Alejandro y sus sueños pendientes

Me preparo para morir

Al borde de un sueño,

Como el mártir se prepara para morir

de nuevo.

Mahmud Darwish

 

Lo que el olvido se llevó

El día 23/7/1987, dos días después de la muerte de Alejandro e Inés, cuando se estaba a punto de enterrar sus cuerpos en la pequeña catedral Coca, el Municipio de la ciudad levantó un acta oficial en la que podía leerse esta propuesta:

 

Recomendar su nombre a las generaciones futuras, como ejemplo de honestidad, trabajo, capacidad y sacrificio supremo, en aras del amor para sus hermanos.

Fue un gesto hermoso, pero, como tantos que se hacen con buena voluntad, quizá falto de contenido. Una palabra al viento. ¿Cómo se recomendó a la sociedad ese nombre de Alejandro como un ejemplo?, ¿de qué manera se pensaba mantener en la memoria de todos su esfuerzo solidario, su gesta de valiente, su sacrificio final de amor, por los más olvidados? Nada de eso se decía, ni se previno u organizó. Simplemente se escribió en acta, se firmó; luego se cerró el libro y a otra cosa. Dejemos que el tiempo haga su tarea y borre toda memoria, como hace el río con las pisadas sobre su playa.

En la iglesia de Aguarico, claro está, se sigue manteniendo, de alguna manera, el recuerdo vivo de la vida, trabajo, ideales y muerte de los dos misioneros. Pero, ¿qué sucede en la sociedad de Coca, más aún en el resto del país?

El Municipio decidió también que el puente que une la ciudad con esa carretera que se adentra en tierra huao, y se llama de tan mala manera Vía Aucas, ese puente llevaría su nombre: Alejandro Labaka. Lo pensó muy bien y con justicia. Porque Alejandro fue un auténtico pontífice, es decir, un hacedor de puentes entre las dos orillas culturales: la sociedad huaorani y la nación ecuatoriana. Se empeñó en crear modos de respeto mutuo, de entendimiento y relaciones pacíficas. Precisamente murió en su último intento de construir un puente con uno de los últimos grupos indígenas sin contacto pacífico: los tagaeri. Así que parecía muy propio y justo que ese nombre llevará su nombre, en una placa que se decidió colocar en su base, a la vista de todos, como un recordatorio del hombre que buscaba el diálogo mucho más que la confrontación o la violencia. ¡Y nunca se puso esa placa hasta hoy! Nadie sabe que ese puente se llame Alejandro.

En Ecuador se hizo y divulgó un serial televisivo (tres episodios, si no recuerdo mal, precisamente con el título EL PUENTE LLEVARÁ SU NOMBRE) para el cual se podría recordar aquella afligida sentencia: la buena voluntad no basta. U otra, todavía más lapidaria: hay gustos que merecen palos. Los resultados finales de la serie citada, en efecto, quedaban muy lejos de la generosa intención de su autor.

Es cierto que su nombre ha servido para llamar otras cosas o actividades. Hay, por ejemplo, una línea local de buses llamada así: Cooperativa Alejandro Labaka. Existe una Parroquia del cantón Orellana, con ese mismo nombre. Etc. Pero ya apenas nadie recuerda a quién se refieren, ni quién era ese sujeto. Mucho menos qué hizo, como vivió y murió, por qué se le recuerda en esos títulos. La memoria es débil, si no se la alimenta convenientemente se va desvaneciendo y puede acabar por confundirse.

A pesar de todo, ¿merecería recordarse su figura, como decía la bienintencionada acta municipal de Coca, a las generaciones futuras, las de ahora mismo, como ejemplo? ¿Por qué? ¿Qué hizo por la sociedad de su tiempo? ¿Y en qué sentido puede su figura ser todavía significativa para el nuestro?

 

La luz de Alejandro es alargada

Dicen los astrólogos que hay estrellas en el firmamento que ya se extinguieron, se apagaron. No obstante, su luz sigue llegando a nuestra tierra a través de la distancia espacial. Esto no es una figura retórica ni pomposa si la aplicamos a Alejandro, más bien se queda corta, porque muchas cosas que él inició han alcanzado su cumplimiento después de su muerte y todavía quedan otras pendientes que es preciso llevarlas a cabo.

Dicen que el tiempo es el juez definitivo, de manera que da o quita razón a las cosas que hacemos, a los pronósticos que aventuramos. En este sentido se habría de afirmar que el tiempo ha sido un juez de lo más benigno con las propuestas, ilusiones y planes de Alejandro; no solo les ha dado validez, las ha confirmado, sino que definitivamente le dio nada menos que toda la razón. Comprobémoslo en unos cuantos ejemplos concretos y más decisivos.

Ya en 1977 él, y muy poquitos más, pidieron que el Estado ecuatoriano reconocieran el derecho de los grupos huaorani a compartir un territorio indivisible y lo más amplio posible. El propuso una delimitación concreta. De las autoridades del tiempo, al ver el mapa, unos sonrieron compasivamente, otros se mofaron de forma abierta, los más amables tacharon de irrealizable y quimérica la propuesta. Alejandro murió diez años después, cuando muchos se iban sumando a su pretensión y la levantaban ya como una bandera, aunque las autoridades continuaban sin aceptarla. Sin duda su muerte fue decisiva en esa lucha e inclinó la balanza hacia su vieja pretensión. De manera que, tres años después de su lanceamiento y 13 después de su propuesta, el Gobierno vino a darle la razón donde gobernantes anteriores no le daban sino burlas. Los huaorani recibieron, al fin, un territorio cuyo primer defensor legal fue el obispo lanceado.

En esos finales años setenta y al comienzo de los ochenta, Alejandro, cuando se dirigía a cualquier huaorani, hombre o mujer, o cuando escribía sobre ellos, les llamaba señor o señora, sin ninguna diferencia con otra persona cualesquiera. Recordamos aún cómo los jefes o trabajadores petroleros se burlaban de él cuando llamaba, con toda cortesía, señores, a aquello lluchitos que se acercaban a robar a los campamentos petroleros. De nuevo, lo que entonces levantaba burlas, ahora es algo reconocido por casi todos. La defensa de la igual dignidad de las personas, por encima de otra distinción del tipo que fuera, fue una de las características más notables del trato de Alejandro.

Años antes de su muerte, Alejandro había hecho también otra propuesta que se consideró, en ese primer momento, como absurda. Él decía que el Estado ecuatoriano debía firmar “un Tratado de Paz” con los grupos aún sin contacto. Al mismo tiempo defendía que el petróleo, la colonización, o cualquier otra forma de conquista, no debía hacerse antes de un contacto pacífico y, por tanto, de una consulta previa y una explicación plausible a esos grupos. La propiedad de la tierra, defendía él, es de los indígenas por encima de las pretensiones de cualquier Estado, por tanto nadie podía actuar en ella sin autorización. Esto que en los años 80 parecía a casi todos en Ecuador desatinado e incluso inverosímil, ahora es doctrina que proviene de la legislación internacional y que acá va aceptándose mal que bien por todos.

Hace poco el actual Presidente ecuatoriano, sr. Rafael Correa, reconoció que el problema de los grupos selváticos aún sin contacto es un problema del Estado, el cual debe reconocer sus derechos y comprometerse a hacerlos respetar. Alejandro hubiera estado muy feliz de escuchar eso. Y aún tendrá esperanzas de que alguno de sus viejos sueños (una enseñanza bilingüe para todos los huaorani, la organización propia y consolidada, la intangibilidad de la selva donde siempre han vivido, etc.) sean aceptados, siquiera sea poco a poco, por una sociedad a la que cuesta demasiado reconocer como igual al diferente.

Sí, la vida y palabra de Alejandro siguen alumbrando los pasos que debemos dar en esta parte de la patria ecuatoriana.

 

Miguel Ángel Cabodevilla

Misionero capuchino

Coca 6.6.2007

Fotos de Beizama 2009

Fotos de Beizama 2009

Monseñor Labaka: mártir de la selva

EL 21 de julio de 1987 el veterano misionero español Alejandro Labaka y su colaboradora, la monja colombiana Inés Arango, se hicieron abandonar en helicóptero en las inmediaciones de una maloca de indios aislados de un clan llamado Tagaeri, en laAmazonía ecuatoriana. Pretendían convencerles que se dejasen contactar en un intento por salvarles la vida. Labaka preveía que un día u otro los intereses dominantes en la zona – petróleo y madera – conseguirían que aquel pequeño grupo, oficialmente inexistente, fuera aniquilado, borrado del mapa, como tantas veces ha venido ocurriendo. No tuvo éxito. Al día siguiente sus compañeros de la misión de Aguarico sacaron no menos de veinte lanzas de su cadáver. El pasado sábado se cumplió el XXV aniversario de su muerte.

El capuchino Andueza muestra una lanza extraída del cuerpo de Monseñor Labaka.

Capilla de la misión de Coca, Ecuador.

FOTO © José F. Ferrer

La memoria se afianza en el recuerdo

Es la memoria del corazón la que fija los signos de las cosas vividas, la que nos enseña lo que somos.

Han pasado años y en mi recuerdo tengo los tiempos vividos en la selva, cómo los más felices de mi vida; como mujer y como misionera, es más, siempre afirmo que me hice misionera Dominica en la selva de Ecuador, en el Vicariato de Aguarico, a donde llegué con toda la ilusión del mundo en Marzo de 1975, con destino, después de mi profesión perpetua, a San Pedro de los Cofanes, Km. 28 donde la Congregación había fundado una Comunidad en 1974.

