calurosas de Coca salir entusiasta con tu Biblia bajo el brazo, a compartir con ellas la palabra de Dios y ayudarles en sus problemas familiares.

Los Padres Misioneros, cuando tenían algún caso sobre personas necesitadas o sobre indígenas, acudían a ti reconociendo tu espíritu de caridqad y servicio. Visitabas las familias y procurabas darle solución a sus problemas. En fin en tan poco tiempo que estuviste al frente de esta comunidad y misión en el Coca fue mucho lo que hiciste en bien de sus gentes y de nosotras tus hermanas capuchinas.

Pero lo que sí superaba en tu persona era el amor por los Huaorani. Ya la comunidad estaba de acuerdo de que irías a visitarlos y se te llegó el momento de ir a verlos. Esto fue más o menos faltando un mes de tu martirio; saliste para Rocafuerte y de allí te llevaron al Aguarico (la hermana Candelaria quiere decir YASUNI) dos de nuestras hermanas que regresaron al siguiente día. Allí estuviste ocho días con ellos y luego, después de un día por el río en canoa, visitaste los otros Huaorani otros ocho días. Quién hubiera creído fue tu despedida definitiva de ellos.

Cuando regresaste a Coca no tuvimos tiempo mucho tiempo para comentar tu viaje, pues ya de Quito nos habían llamado para que las Hermanas, que trabajamos aquí en esta misión, enviáramos alguna de las misioneras al Congreso Misionero que se celebraría pronto en Bogotá. Cuando llegaste de visitar a tus Huaorani, ya nosotras te habíamos delegado para asistir al COMLA 3, porque te veíamos la misionera que con verdadero amor y sacrificio trabajabas por el bien de la Misión y de los indígenas. También por haber sido tu la primera con otras tres hermanas, que en 1977 pisaron esta tierra de la misión del oriente amazónico del Ecuador.

Recuerdo que al principio de haberte hecho la propuesta, no lo querías aceptar., diciendo que había otras hermanas que podían ir, pero al fin de insistir lo aceptaste. Saliste de Quito toda alegre, en compañía de la Delegación Ecuatoriana de misioneros.

Inés, te esperábamos con ansia, para recibir tus impresiones, ya del Congreso como del encuentro con tus Hermanas en religión y Hermanas carnales, con las cuales compartiste recordando tu vida familiar y tus misiones entre los indígenas.

A tu regreso tuviste que demorarte unos días en Quito arreglando tu pasaporte. Y llegaste un sábado 18 de julio, llena de alegría y entusiasmo, contándonos lo maravilloso y bien que lo pasaste. Lo primero fue decirme: "Estuve feliz con el encuentro con nuestra Hna. General Elena; es toda una madre comprensiva y amable, me oyó, me escuchó mis ideales de trabajar con los Huaorani. Me siento feliz. También departí con mis hermanas carnales y con ellas pasé esos días en su apartamento, Cecilia, Angela y Ana Isabel, lo pasamos de primera". Yo te comenté, los caminos del Señor cómo te proporcionaron este tiempo para tu provecho espiritual. Entre otras cosas que me comentaste fue la invitación que te hicieron junto con las Hnas. Miriam Mercado y Fabiola Zapata las exalumnas del Colegio de Armero, como profesora que fuiste de ellas. Donde departieron con ellas con entusiasmo, hubo cantos tolimenses y obsequio de un gran almuerzo. Tuvieron recuerdos de tiempos idos, sepultados en lodo y arenas.

Inmediatamente llegaste a Coca; organizaste la ida donde tus Hnas. de Shushufindi y San Pedro para compartir con ellas tus impresiones del Congreso y llevarles los escritos y mensajes de este.

El domingo 19 a eso de las 11 de la mañana recibimos una llamada telefónica de Monseñor Alejandro solicitándote, pues al día siguiente saldrían para el viaje a la selva donde los Tagaeris y tendrían que comprar lo necesario para dicha aventura. Llegaste a las 12 y media, te dimos la razón e inmediatamente corriste al almacén donde te esperaban. Luego regresaste con lo necesario para el viaje. Esa tarde tuvimos la visita de Inigua, el Huaorani, que había adoptado a Monseñor como hijo. Cenó con nosotras. Yo me embelesaba, Inés, viéndote conversar con él. Tu cara resplandeciente de alegría y el indio con mayor razón hablaba con entusiasmo, accionaba y se le veía la dicha, sabiendo que podía comunicarse con alguien que lo conocía y entendía su lengua.