Ese era mi primer viaje a la selva y, no iba sola, viajábamos en el Bus “Centinela del Norte”, en la noche, Dos hermanas de la Comunidad a donde iba, y un padre Capuchino: Alejandro Labaka. El primer contacto con uno de los misioneros con los que luego trabajaríamos en la zona de la Carretera desde el Eno, donde residía él con tres misioneros seglares: Alberto, Pachy y Mariano, hasta Shushufindy y el proyecto IERAC. No se atendía, aún la zona de Shachas, sólo había unas casitas de madera y no había centro poblado.

Pronto me di cuenta de los valores de Alejandro y del interés que tenía por nosotras, nos buscaba lo más cómodo dentro de lo que se podía, nos hizo un pozo para que subiéramos el agua a la casa, ya que el tanque era muy pequeño, nos arreglaba la Petromax con lo que nos alumbrábamos en la noche, a veces nos hacía alguna comida, nos regaló un pato y una pata, en fin nos quería y contentas. Con él íbamos los Domingos a las Misas, lo más lejos era Shushufindy donde no había ni escuela para celebrar allí las Misas; Conducía el Carro Pachy, y Alejandro, en esos tiempos, fue que le puso la letra de “La selva es tu mansión…” a la música de: “Cerca de Ti Señor…”. Siempre íbamos cantando a pesar del polvo o de la lluvia.

Era muy cercano y cariñoso con la gente y daba una imagen de Iglesia muy maternal, quiero decir no imponía, explicaba y convencía de porqué se debía hacer así, vivir mejor, prepararse, organizarse, construir escuelas para mejorar la cultura, etc. Estaba pendiente de las necesidades básicas de esos poblados incipientes que carecían de todo lo más elemental. En las Misas explicaba y dialogaba con las gentes, no era de grandes homilías, hablaba sencillo y se dejaba entender. Recuerdo muy bien que mis primeras impresiones eran que Se notaba en el que había asumido muy bien el Concilio Vaticano Segundo. Ad gentes, Mater et Magistra y todo lo que suponía la Misión. Yo aprendí de mis hermanas y de él buenas cosas y experiencias que no olvido y todo en un clima tropical que para todos es duro. Pero, éramos felices y sin mayores necesidades. Era así.

Alejandro Labaka en la carretera hacia Nueva Quevedo 1975. Con las hermanas Dominicas Laura y Clara.

CUANDO LLEGO A ROCAFUERTE

En el año 1980, terminados los 6 semestres de mis estudios de Enfermera; tenía que realizar un año de prácticas en un hospital del ministerio de salud pública, y yo decidí, solicitar el solicitar para mi año de Rural, el hospital Fisco Misional de Nuevo Rocafuerte, ya que allí, me lo concederían y tendría la oportunidad de aprender mucho con el P. Manuel Amunárriz, como así fue, y, seguramente podría vivir en Comunidad con las Hermanas Terciarias Capuchinas que allí continúan con el trabajo de Pastoral y en el Hospital.

Todo me fue concedido ya que a ese hospital tan alejado, nadie deseaba ir por un año.

Fui, acompañada por una de mis hermanas de la Comunidad de Quito donde vivía para poder estudiar. Fuimos muy bien recibidas, tanto por los padres Capuchinos cómo por las hermanas de la comunidad de terciarias Capuchinas, que me aceptaron cómo una más de su comunidad.

En la Comunidad de Padres, entonces, estaba el p. Camilo Mújica, Manuel Amunárriz y Alejandro Labaka.

En la Comunidad de hermanas, estaban entonces: Laura Fernández, Imelda Pérez, Inés Arango y la Hermana Mª Jesús.

Bueno, me sentí muy bien, en el Hospital donde cerca del P. Manuel fui aprendiendo a diagnosticar, a tratar las enfermedades y a los enfermos; qué medicinas dar, atender partos que sólo sabía la teoría, enfermedades tropicales, y cómo detectarlas, suturas, atención a hospitalizados, etc. Y mucho más. En realidad, sentía que el P. Manuel, ante los enfermos, se transformaba… Así que aprendí con él mucho más que lo aprendido en prácticas y en teoría en los 6 Semestres.

En la Comunidad, compartía con las hermanas, desde la mañana con la oración, la Eucaristía, el trabajo en el hospital, las comidas, el descanso y en las noches, lectura comunitaria y recreación, siempre animada por Inés, Inés Arango; Era una persona que, como Coordinadora de ese grupo, estaba pendiente de todas las hermanas, de las necesidades, los alimentos en la cocina, que allí es difícil de adquirir. Se veía en ella un gran espíritu de sacrificio y, como vulgarmente se dice,” se tiraba a todo”. Eso no lo hacemos todas. Yo lo observaba, aunque no sabía que un día ella moriría de esa forma y yo tendría la oportunidad de contar lo que sentía de ella.

Lo más sorprendente era que en las noches, se transformaba, contando anécdotas y chistes de su tierra, costumbres de Medellín, su familia. Nos hacía reír continuamente, tenía para ello, un arte especial.

Los Padres, que viven a un Kilómetro del Hospital, iban casi todos los días a visitar a los enfermos y a las hermanas.

El P. Manuel, decía la Misa cada día y desayunaba con nosotras. El Padre Camilo, escribía los 4 Evangelios en Quichua, y el p. Alejandro, vivía obsesionado por los huaoranis y visitar a las comunidades indígenas de la ribera de los ríos: Napo, Aguarico, Eno y Cuyabeno.

Personalmente, tengo que decir allí me sentí muy a gusto en aquel ambiente, tanto en el trabajo y prácticas del hospital, como en la Comunidad de hermanas; además , los fines de semana me gustaba y me invitaban a acompañar a los padres y hermanas a las Comunas del Río Napo y rio Tiputini; cantar y aprender los cantos en Quichua y atender enfermos, para lo que llevábamos un pequeño botiquín.

Aprendí mucho, más de lo que suponía. El ambiente de orden y serenidad, la lejanía de todo y de todos, me venía muy bien, me gustaba y disfrutaba.

Fotos Alejandro

Mensaje de los Caminantes 2016

Mensaje de los Caminantes 2016

Con Alejandro e Inés, “caminamos con misericordia para defender la vida”, desde el Santuario de Guápulo de Quito y desde el santuario de Alejandro e Inés del Helipuerto de Tiputini hasta las tumbas de Alejandro e Inés para recibir la gracia de la misericordia que nos lleva a ser signo profético creador de un mundo nuevo de respeto a las culturas y a la creación.

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Celebrando 29 años de la entrega martirial de  ALEJANDRO E INÉS  1987-2016

Celebrando 29 años de la entrega martirial de ALEJANDRO E INÉS 1987-2016

El 21 de julio de 1987 se conoció la terrible noticia de que un obispo capuchino y una religiosa terciaria capuchina habían muerto alanceados por un grupo de “no contactados en aislamiento voluntario” de la Amazonía ecuatoriana. La noticia recorrió el mundo, porque Monseñor Alejandro Labaka (de Beizama, Guipúzcoa, España) y el hermana Inés Arango (de Antioquia, Colombia), habían muerto (con 67 y 50 años, respectivamente) “con sentido de martirio” dando la vida por los pueblos que viven amenazados en…

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Reaprender la confianza (24 julio 2016)

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Reaprender la confianza Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Es fácil que las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos. Probablemente, no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han…

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Agenda de la Celebración de Alejandro e Inés (20-21 julio 2016) (2)

Agenda de la Celebración de Alejandro e Inés (20-21 julio 2016) (2)

Después de 12 día caminando desde Quito (ruta norte) y dos días desde el Helipuerto-Tiputini (ruta sur), con la participaicón de los capuchinos del Ecuador y de América Latina, vamos a celebrar con toda profundidad, sencillez y solemnidad el aniversario 29 de la muerte martirial de monseñor Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango. Dos días intensos para la vida del Vicariato Apostólico de Aguarico y un nuevo impulso misionero para todos.

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Recta final hacia los TAGAERI

1987 Ecuador sufriendo por seísmo que en marzo sacudió el oriente, causando catástrofes
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BIOGRAFIA Hna. Josefina Zúñiga Deluque

Era fiel exponente de las mujeres de su raza antioqueña, que no sabe de miedos porque ha podido vencer la abrupta majestad de sus montañas. Su figura menuda encerraba un alma grande, de temple.

Quienes la recuerdan desde su infancia, vivida con la naturalidad de una niña común y corriente, alcanzaron a intuir detrás de su cuotidianidad y de su semblante apacible y sonriente, el fuego de quien se sabe llamada a vivir grandes momentos en su historia personal.

La fe recibida en el hogar, por la tradición y por el ejemplo de sus padres y mayores, se fue templando desde muy temprano cuando, con su hermana Cecilia, también terciaria capuchina, asistía a la catequesis dominical. Así de normal transcurrieron su infancia y su adolescencia. Sin estridencias ni aspavientos; todo enmarcado en lo común y corriente de una niña y de una adolescente. Con sus altibajos de alegría, de ilusiones, de rebeldías y aspiraciones compartido todo con quienes fueron sus compañeras de estudio en las aulas de los colegios de "La Presentación" de Medellín, la "Normal Antioqueña", "María Auxiliadora de Medellín y la normal "La Merced" de Yarumal, testigos de su franca e innata rebeldía ante lo institucional, cuando supera a la persona.

Siendo alumna en la Normal "La Merced", de Yarumal, sufrió un accidente que pudo haberle ocasionado serias consecuencias, pero que dentro de los designios del Padre Bueno, no llegó más allá de unas horas de inconciencia porque El ya habría marcado con su amor de predilección, porque las necesitaba.

La delicadeza de su alma cristalizó en el gran amor y ternura hacia su madre, a quien no fue capaz de contarle que partía para Ecuador, por no amargar la despedida. No obstante esto, fue valiente para ir más allá de lo común cuando el Señor en el Evangelio le hizo la propuesta exigente de dejar padre, madre y hermanos por el REINO.

De temperamento alegre, sencillo y sin doblez, siempre espontánea, era clara y directa en su relación con los demás, lo que llevaba a decir las cosas llamándolas por su nombre.

Consciente de que todo don viene de Dios y que lo que de El se recibe es para darlo a los demás, compartía todo, se daba siempre a todos y no quería hacer sufrir a nadie. Era una mujer común y corriente pero llena de amor y con grandes deseos de servir. De ahí que siempre fue hacendosa y servicial.

De apariencia frágil, pero de muy buena salud; delgada, pero fuerte.

Pero si por algo se distinguió Inés, fue por su pasión por las misiones. Desde muy niña mostró inclinación por ella, tal vez bajo la influencia de la tradición familiar que cuenta en haber evangelizador con varios misioneros.

De adolescente vivía en continua emulación con su hermana Cecilia: aquella en favor de las Hermanas de la Madre Laura y ésta por las Terciarias Capuchinas. Su anhelo de ser misionera la llevó a buscar a las Lauritas, ya que en esa época la Provincia de San José no tenía expansión misionera; pero por designios de Dios que la quería Terciaria Capuchina, solo estuvo como aspirante de las Lauritas, aproximadamente dos meses.

El 17 de octubre de 1954, cuando en Medellín se celebraba una Eucaristía solemne para conmemorar el Centenario del nacimiento de nuestro Padre Luis Amigó, Inés participó en esta celebración ya que los familiares de las hermanas habían sido invitados; Cecilia, su hermana era novicia.

El Plan de Dios sobre Inés comenzó a clarificarse ante ella y fue tan fuerte el llamado del Señor, que se quedó desde ese día, sin volver a su casa, sin mirar hacia atrás y la mamá tuvo que llevar esa tarde el ajuar para ingresar como Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, tal como había visto que era la voluntad divina. Entregó su vida al Señor en la fecha significativa del centenario del natalicio del padre fundador y su Dios que la recibió desde entonces, sella la donación total otorgándole el martirio apenas terminado el cincuentenario de nuestras Hermanas mártires en España. Así es el amor de Dios.

Se quedó para siempre con las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. ¿Qué pasó, entonces, si su anhelo, su pasión eran las misiones y en las perspectivas no se vislumbran asomos para satisfacer su inquietud misionera? Así son los misterios del amor de Dios y de la respuesta generosa a su llamado.

El anhelo misionero siguió latente, vivo; postulantado, noviciado, profesión en 1956 fueron un camino de esperanza hacia el ideal del principio. Las inquietudes misioneras se abren a otro panorama, el de la educación: los Colegios "Manuela Beltrán, Versalles, (Valle), "Santa Inés", Bolívar (Antioquia), "Sagrada Familia", Armero, (Tolima), Normal "La Merced", Yarumal, Colegio "De María", el Peñol, "Instituto "La Inmaculada", Puerto Berrío" y la "Inmaculada" Medellín (Antioquia) fueron testigos de la entrega sin límites de tiempo y circunstancias a sus alumnas quienes hoy la recuerdan con cariño y gratitud y quienes dan fe de que "ese pequeño cuerpo encerraba un alma gigante".

..."que aprendieron de ella como en un libro abierto porque su vida fue un permanente testimonio de entrega, de abnegación, porque no conocía el cansancio, ni el desaliento para entregarse y vivir"...

..."Vida de testimonio ratificado y sellado por el martirio"...

(Tomado de una carta enviada por una exalumna con ocasión de su muerte)

..."Sus alumnas vivieron con ella las alegrías, ilusiones y esperanzas de su SUEÑO MISIONERO que eran muchísimas veces el tema del recreo". (tomado de la misma carta).

Y así transcurrió la vida de Inés, "misionera de la educación2 hasta 1973; 19 años de espera generosa y alegre para ver cumplidos sus anhelos de ser "misionera de las misiones"; surge la inquietud por el Mitú, llanos orientales de Colombia; se ofrece generosamente, pero en reloj de Dios, aún no sonaba el campanazo esperado durante tanto tiempo. Solo después de 21 años de aguardar con paciencia y constancia, su gran anhelo se hace realidad en la misión de Shushufindi, Ecuador, Misión Capuchina de Aguarico. Allí el horizonte es infinito como su anhelo; allí su espíritu se ensanchó mientras descendía por el majestuoso y hermoso Napo, contemplando la belleza de sus paisajes, sus palmeras, sus chontas, y teniendo a la vista el encanto, la sorpresa y la ilusión de ser "misionera de verdad" (tomado de su libreta de apuntes, desde 1977).

Con cuanta fidelidad transcribe en su libreta el gozo del primer encuentro con la selva en donde se verán cumplidas las esperanzas, los anhelos vividos en 21 años esperando que sonara el fin de la hora en el reloj de Dios.

¡Cuántos momentos de oración profunda, sentida y comprometida registran esas páginas amarillentas ya por el tiempo y la pobreza del papel!

¡Con cuánta claridad sintió la necesidad de "darlo todo, que es bien poco" (tomado de la misma libreta) a esos hijos de la selva, hermanos, porque también son hijos de Dios!. Toda esta trayectoria vital se resume en la nota final, escrita antes de su partida definitiva: "Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mi, no busco nombre ... ni fama. Dios lo sabe. Siempre con todos"... Y lo que no se busca sale al paso. Inés no buscó el martirio, Dios se lo regaló.

El martirio, aun cuando es un regalo de Dios, inmerecido, se va construyendo en la fragua de la oración fervorosa y constante, de la entrega total, sin medida y sin reservas, en el abandono en los brazos amorosos del Padre.

Los 10 años vividos intensamente por Inés en la misión, la fueron cambiando, fueron templando su carácter en la fragua de su oración fervorosa, de su espíritu de pobreza. Años que fueron acrisolando el temple de su carácter recio, que nunca convino con lo incorrecto que la llevaba a tomar posiciones claras y definidas frente a lo impreciso.

Y en ese clima de oración constante y fervorosa, la recibió el amanecer del martes 21 de julio de 1987. No había luz eléctrica cuando se postró a orar ante el Señor de su vida. Solo la luz parpadeante de la pobre vela iluminó el encuentro con el Dios del amor; así de simple, como la virgen prudente del Evangelio, con la luz encendida más en su espíritu de entrega que en el pequeño cirio, testigo de su diálogo amoroso con Jesús.

¿De qué hablarían? ¿Qué se dijeron en ese momento Jesús e Inés? Ella le hablaría de su anhelo de "ir más allá" de lo común, de lo ya hecho. Le contaría que ya había escrito a la Hermana General, a la Hna. Elena, presentándole su plan, contándole sus proyectos; le dirá también que había disfrutado la gran alegría de dialogar personalmente con ella durante los días inolvidables del COMLA 3.

¿Qué faltaba entonces? La fuerza que solo viene de Dios cuando todo se ajusta a su Plan salvífico; la fuerza del Espíritu del Señor que se logra en la oración, en el abandono y eso estaba buscando a esa hora.

Y... esa fuerza se hizo presente en Inés para dar un paso más hacia los amados Tagaeris, para ir en busca de las ovejas perdidas, fiel al encargo de su Padre Fundador (cfr. LAOC 1831). Había que salir al encuentro del Esposo en la maraña de la selva, con la lámpara del amor encendida, con el aceite generoso de la entrega, del amor verdadero que da la vida por todos los que ama.

Lo demás, lo que pasó después, lo intuimos porque la vida se hizo testimonio. "Fue tan buena misionera QUE EL SEÑOR LE REGALÓ EL MARTIRIO". Así dice una de las tarjetas recibidas por su muerte.

En el cielo hubo fiesta. Luis Amigó continuó la celebración pascual que hace más de 50 años está celebrando en compañía de sus hijas mártires de la guerra española a quienes hoy se suma Inés, mártir del amor. El amor ha vencido a la muerte.

Hna. Josefina Zúñiga Deluque

t. c.

Reseña de Inés Arango

Era una mujer de temple, creyente y constante. Vivió con intensidad su fe y sus convicciones, sus angustias y esperanzas, su compromiso religioso y su testaruda voluntad de cumplir la misión evangélica. Murió traspasada en plena selva ecuatoriana, en manos de quienes consideraba sus hermanos predilectos.

Se llamaba Inés Arango y aunque muy pocos la identifican por su nombre, muchos la reconocerán si saben que fue la monja que murió entre los huaorani junto con monseñor Alejandro Labaka en 1987.

Nació en Medellín en 1937. Fue la undécima hija de una familia creyente, que la introdujo en la fe desde sus primeros años. Fue una niña traviesa y de ojos vivarachos. Se transformó en una adolescente “brincona, avispada, frentera y siempre juguetona y feliz”. Pero se empeñó en ingresar en la congregación de hermanas terciarias capuchinas. Y lo logró.

Hizo profesión religiosa en 1956 y fue destinada a la docencia en varios lugares de Colombia. Fue buena maestra, sin embargo, “su corazón estaba en otra parte”. Soñaba con ser misionera, sobre todo luego de que, con sus hermanas, leyera los documentos del Concilio Vaticano II. Luego de veinte años de espera logró su propósito y fue destinada con un pequeño grupo de religiosas a la misión capuchina de Aguarico, en el Oriente ecuatoriano.

Inés trabajó junto con sus hermanas en el hospital. En poco tiempo ya eran parte de la comunidad local, estaban cerca de la gente y habían aprendido a comer carne de mono y tomar chicha. Era feliz. La misión capuchina se había comprometido a trabajar entre los huaorani, un pueblo no contactado, y por ello enfrentó a las petroleras que presionaban por acelerar la explotación hidrocarburífera.