Y amaneció el lunes 20 y a las seis de la mañana saliste con Monseñor a donde tus indios, y cuál sería nuestra sorpresa al verlos de nuevo regresar a eso de las diez de la mañana. ¿Qué pasó? Que antes de salir ensayaron la cuerda por la cual iban a bajar del helicóptero a la selva y ésta se había reventado. Así que el viaje sería al otro día.

Ese día teníamos en nuestra comunidad una reunión familiar con nuestras hermanas de las tres comunidades de la misión. Entonces tú, Inés, providencialmente estuviste compartiendo con tus hermanas, alegre, chistosa y fraterna.

Ya en la tarde en nuestra comunidad nos quedamos solas las cuatro hermanas de la comunidad del Coca y en la mesa, te recuerdo, serena y centrada en tu idea nos dijiste: "Hermanas, si matan, muero contenta". Nosotras en silencio la admirábamos y yo decía para mí, qué mujer tan valiente. Por la noche se despidió de la hermana menor (nota: era la Hna. Lucero) y la otra hermana (nota: la Hna. Cristina) sintió algo especial y se entró a su celda a llorar.

Y llegó el día 21, martes, Monseñor Alejandro había quedado de venir por ella a las cinco y media de la mañana. Yo pensé: me voy a bajar a despedirlos. Llegué a la capillita de la comunidad y la encontré orando muy fervorosa; ya tenía todo listo para salir; me senté a su lado y a los 10 minutos, sentimos el carro que venía por ella; nos levantamos las dos rápidamente.

Bajó, Monseñor le cogió el equipaje a Inés y nos abrazamos en profundo silencio, como si presintiéramos algo que podía pasar, era el silencio de la muerte envuelto en eternidad. Eran las cinco y media de la mañana. Se presume que a las dos o tres horas eran atravesados por las lanzas. Sólo los árboles de la selva fueron los testigos mudos de lo que allí pasó.

Inés, gracias por tu entrega generosa, a tu misión, a tu Congregación y sobre todo a esos seres que tanto amaste, los indígenas. "Dios lo sabe todo", escribiste antes de morir. En su corazón te dejamos nosotras que vivimos de la fe y esperamos un día encontrarnos contigo. Volvemos a repetirte, gracias y ruega a Dios por esta iglesia naciente del Aguarico, que tú tanto amaste y serviste.

Tu ruega también por nuestra amada Congregación para que El suscite almas misioneras decididas y entregadas como tú.


Hna. María Candelaria Quijano M.

Extractos de la crónica de Nuevo Rocafuerte

Abril 1979.
3 de abril. Llamado el P. Alejandro Labaca para entrar a los Aucas en ?? de pacificación. Le acompañan la Hna. Inés Arango y una Hna. Laurita. Por segunda vez llegan religiosas donde los Aucas.

Salimos de Nuevo Rocafuerte hacia Pañacocha de donde seremos conducidos a los Aucas en Helicóptero de la compañía. Tres días tardamos para llegar donde ellos por algunas dificultades en el vuelo; unas veces por falta de visibilidad, otras por fuertes tempestades y además el piloto no era muy conocedor de aquella zona motivos por los cuales regresábamos cada día a Pañacocha. Al tercer día llegamos donde ellos felizmente a las 4 de la tarde. Durante aquellos tres días nos esforzamos por aprender unas 4 palabras en Huaorani; otros momentos los tomábamos como reflexión en compañía del Padre.
 
Gran alborozo causa a los Huaorani nuestra llegada y más alegría sentíamos nosotros de poder llegar hasta donde ellos, cosa que nunca hubiéramos creído posible; pero el Señor ya había señalado esta hora para el principio de una evangelización tan sólo a base de convivencia y cariño hacia aquel pueblo olvidado entre la selva por los demás hermanos que disfrutamos de la civilización y la Buena Nueva.
 