Inés era la más entusiasta seguidora del obispo capuchino Alejandro Labaka, que se propuso establecer relación con los huaorani. Cuando sus superioras la destinaron a una labor lejos de ellos, luchó hasta conseguir que le permitieran trabajar entre los huaorani, asumiendo conscientemente todos los riesgos. Se preparó para ello, viviendo con una familia indígena por un tiempo y aprendiendo el idioma.

El 20 de julio de 1987 el obispo Alejandro e Inés, llevados por un helicóptero, descendieron en un claro de la selva en tierras de los tagaeri, un grupo huaorani. Cuando los buscaron dos días después los encontraron muertos, con sus cuerpos traspasados por lanzas. Habían dado su vida por amor a los indígenas.

No sabía nada sobre Inés Arango, hasta que recibí como obsequio de las terciarias capuchinas, un libro de la hermana Isabel Valdizán: “Barro y vasija en la selva herida”, que es su biografía y, más que eso, una profesión de fe religiosa y misionera. Lo leí con interés y admiración. Por eso ahora se que Inés Arango no murió por casualidad, sino porque sentía que era barro y vasija en manos de Dios.

Apuntes sobre la vida de la Hna. Inés Arango Velásquez

Hna. Blanca Estela Gómez Pineda

MEDELLIN 2003

Religiosa Colombiana, nacida en Medellín, el 6 de abril del año 1937 y muerta en la selva ecuatoriana alanceada por los indios Tagaeri el 21 de julio de 1987.

PRIMERA PARTE: FAMILIA E INFANCIA

“Nací libre como el viento

de las sierras antioqueñas”

Así reza el himno de la GRAN ANTIOQUIA, donde vio la luz del día nuestra muy querida y siempre recordada herman INÉS ARANGO VELÁSQUEZ.

Entre los más grandes de Colombia

Antioquia es el sexto departamento colombiano en extensión territorial. Rico en paisajes, montañas, cerros, verdes y frescos calles, ríos, llanuras con fértiles pastos, hermosas costas a la orilla de los dos océanos que rodean a la hidalga Antioquia: Océano Atlántico y Océano Pacífico. Situado al noroeste de Colombia, es una departamento líder y promisorio.

Medellín, su capital “Ciudad Industrial de las flores” “Capital de la Montaña”, denominaciones que tiene que ver con sus paisajes, sus tradiciones, sus recursos y deseo de realizaciones, rodeada de montañas y cruzadas de sur a norte por el río Medellín, el río principal de su hidrografía. Situada en el Valle de Aburrá a 1.525 metros sobre el nivel del mar, y un promedio de 24 grados, es una de las ciudades más grandes de Colombia.Fundada en 1.675 y convertida en un gran centro industrial desde ls años 30. es hoy por hoy ejemplo de vanguardia y pujanza Antioqueña que con brazos abiertos recibe visitantes de todo el mundo, Medellín mezcla la majestuosidad del Valle de Aburrá (llamado así por los indígenas que lo habitan a la llegada de los españoles), con la armoniosa combinación de estructuras del siglo XX, con el verde de sus árboles primaverales y as imponentes montañas que sirven de murallas alrededor de la ciudad.

Para aquel entonces, en tiempo de la niñez de Inés, todavía Medellín no tenía el aire majestuoso de ciudad, pero ya se vislumbraba el crecimiento y progreso que iba alcanzando en el campo económico, social, cultural, comercial, etc. Inés llevaba en sí, muy adentro, el espíritu de verdadera paisa, cuyas características entre otras son:

Es un ser amable al saludar, fuerte y decidido al estrecha la mano; malicioso y hábil al hablar de negocios, franco y fiel a su palabra, brusco al decir la verdad, pero lo que dice es cierto, optimista en la derrota, alegre en el triunfo. No importa donde haya nacido, porque es tan especial, tenaz, laborioso, soñador, tierno, honrado, trabajador, hablador, que capaz de nacer donde le plazca sin dejar de ser un paisa, es regionalista porque se siente orgulloso de lo suyo y seguro de lo que es. Trabaja a diario por Colombia; le ama sobre todo y ante todo. Si lo ve podrá decirle al mundo que conoció un Paisa.

SUS PADRES Y ANTEPASADOS.

En uno de los barrios de Medellín, en el BARRIO BELÉN, vio la luz de l día una niña para quien la providencia tenía reservados caminos impredecibles.

Allí vivía por aquel entonces el ejemplar y patriarcal matrimonio formado por don Fabriciano Arango y doña Magdalena Velásquez, descendientes ambos de raza antioqueña, de fervientes principios cristianos, practicantes y defensores de su fe, la que sabiamente con palabras pero sobre todo con su ejemplo, con su testimonio de vida, fueron infundiendo cada día a sus hijos, testimonio que dejó en ellos huellas imborrables y fue siempre una impronta que los guió y definió en sus decisiones ante la vida y como cristianos.De esta unión matrimonial vino al mundo una corona de 12 hijos: 5 varones y 7 mujeres, familia que iba creciendo y bebiendo de tan precioso árbol la nutriente savia que alimentara la vivencia de una vida de fe, de temor de Dios, y de confianza sin límites en la Providencia.

El ambiente familiar de donde provenían don Fabriciano y Doña Magdalena, fue un ambiente “levítico”. Ellos mismos fueron alimentados y vivificados en hogares recios y fuertes en virtudes. Sus familias provenían de esos troncos que a manera de robles se yerguen para responder valientes las arremetidas de la vida. Encontramos en su árbol genealógico hermanos, tías y tíos sacerdotes, misioneros y sobre todo una familia muy enraizados en el árbol franciscano ¿Qué extraño que al formar su hogar, fuera éste una prolongación y remedo de lo que cada uno vivió en el suyo?

En la unión matrimonial formada por don Fabriciano y doña Magdalena se dieron a cabalidad las características del matrimonio cristiano: unidad e indisolubilidad, fidelidad y fecundidad. Y como fruto precioso Dios les regaló doce hermosos y promisorios descendientes: Hernán, Fabiola y Orfa; Rafael, Otto, Angela, Magdalena, León y Conrado, Cecilia, Inés y Ana Isabel.

Siete mujeres, cinco varones, siendo Inés entre los doce, la undécima, Cada nuevo hijo traía a la familia nueva alegría, nuevas esperazas, nuevo planes de vida para el futuro.

La vida en familia se iba desarrollando normalmente: un papá laborioso dedicado a su trabajo en la Banca, donde fue escalando diversas posiciones, gracias a su dedicación honradez y pulcritud de costumbres, un poco apretada la situación económica, según testimonio de uno de sus propios hijos, y nada de extrañar, debido al duro pero gozoso compromiso y a la obligación moral de sostener y levantar familia tan numerosa, doña Magadalena dedicada de lleno al cuidado de sus hijos y del hogar; laboriosa y difícil tarea,. Gracias a que aún no se ha dado la liberación femenina, tuvieron estos hijos la fortuna de gozar de lleno de los cuidados, mimos y detalles de su mamá.

Fue un hogar alegre y dinámico, con la presencia de chicos llenos de vida, energía e inquietud. Hogar de sanas costumbres y tradiciones, no fue golpeado por la degradación de sus raíces, tales como la ambigüedad acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, ni por la desintegración familiar, etc. Al contrario, fue un centro de transmisión de valores con el testimonio de cada día, viviendo a cabalidad o aprendiendo de sus mayores las costumbres de la época,: misa diaria desde pequeños los que eran conducidos por sus padres, rosario, catecismo dominical, salidas y expansiones siempre juntos, todo un beber en las fuentes el agua fresca de una fe robusta, futuro esperanzador para esos hijos que poco a poco se van abriendo a la vida y buscaron quien antes, quién después, su realización personal sin encontrar oposición, sino orientación y apoyo en clima de libertad.

En cuanto a su hogar, Cecilia su hermana dijo:

“Nuestro hogar podemos decir que fue modelo de piedad, fervor y religiosidad, ya que mis padres fueron verdaderamente cristianos. Con un gran amor a la Virgen Dolorosa, todos los problemas eran colocados en sus manos… todas las noches se rezaba el rosario y antes de ir a la cama cada uno pedía la bendición y recomendaba se le llamara para ir a la Misa al día siguiente”

Con el pasar de los años estos hijos fueron encontrando caminos de futuro y se organizaron: Fabiola, Cecilia e Inés, Terciarias Capuchinas. Los varones todos, formaron sus hogares y los bendijeron con el sacramento del matrimonio, semilleros y ejemplo para sus hijos, dando lo que ellos recibieron en abundancia… hombres de negocios, profesionales otros, comprometidos con Dios, con la patria y con la sociedad a la que pertenecen o pertenecieron. Al igual que Orfa, Magdalena y Ana Isabel, Ángela permanece soltera, desde ese estado realiza un importante papel como cristiana comprometida, respondiendo desde allí a su plan de salvación, porque aunque estuvo algunos años formando para de la comunidad de Hermanas Terciarias Capuchinas, poco a poco fue discerniendo que su lugar estaba como laica, ayudando a quienes lo necesitan, y como lo hace cada uno y cada una, desde el lugar de su realización y cumplimiento de su misión. Para este momento, ya varios han pasado a la Casa del Padre: Rafael, Otto, Conrado, Orfa.

BAUTISMO CONFIRMACIÓN, PRIMERA COMUNIÓN

La pequeña Inés recibe, como todos los niños de la época, las aguas bautismales a los pocos días de nacida, en la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de Belén, costumbre con la cual la Iglesia quiere ser fiel al mandato del Señor y además, siempre ha estimado que no se debe privar a los niños del bautismo durante mucho tiempo, sin justa causa. Es también una tradición memorable que se debe respetar. Este acontecimiento produce en la familia alegría y regocijo.

Siguiendo el hilo conductor de su infancia, llegamos a la recepción del Sacramento de la Confirmación, donde reafirma su condición de cristiana, adquiere una configuración más profunda con Cristo y una mayor abundancia del Espíritu Santo, Espíritu que le dará la plena madurez en la fe hasta las últimas consecuencias, hasta la inmolación en la cruz del martirio, como en ella se realizó.

Recibió este sacramento el 6 de octubre de 1940 de manos del entonces Arzobispo de Medellín, Monseñor JOAQUIN GARCÍA BENÍTEZ, sacramento que recibió en compañía de su hermana Cecilia. Tenía entonces 3 años y medio.

La Primera comunión la recibió en el Colegio de la Presentación de Medellín cuando cursaba el Infantil, apenas abriéndose a la vida, y con el entusiasmo y la limpieza de quien en la flor de la inocencia se acerca a recibir al dueño de la vida desde siempre y para siempre.

La niñez de Inés sigue su curso, desarrollándose al ritmo de las exigencias y costumbres de cada día, suave y tranquila al lado de sus padres, hermanos y hermanas en actividades, juegos y distracciones propias de su edad.

En 1944 ingresa al Colegio de la Presentación donde cursa el Infantil y los grados primero y segundo de educación primaria. Los grados tercero, cuarto, quinto y parte del 1º. De Bachillerato los cursa en la escuela normal de la ciudad, dirigida por honorables y especializadas pedagogas, muy admiradas en la sociedad.

Sus actividades en esta época son las normales para una niña de sus edad: asiste puntual y gozosamente al Catecismo Dominical, donde participa de todo lo planeado y organizado por quienes lo dirigían. Es huésped seguro en las fiestas infantiles a las que asistía en compañía de sus hermanas, ya que vivaracha como era, todo lo disfrutaba a cabalidad. En Navidad asistía al rezo de la Novena al Niño Jesús y participaba del canto de villancicos y coros navideños.

SEGUNDA PARTE: ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Con el devenir de cada día, Inés fue entrando en la adolescencia, periodo crítico plagado de ajustes y problemas. Se entra en la adolescencia con buena parte de los sentimientos, actitudes, capacidades y dependencias de la vida anterior. Lo normal es que culminada esta etapa ya se esté preparando para comportase como persona responsable y adulta.

Un autor desconocido escribe acerca de esta etapa:

“No estas sólo. Perteneces a una familia y a unos amigos. Formas parte de un pueblo o ciudad, de una tierra, de un país y de una cultura. Goza y disfruta con las cosas y personas que la vida ha puesto en tu camino; hacerse mayor es una hermosa aventura que exige esfuerzo y no un juego para caprichosos”.

Como su hermana Fabiola, Terciara Capuchina, había sido trasladada a la Normal La Mercede Yarumal, dirigida por esta comunidad religiosa, Inés se fue a su lado a continuar sus estudios; ahí termina el 1º. Bachillerato que había iniciado en la Normal Antioqueña cursa además el 2º. e inicia el 3º. Esto hasta 1953, cuando su hermana es trasladada nuevamente y entonces Inés también emprende viaje de regreso a Medellín.

Al regresar de Yarumal, en su casi obsesión por realizar su sueño misionero, resuelve entrar de aspirante a la Comunidad de las Hermanas Misioneras de la Madre Laura, donde solo permaneció por escasos meses, fue un paso fugaz, ligero, como decisión tomada también a la ligera por una adolescente sin experiencia de la vida,. Su destino estaba en otro lugar, ya la Providencia le iría mostrando los caminos, como en efecto sucedió. Al salir del aspirantazo en 1953 se matricula en el Colegio María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas, donde termina el tercer año de bachillerato y cursa el 4º. año.

En esta época de su adolescencia se descubren en ella rasgos muy característicos de su edad y su temperamento: decisiones rápidas y poco estables; temperamento franco, ardiente, búsqueda de un ideal que para aquel entonces, aún no lograba. Sus hermanas carnales, sus compañeras de colegio, han dejado constancia de en sus testimonios de algunas manifestaciones en su actuar. La describen: amante y delicada con sus padres y en general con su familia, muy fuerte su devoción a la Sma. Virgen, su amor por las misiones por las que trabajó con empeño y dedicación en las jornadas misionales que se organizaban. Por sus venas corría sangre misionera, familiares muy cercanos de sus padres se destacaron como misioneros infatigables. Cuenta una prima salesiana que cuando recibió la primera comunión le dijo: “Yo seré monjita para entregarme a las misiones”

Se granjeaba el cariño de cuantos rodeaban por su sencillez y su alegría. Tenía una risa contagiosa, amante de la verdad, era transparente, no aceptaba nada incorrecto, lo que la hizo aparecer a veces como intransigente, poco tolerante.

De gran sensibilidad para con los pobres y necesitados. Del dinero que le daban para sus dulces y gastos semanales reservaba para compartir con ellos, sobre todo con los indígenas que siempre fueron soñado ideal. Tuvo muchos admiradores, pero su vista miraba otros horizontes, cuando se presentaban para visitarla siempre buscaba quien la sustituyera, el Señor no la llamaba al matrimonio, así lo expresó en varias oportunidades.

TERCERA PARTE: NACIMIENTO DE SU VOCACIÓN.

“Mi vocación es un fuego que llevo en el alma, con susurros de amor y de calma, como un viento que corre veloz, no es ilusión, no”

Cantaba con energía y alegría. Desde pequeña Inés sintió siempre en su corazón el fuego abrasador que la impelía a mirar hacia arriba y escalar las alturas de la santidad y de la entrega. La gracia de Dios la iluminó e impulsó a consagrarse a Dios plenamente y para siempre. Son llamadas a las que no se puede resistir sino que llevan a la entrega sin reservas.Fiel a este fuego e impulso misionero ingresa en la comunidad de las “Hermanas Misioneras de Maria Inmaculada y de Santa Catalina” comúnmente conocidas como Misioneras de la Madre Laura o más familiarmente, Lauritas.

LAS MISIONERAS DE LA MADRE LAURA Son una congregación colombiana, netamente misionera, fundada para construir el reino desde los más pobres, por la Madre LAURA MONTOYA UPEGUI, nacida en Jericó, Antioquia, Colombia, en 1874 y muerta en Medellín el 21 de octubre de 1949.

El 5 de mayo de 1914 salieron de la ciudad de Medellín, Laura Montoya Upegui en compañía de su madre y cinco jóvenes valerosas, iniciando lo que ella denominó “la obra de los indios”. El 14 de ese mismo mes y año, funda la congregación en las selvas antioqueñas de Dabeiba, con los indígenas Catíos.

La madre Laura tuvo una visión universal de su misión, celo sin límites de lugar, ni personas, ni tiempo, se afirma en su biografía;

Al morir la madre Laura deja 90 casa fundadas en tres países: Colombia, Ecuador y Venezuela, y su carisma misionero sigue latente como respuesta al “tengo sed” grito de Jesús en la cruz desde el abandono y la marginación en que se encontraban los indígenas. A esta congregación ingresó Inés cuando regresó de Yarumal, movida por el anhelo, casi que obsesión de ser misionera, ye entregarse a la evangelización de los indígenas; decisión ligera, sin mucha maduración, propia de sus edad adolescente, pero de admirar porque dio el primer paso para alcanzar lo que tanto anhelaba. Pero así como ingresó, rápidamente, así fue su decisión para salir. Permaneció únicamente por tres meses. Fue un paso fugaz, tres meses, pues no era el lugar para la realización y consumación de su vocación, y mas concretamente de su vocación misionera, solo que en su inquietante búsqueda creyó seria en el seño de esa comunidad donde encontraría el terreno propicio para la realización de sus sueños, pero… mis caminos no son vuestros caminos.

Cuenta una de sus hermanas, que una tarde llegó al convento de la Madre Laura doña Magdalena, su mamá, a cancelar el aporte que debían hacer las aspirantes; no la llamaron donde su mamá, pero ella, no se sabe cómo, la vio llegar y cuando se disponía a regresar a casa, la llamó y le dijo desde lejos, “mamá, espéreme que yo me voy con usted, yo no que quiero quedar más aquí” ¿Motivo?... en última instancia, caminos de la Providencia que guía amorosamente nuestros pasos en el caminar hacia el Padre, porque “Yo soy el barro, Tú eres el Alfarero Señor”. Al retirarse del aspirantazo de la Madre Laura, continúa estudiando el 3er. Año de bachillerato en el colegio de María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas. Corría el año 1953.

Las Hermanas Terciarias Capuchinas fueron para Inés como un ambiente natural desde su infancia, puesto que su Hna. Fabiola ya pertenecía por aquel entonces a esta comunidad y así tuvo desde pequeña la oportunidad de familiarizarse con las hermanas, conociéndolas poco a poco.

Esta comunidad fue fundada por FRAY LUIS AMIGO Y FERRER Obispo de Segorbe, el 11 de mayo de 1885.

En 1884 el joven Luis de Massamagraaell contaba solo 30 años, cuando movido por el Espíritu emprendió la colosal aventura de fundar esta comunidad, y cuatro años más tarde fundó la Comunidad de los Padres Terciarios Capuchinos de Ntra. Señora de los Dolores.

El Padre Luis había nacido en Massamagrell – España – el 17 de octubre de 1854. Desde niño sintió la llamada del Señor para consagrarse a su servicio. Después de vencer varias dificultades ingresó a la Orden Capuchina en Bayona Francia, el 12 de abril de 1874; tenía entonces 19 años; al regresar a España fue ordenado sacerdote en 1879.