Nuestros sentimientos no podrán ser expresados en palabras. Tan sólo se sabe lo que esto significa cuando se experimenta en carne propia llegándose hasta donde estos nuestros hermanos que desean como toda criatura el Reino de Dios. Sólo decimos gracias Señor por esta experiencia y este aprender y ser evangelizados por los más pobres materialmente, porque sólo poseen los medios y recursos de la selva careciendo aún de vestido y espiritualmente porque no hay operarios suficientes ni quien sea capaz de correr el riesgo a un de su vida por la extensión del Reino.

Agosto de 1980.
El día 1 de agosto salen de Nuevo Rocafuerte hacia el pueblo Huaorani a 300 kilómetros de distancia por el río yasuní la Hna. Laura, una misionera Laurita y el padre Alejandro Labaca y dos motoristas de la misión. Llevan provisiones para una semana de compartimiento con este pueblo para luego quedarse allí el padre Alejandro todo el mes de Agosto aprendiendo la lengua, costumbres para estudiar la forma de una futura evangelización.
 
Agosto 15.
La Hna. Elvira Fernández, misionera dominica del Rosario, quien había terminado sus estudios de enfermería y pidió hacer su año rural en este hospital. Compartiría con nosotras nuestra vida de comunidad y de trabajo.
A finales de este mes vienen tres hermanas misioneras dominicas a pasar unos días de descanso en nuestra casa. Fueron ellas las Hnas. Cova y Luz.

Septiembre de 1980.
El primero salen en busca del padre Alejandro que aun permanecía entre los Huaorani las Hnas. Cova dominica y la Hna. Inés Arango, acompañadas del P. Manuel. Permanecieron allí durante 5 días en conocimiento del pueblo y sus costumbres. Fue un viaje lleno de obstáculos y grandes peligros pero bella experiencia de evangelización a un pueblo que aun no han percibido la Buena Nueva.
 
Septiembre 20.
Salen de nuevo a la gira apostólica del Aguarico el padre Alejandro, la Hna. Inés Arango y la Hna. Elvira Fernández. A las 8 de la mañana previendo que llevaban las provisiones necesarias para tres semanas. Visitaron las diferentes tribus atendiéndolas con medicinas y también se realizaron bautismos. Permanecimos en cada lugar 1 ó 2 días, según las necesidades. Las gentes esperan ansiosas estas visitas pues carecen de toda clase de recursos debido a las distancias.

La primera poesía en honor de Inés, virgen y mártir

VIRGEN DE MONTIEL

A las Terciarias Capuchinas

Con la mención bendita de Inés Arango

(Aguarico, 21.VII.1987)


La blanca y diminuta imagencita

cual candida paloma se ha escondido,

metida en la hendidura de la peña

en búsqueda y espera de un sencillo.


Oh Virgen pura, regia y campesina,

amiga de montañas y aire limpio,

enséñanos tu rostro, toda bella,

oh tú que cautivaste a quien te hizo.


Montiel es casa abierta, azul del cielo,

y en casa está la Madre con el Niño;

la Virgen pequeñita ensancha el manto,

que nadie ha de quedar sin su cobijo.


Montiel de paz, porciúncula de gracia,

aquí donde la pena encuentra alivio;

aquí nació en la Iglesia una familia,

cual dádiva de amor y de servicio.


Pequeñas y sencillas como ella,

que sea Nazaret carisma vivo;

que sea nuestro estilo la acogida,

la audacia del amor hasta el martirio.


¡Oh Virgen fiel, oh Reina de los mártires,

oh Virgen coronada por tu Hijo,

a él, Jesús, el bien de todo bien,

contigo por su amor le bendecimos. Amén.


Montiel, 11 de agosto de 1987.

El título de "Reina de los mártires" es el único título que se dio a la Virgen de Montiel en el Acta 'de colocación de la primera piedra de las obras reemprendidas el 4/XII/1949 (Cf. L. Bernat, Historia del Santuario de Ntra. Sra. de Montiel, 1984, 74).

Puede cantarse provisionalmente con la melodía de los "Himnos a María sobre la encíclica Redemptoris Mater", alternando por estrofas el módulo 1 y el módulo 2.

Nota: Esta poesía, pensando en Inés,  la escribe el Hno. Rufino María Grández a los pocos días de la muerte martirial de Inés con ocasión de unos retiros que da a las Hnas. Terciarias Capuchinas en Montiel, cuna de la Congregación

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