Desde Massamagrell, su pueblo natal, ejerció su apostolado con varios grupos seglares y fue precisamente trabajando con estos grupos donde recibió la inspiración de fundar sus dos congregaciones, como él mismo lo escribe:

“El progreso siempre creciente de la Tercera Orden Seglar y el deseo de mayor perfección de algunas almas que querían consagrarse a Dios, me impulsaban ya mucho tiempo a intentar la fundación de una Congregación de Religiosas Terciarias Capuchinas y, creyendo ser voluntad de Dios, empecé a escribir unas Constituciones implorando para ello el auxilio divino” [1]

La forma como surge esta Congregación pone de manifiesto los designios ocultos del Señor. El Padre Luis al escribir las Constituciones dejó muy en claro el espíritu propio de la Congregación. Le debe distinguir el espíritu cristiano en el amor y enmarcar su vida en la penitencia y en la minoridad franciscanas, dedicándose unas veces a la contemplación y otras a socorrer, con dedicación y esmero, las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, como la expresa en sus escritos:

“Las hermanas servirán al Señor en vida mixta, entregándose unas veces a las dulzuras de la contemplación y dedicándose otras, con solicitud y desvelo al socorro de las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, en los hospitales, asilos y casas de enseñanza… si en algún día La Sagrada Congregación de Propaganda FIDE las pidiese para las misiones entre infieles, se prestarán con toda docilidad”.[2]

En 19885 el mismo año la fundación de las Hermanas Terciarias Capuchinas se desató en España, y sobre todo en Valencia, una terrible epidemia de CÓLERA ASIÁTICA que afectó profundamente la población, a tal punto que no encontraban quien atendiese a los enfermos ni quien le diera sepultura a los muertos.

Las autoridades angustiadas acudieron al Padre Luis pidiendo su heroica ayuda. Él expuso la situación al grupo de Hermanas que apenas iniciaban. Todas se ofrecieron generosamente. Cuatro se fueron a prestar el servicio en Massamagrell, y tres de ellas murieron contagiadas de la enfermedad.

Dejemos que sea el Padre Luis quien nos narre:

… “Por ser este un acto heroico me limité a exponer a las religiosas la petición y decirles que si alguna se veía con ánimo para ejercer la caridad me lo dijiese. No hubo alguna que no se ofreciese al sacrificio. Se designaron cuatro que fuesen a Massamagrell…” [3]

El diario “Las Provincias” se hizo eco del heroísmo de las hermanas de la naciente comunidad;

“Una simple invitación que los vecinos de Massamagrell hicieron a las hermanas terciarias capuchinas ha sido bastante para que se ofreciera toda la comunidad a asistir a los enfermos coléricos, siendo preciso que la superiora contuviera su fervor marchando solo alguna de ellas… es de desear que estas heroicas mujeres que en aras de la caridad corren a los sitios más peligrosos para cuidar a los coléricos, se prevengan en lo posible la epidemia”.[4]

Como se aprecia, ya desde sus inicios la congregación da muestra de la entrega y vocación martirial de sus miembros.

Corría el 1954, año centenario del nacimiento del Padre Luis; una solemne celebración Eucarística se había preparado en el Noviciado Getsemaní, situado en Medellín, Belén para conmemorar este gran acontecimiento. A esta celebración fueron invitados los familiares de las hermanas, y la Hna. Fabiola hizo a Inés una invitación especial. Como era de esperar, la inquieta y dinámica Inés asistió llena de entusiasmo.

“En esta celebración iba a ingresar una joven – cuenta su hermana Cecilia que en aquel momento era novicia terciaria capuchina – cuando Inés se dio cuenta de ello, acudió donde la Madre Provincial, y le pidió que la recibiera. Ella le respondió que imposible, que estaba muy joven y que sus papás no sabían nada; siguió insistiendo y entonces la Madre llamó a Fabiola y le consultó. Decidieron entonces que ingresara y llamaron a la casa para dar esta noticia a mis padres, quienes al instante acudieron presurosos para asistir al ingreso… ”

Y en otra nota apunta la misma hermana:

“Su ingreso fue a las 11 a.m. después de la Misa Solemne en una sencilla ceremonia en la que se cantaban la Salve Regina, y luego el abrazo de toda la comunidad como señal de acogida. Desde ese momento solo pensaban en su misión, cada vez que tenía oportunidad de manifestar este deseo, lo hacía”.

PARTE CUARTA: SOR MARIA NIEVES DE MEDELLÍN

Con inmensa alegría, no pos eso sin dolor, Inés se despidió de los suyos, feliz de iniciar el camino que tanto había buscado y anhelado y que al fin se veía transitándolo en búsqueda de la realización de su ideal.

La esperó y acogió su familia religiosa quienes con verdadero amor fraterno la recibieron con un abrazo que no se quedó en simple símbolo de acogida, sino que se fue haciendo día tras día realidad. Inició entonces el Postulantado, tiempo destinado a la preparación para recibir el Hábito religioso, tiempo previo al Noviciado.

“Porque es imposible conocer a primera vista las cualidades de una joven y su vocación, ni esta, si los rigores de la Orden son o no sobre sus fuerzas, por eso antes de darle el Santo Hábito, se le tendrá como postulante, el cual tiempo pasará en el noviciado siguiendo en un todo los ejercicios a que se emplean las novicias”.[5]

Su maestra de Postulantes, la Hermana Esperanza Vélez en sus testimonios nos dice de ella, acerca de cómo la vio en el postulantado.

“Era una persona muy decidida en su vocación, alegre y fervorosa especialmente en sus relaciones con el Señor Sacramentado y con la Inmaculada, una persona muy servicial dispuesta para todo, ningún trabajo era grande para ella, inquieta espiritual y físicamente, no se sabia estar en un solo punto mucho tiempo, era activar por naturaleza, de un modo de ser muy agradable, buena con sus compañeras, amiga de ayudar al que necesitaba y como tenía muchas cualidades podía ayudar mucho porque no solo intelectualmente era muy cualidades podía ayudar mucho porque no solo intelectualmente era muy capacitada, sino que humanamente tenía muchos dotes. El defecto que siempre se le corrigió a Inés era que era muy primaria, sus respuestas duras que de inmediato le causaban remordimiento, porque era una persona muy delicada de conciencia, como ella era así a la carrera quería que todo el mundo marchara a su compás y eso no se consigue”.

El periodo duraba seis meses o un poco más los que pasó en el Noviciado “Getsemaní” en Medellín. Transcurrido este tiempo tiene lugar la “Toma de Hábito” el dos de julio de 1955, ceremonia que fue presidida por el sacerdote José Lozano, terciario capuchino. Como era costumbre recomendada por el mismo padre Luis, cambió su nombre de pila por su nombre de religión SOR MARÍA NIEVES DE MEDELLÍN

Con la investigación del hábito se inicia el Noviciado y con esta etapa se inicia propiamente la Vida Religiosa. Es un tiempo más largo y con mayores responsabilidades y más fuertes decisiones; tiempo dedicado a que las novicias se arraigan más en la virtud y adquieran el espíritu seráfico que debe animar a las hijas del Patriarca de Asís, aprendiendo en que consiste la vida de la perfecta religiosa y verdadera terciaria capuchina.[6]

El año del noviciado transcurrió normalmente; alegre como era, la infundía diáfana y ampliamente a sus compañeras, sorteando con valentía las inevitables dificultades, convencida de que la fe no las elimina y porque sabía que Dios vela y camina con nosotros aunque algunas veces a distancia. Puede parecer que Dios está ausente pero El no puede permitir que se hundan los suyos aunque deja actuar las causas segundas; lo definitivamente grave es el hundimiento de la fe. Pero pasaron los días e Inés continuó firme en su caminar.

Transcurrido el año de noviciado hizo su Profesión Religiosa el 7 de Julio de 1956 en Eucaristía que presidió el Padre Aureliano Restrepo cuando contaba con 19 años de edad.

Con la Profesión Religiosa terminó la etapa de formación y pasó entonces a ejercer el apostolado en las diferentes obras que tenía la Provincia de San José. Fue designada para dedicarse a la tarea de la Educación.

QUINTA PARTE: SOR MARIA NIEVES COMO RELIGIOSA Y COMO EDUCADORA

Desde siempre y por siempre Inés soñó con ser misionera lo hemos afirmado ya varias veces, y misionera entre indígenas, pues en el sentido amplio de la palabra, todos somos misioneros al cumplir cada día la misión que Dios nos encomienda.

Como la Provincia no tenía obras dedicadas a las misiones entre indígenas, fue destinada a trabajar en los colegios que tenía la Provincia a los que Inés les dedicó buena parte de su vida, con entrega, dedicación y esmero. Prueba de ello son los diferentes testimonios emitidos por sus alumnas y hermanas que trabajaron con ella.

Inicia su misión como educadora, al estilo de Jesús, como misionera itinerante, por quien ella se dejó guiar, combatiendo con energía las debilidades naturales con fuerza certeza y seguridad a la manera de San Pablo: “Sé de quien me he fiado”. Cumplió con dedicación su trabajo, con sentido de humor para ver la vida con alegría y optimismo. Por eso porque era una hermana alegre, era de esas personas que conservan siempre su juventud, por eso era muy atrayente para con las alumnas con quienes siempre tuvo muy buenas relaciones; exponía sus puntos de vista sin violentarlas, les sabía exigir cuando era necesario sin violentarlas. La Hna. María nieves, la joven educadora, gozó siempre de gran acogida entre sus alumnas, quienes acudían a ella a pedir orientaciones especiales en sus momentos difíciles y siempre se retiraban confortadas y animadas.

En 1956 apenas emitió su primera profesión fue destinada al colegio “Manuela Beltrán” en Versalles (valle del Cauca), pero al siguiente año 1957 pasa al Colegio “Santa Inés en Bolívar 8Antioquia). Su Superiora local, la Hna. Blanca Myriam Arroyave, en su testimonio entre muchas cosas dijo:

“… El Señor me regaló convivir con la Hna. Inés en dos ocasiones, en Bolívar y años después en Armero, la conocí muy a fondo, guardo gratos recuerdos de ella y ahora como en aquel entonces sigue siendo mi ayuda. Fue siempre la persona generosa, activa, en sumo grado, nada se le dificultaba… leía en su mirada franca y sincera que me decía: ¿qué necesita? La alegría fue siempre una característica muy especial suya…”

En 1958 fue trasladada al Colegio “Santa Rosa de Lima” en Jericó (Antioquia); aquí emitió su profesión perpetua el quince de agosto de 1959 al cumplir tres años de votos temporales, en Eucaristía oficiada por el Señor Obispo de la Diócesis Monseñor Antonio José Jaramillo.

Allí estuvo acompañada por su familia en momento tan importante y decisivo para quien ha consagrado su vida al Señor, y poder hacerlo ahora en forma definitiva; esto en lenguaje jurídico, puesto que teológicamente hablando la entrega definitiva ha sido desde el sí de la Primera Profesión.

Acariciando y esperando el momento de marchar a las misiones, continúa prestando sus servicios como educadora. En 1960 estuvo como en la Norma “Nuestra Señora del Carmen” en Cereté (Cordoba), donde además obtuvo su título de Normalista Superior en 1964. Continuó laborando en el mismo establecimiento hasta cuando al finalizar 1967 es trasladada al Colegio “Sagrada Familia” en Armero (Tolima)

De sus alumnas se tiene testimonios valiosos y gratificantes. Citamos los de Eyder Tocher hoy terciaria capuchina:

Escribiendo a hna. Cecilia Arango le dice:

“Tu sabes el cariño la gratitud de quienes tuvimos la dicha de ser sus alumnas y más las internas… vivimos tan cerca alegrías, triunfos, fracasos,… ese pequeño cuerpo encerraba un alma gigante,… aprendí de ella como de un libro abierto, porque su vida fue perenne testimonio de entrega, de abnegación. Inés no conocía el cansancio para entregarse y servir”.

Los años 1969 – 1971 los vive en la Normal “La Merced” de Yarumal donde encontró gratos recuerdos de su adolecía y donde encontró a la Hna. Esperanza Vélez como superiora de la Comunidad, la misma hermanas que había sido su muestra de postulantes….

Pasa luego al colegio de María de El Peñol (Antioquia), en 1974 fue trasladada al Colegio La Inmaculada de Puerto Berrío donde regresó en 1976, después de estar en el colegio La Inmaculada de Medellín y nuevamente en Armero en 1975.

Veinte años de paciente y desesperada espera para ser “misionera de verdad” como ella misma lo decía. Veinte años como educadora cuando su mirada siempre estuvo con las misiones, pero es Dios quien mueve y el hombre es movido por Dios.

“Yo me entré para ser misionera y me han dejado de maestra, ayúdeme usted que puede”, decía a la Hna. Ana Dolores Rojo en diálogo con ella, Superiora provincial de entonces. El Evangelio invita a estar abiertas a eventualidades dispares y opuestas.

Cuando la Hna. Beatriz Arbeláez (q.e.p.d.) se le solicitó hacer un flash acerca de Inés, escribe:

“Una mujer dinámica, entusiasta, activa, emprendedora, destacaría especialmente su dinamismo y su sentido de responsabilidad, su inquietud por la evangelización. Yo la conocí en Armeo, y además desde su trabajo como educadora con Amelia Echeverri se iban después de terminar las clases del colegio a una hacienda a dar catequesis a los niños que se preparaban para recibir los sacramentos; yo admiro mucho ese trabajo, porque el clima de Armero es muy fuerte, demasiado caliente, ellas no conocían la fatiga… Dentro de la comunidad era muy diligente y ágil poco paciente para acostumbrarse al ritmo de los otros, un poco colérica y tajante, cuando tenía que decir las cosas, su dinamismo la llevaba actuar así. Esto aunque pudiera verse como negativo es también muy positivo depende de uno según con quienes uno viva; personas así ayudan a despertar una comunidad a dinamizar un grupo”.

Y llegó la hora marcada y fijada por Dios para abrir a Inés el camino hacia la plenitud de sus sueños e ideales durante una vida y una larga espera ¡Misionera de verdad!

Fue su único ideal, como lo repitiera meses antes de morir, sueño al que hubo que esperar para verlo realizado, pero no porque ella no lo hubiera buscado y tocado en muchas puertas sin obtener respuesta inmediata. Cuando la provincia de la Inmaculada empezó una misión en el Zaire. Inés pensó que también ella podría ser misionera en Africa, como 5 hermanas de esa provincia que en 1971 llegaron a Kansenia.

En 1973, cuando se hablaba de la misión en Mitú a cargo de la Provincia del Sgdo. Corazón en los Llanos orientales de Colombia, Inés presentó una petición escrita para formar parte de la misma, pero esta solo se inició en 1978.

A petición del Superior de la Misión de Aguarico en el Ecuador y Prefecto Apostó lico de entonces Monseñor Jesús Langarica, las hermanas Terciarias Capuchinas llegaron a Ecuador en 1977 y en esta ocasión Inés fue designada para ir a trabajar en esa misión.

Al fin se cumplió su sueño tan acariciado, anhelado y esperado, ahora sí ¡misionera de verdad! Ahora sí tiene ante ella el inmenso horizonte y las selvas tanto tiempo deseadas y añoradas.

Ahora puede respuesta a esa vocación especial a la que el Señor le llamó, inmenso regalo como toda vocación; ahora puede saciar la sed de Jesús entre los más pobres y necesitados.

Nuevamente es la hna. Cecilia habla y describe la vocación misionera de su hermana, desde su pronto de vista:

“Tuvo que esperar 20 años para que al final la mandaran a las misiones. Llegado el momento no vaciló. Tenía muy claro en su mente y corazón las características de un buen misionero: pobreza absoluta, desprendiéndose de sus seres más queridos, su patria y hasta de su lengua, ya que tenía que aprender algunos dialectos, pero feliz marchó, sin tener en cuenta la enfermedad de mi mamá y también su edad avanzada. Marchó con el mayor entusiasmo y alegría sin limites… en todo lo que hacía y admiraba, contemplaba la presencia de Dios como lo hiciera San Francisco de Asís”

Inicia Inés una nueva etapa de su vida, llena de ilusiones y plena en realizaciones, esperando llevar a cabo los planes que durante una vida acarició, asumiendo realidades impensables pero aceptadas de antemano, pues bien sabía los riesgos que correría en sus peligrosos pero anhelados viajes en la misión. Fue su gesto, fue su anhelo, fue su ideal.



[1] AMIGO. Luis, OCLA, 68 Cf. Idem # 96

[2] AMIGO, Luis OCLA, 22 93

[3] Idem, 84

[4] Las Provincias (Periódico de Valencia) en IRIARTE, Lázaro, Historia de la Congregación de Terciarias Capuchinas. Roma 1985, p. 32

[5] AMIGO, Luis, OCLA 2300

[6] AMIGO, Luic, OCLA 2301 y 2302

Aporte de la Hna. Inés a las mujeres huaorani

Refiriéndonos al tema que nos ocupa en esta mañana yo diría que nuestra querida Hna. Inés Arango mártir hace ya casi 25 años, no aportó sólo a las mujeres wuoranis sino a muchas mujeres a lo largo de su vida, entre ellas sus hermanas de comunidad dentro del espacio de convivencia, ya dentro de su misión evangelizadora aportó a sus alumnas cuando se desempeñó como educadora en Colombia.

En el tiempo que compartió su vida en Ecuador tuvo ocasión de relacionarse y aportar a las mujeres de la cultura Siona, Secoya, Cofán , también a las mujeres colonas de su tiempo pero de manera especial lo hizo con las mujeres wuaoranis a quienes amó entrañablemente y por quienes ofrendó su vida.

¿Qué fue lo que aportó? Lo que ella era y podía hacer, porque “Nadie da lo que no tiene” Inés tenía mucho para dar.

He dividido el aporte de Inés en tres partes:

SU SER DE MUJER INTEGRADA

Plenamente identificada con su género Inés se sintió a gusto con su ser femenino encarnó valores que son propios de la mujer y los compartió con quienes ella tuvo oportunidad de relacionarse y trabajar.

Mujer de alegría contagiosa, atenta a lo que acontece a su alrededor especialmente sensible a las necesidades de los demás y pronta para ayudar en lo que le era posible; mujer de detalles, disponible para el servicio desde lo más sencillo.

Considero que esto es importante ya que el primer y más importante mensaje se da con la vida, siendo coherente. Inés nos dio ejemplo de mujer fue referente…

Su vida antes y hoy nos permite leer lo que Dios quería para los hombres y mujeres necesitados “que Dios les ama y que son importantes…tan importantes que envía personas que les ayuden arriesgando incluso su propia vida”.

IDENTIFICADA CON SUS RAICES CULTURALES

Sabemos que lo que desde niños hemos vivido y recibido tanto en el seno de nuestra familia como en el entorno y circunstancias sociales va formando nuestra personalidad y dándonos una manera concreta de ser y actuar en el presente frente a las circunstancias. Constituye este aprendizaje una riqueza que todos tenemos.

Hablando de Inés tuvo la bendición de nacer en una familia numerosa, de raíces cristianas, en un lugar llamado Medellín en el departamento colombiano de Antioquia.

Hago alusión a esto porque al contemplar a Inés nos encontramos con una exponente fiel de su cultura. Su tierra natal (Antioquia) está habitada por personas con unas características concretas como son: ser amables al saludar; fuertes, decididos y listos, hábiles al hablar de negocios, francos y fieles a su palabra, bruscos al decir la verdad, Optimistas en la derrota, no se dan por vencidos con facilidad incluso esta actitud es acuñada por la frase “Antioqueño no se vara”, son alegres en el triunfo, especiales, tenaces, laboriosos, soñadores, tiernos, honrados, trabajadores, habladores en sentido de ser expresivos, muy sociables; se sienten orgullosos de lo suyo y seguros de lo que son.

Estas características las vemos plasmadas en el ser y hacer de nuestra hermana Inés, gracias a ellos pudo asumir los restos que suponía adentrarse en la selva en una misión que demandaba mucho de riesgo, fortaleza, habilidad, tenacidad, etc.

Pudo trabajar en equipo con Mons. Alejandro y con otros y otras misioneros y misioneras que en numerosas ocasiones les acompañaron en sus viajes. Gestionó ayudas para solucionar las necesidades de “sus indios” como en confianza le decían pero como he dicho desde el comienzo no sólo ayudó a las comunidades indígenas sino a cuanta persona llegará a solicitar apoyo.

Por su alegría y sociabilidad era muy conocida de la gente, su compartir contagiaba a los demás que podían percibir en sus palabras el amor a los hermanos huaorani y su convicción para ayudarlos, esto involucraba a sus oyentes suscitando palabras de ánimo, gestos de solidaridad en función de su preferidos e incluso después de su muerte motivación vocacional al seguimiento de Jesús.

Inés amó lo que era y desde su ser amó lo que los otros eran.

CONSAGRADA Y MISIONERA A PLENITUD DESDE UN CARISMA CONCRETO COMO TERCIARIA CAPUCHINA DE LA SAGRADA FAMILIA.

Leemos en sus escritos y los testimonios de nuestra hermana Inés que desde niña soñaba con ser misionera…

La providencia le abrió las puertas de nuestra Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia en una fecha muy importante el año centenario del nacimiento de nuestro fundador.

Ya dentro de la experiencia que ella misma y las hermanas nos narran en la crónica y otros escritos podemos hoy afirmar que aunque Inés soñaba con ser misionera entre los indígenas su camino para lograrlo fue lento y Dios la fue madurando como solo él lo sabe hacer… ya que una de las especialidades de Dios es la paciencia…él no se ha contagiado de nuestras prisas.

En los años que anteceden a su llegada al Ecuador ella asimila muy bien los valores que nos identifican como Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia.

El seguimiento a Cristo.- Vemos a Inés convencida de su vocación, su vida está centrada en Cristo, es una mujer orante…se siente llamada y enviada

En comunidad fraterna.- Inés construyó fraternidad con sus cualidades y limitaciones.

Minoridad.- Tenía claro lo que era ponerse al servicio de los demás en lo más sencillo…y nos lo recalca muchas veces no busca su propio interés, ni sobresalir… no busca fama…

Entre los pobres.- Solo quiere ser hermana y estar entre los más pobres como el maestro, Jesús y como nuestro Fundador Luis amigó que tuvo una especial sensibilidad para con los más necesitados en su tiempo.

Esto implica cambio de mentalidad y capacidad de transformación como exigencia de fe. Conlleva asumir la propia cruz, negarse a sí misma dejando que Dios tome la iniciativa por su sola misericordia.

En fidelidad a la Iglesia…Inés sintió que esta vocación no era cosa suya sino de Dios y de la iglesia, lo hizo en fidelidad al proyecto de su Iglesia local y en comunión con los misioneros de la iglesia.

Desde estos valores franciscanos y amigonianos vivió su dimensión misionera convencida como estaba de que era también una opción congregacional.

Retomando nuevamente su vida vemos que Ecuador es el lugar donde ella pudo concretar su sueño, esto tampoco fue fácil hubo dificultades y luchas que tuvo que enfrentar y superar pero vivió siempre con mucha alegría. Su secreto el amor a Dios y a “esta porción” que se había constituido en su tesoro… “El amor no busca su propio interés…todo lo soporta” 1Cor. 13, 5-6.

Se siente feliz en la selva, en ella descubre vivamente a Dios. Siente su vocación de discípula y misionera. Fue a evangelizar pero se sintió “enseñada- evangelizada”

¿QUE NOS ENSEÑA CON SU TESTIMONIO?

Empiezo esta parte con relato de Jhon Magliola:

El niño vio la estrella y se puso a llorar.

La estrella le dijo: ¿Por qué lloras?

El niño le respondió: estás demasiado lejos ¡nunca podré tocarte!

Y la estrella le replicó:

¡pequeño, si yo no estuviera en tu corazón, no serías capaz de verme!

Quiero expresar que la pasión que sentía Inés por la misión con los Wuaorani era algo tan grande y a la vez tan sencillo como encontrar aquello que da sentido a nuestra vida. Los Wuaoranis fueron la pasión de Inés.

Aprendo de Inés y les comparto a los presentes especialmente a las mujeres que hay cosas que Inés vivió y que son tan actuales como en su momento lo fueron para ella.

Vivir el amor.- Si queremos hacer algo por los demás primeramente hemos de amarlos, es decir acogerlos en el corazón, eso no ha pasado de moda cuando queremos llegar a alguien no ha de ser por la fuerza ni la imposición sino desde el amor que dignifica…y todo ser humano pero nosotras en especial debemos dejar salir toda la capacidad de amar de que estamos dotadas y que impregne todo lo que hacemos aunque sean cosas sencillas…así lo hizo Inés.

Pero ella no sólo amó sino que se dejó amar, Inés escribe “me siento feliz entre ellos como hermana amada, respetada y acatada…” es importante no solo amar sino sentirse amada, acogida, respetada como Inés nos dice ya que eso genera confianza para el compartir, ellos le enseñaban las palabras y compartían sus relatos porque ella era una más entre ellos incluso dejará escrito “peligro entre ellos ni el más mínimo y antes de morir a la pregunta que más se repitió ¿no te da miedo? Ella dijo siempre “no tengo miedo” y es que donde hay amor no hay temor“ el amor hecha fuera el temor” nos dice 1Jn. 4,18

Ser humildes.- Valorando lo de los demás dispuestos siempre a aprender ella decía “recibimos de los indígenas una gran lección de fraternidad” refiriéndose al compartir de la comida…. Fue humilde también cuando convive con ellos sin saber su lengua, cuando aprende a silenciarse para acoger…. Vive la experiencia de morir para vivir.

La humildad nos abre la puerta en el corazón del otro.

Obrar por convicción… Inés está convencida de lo que quiere, lucha por eso y esta dispuesta a correr todos los riesgos. Cuando queremos realizar nuestros sueños encontramos dificultades y a veces los obstáculos nos desaniman. Podemos aprender a no renunciar… nos motiva a confiar y a encontrar estrategias para lograr lo que queremos… “no es un capricho mío dice en sus escritos…lo sentía muy hondo en sus ser y está convencida de que es de Dios y que no viene sólo de su gusto sino que es una opción el seguir trabajando con ellos.

No nos conformemos… Las cosas pueden ser diferentes. Tal vez haya a nuestro lado personas con la misma inquietud, dialoguemos, apoyémonos y sumemos fuerzas. Inés compartió su sueño y sumó fuerzas por la misma causa, era tal su convencimiento que al final había logrado el permiso para estar entre ellos… hoy como ayer es importante que nos vean y sientan convencidos en lo que promovemos.

Servir – ayudar.- Hemos dicho que era sensible a las necesidades de los demás. Está pendiente de su bienestar, de encontrar soluciones para sus realidades concretas, entre otras cosas les enseña los números y a firmar para que puedan sacar y tener su cédula de ciudadanía.

Era muy inteligente y detallista se aprendía los nombres de cada uno y los llamaba así, si sabía que algo les gustaba a ellos se los regalaba, quería que se sintieran bien…pero sobre todo amados.

Confiar en la gracia de Dios.- Inés fue una mujer que cultivó su vida espiritual desde la contemplación de la realidad se abrió a la experiencia de un Dios que acontece en todo y en todos, sintió que su vida le pertenecía a Dios y que él la conducía…confiaba en Dios, gastaba tiempo a la oración y por eso no duda de que sus deseos estén dentro del proyecto de Dios, además es en el encuentro con El, su Palabra y la Eucaristía que renueva su motivación y sus fuerzas.

Respecto de su relación con las mujeres, tomo un trocito del Libro crónica huaorani donde Mons. Alejandro habla sobre las mujeres en la comunidad Wuao.

“ Es vista milagrosamente como revestida de dignidad y protección social de su propia cultura, es realmente la reina del hogar respetada, amada y adornada de una seguridad interna personal que aparece en todo momento de que ella tiene su puesto junto a su esposo y que nadie la puede desear u ofender de hecho ni de palabra. Se dedica a sus trabajos con admirable seguridad, acompañada de sus hijas a quienes no abandona en ningún momento… la mujer tiene un puesto de gran importancia en la familia y sociedad Wuao.”

Son ellos los que piden a Mons. Alejandro que lleve a las mujeres extranjeras que hay en Nuevo Rocafuerte con la expresión las vamos a cuidar. El ve una gran oportunidad de evangelizar al pueblo Wuao por la participación misionera femenina.

Cuando ya Inés toma contacto con la comunidad huaorani ella nos dice como fue integrándose a ellos:

Ella es observadora y receptiva se integra a su realidad no de forma pasiva sino participando en sus actividades, relatos, comidas nos dice “Compartimos con ellos toda clase de alimentos por ellos acostumbrados…”

La evangelización que realiza es solo a base de convivencia y cariño hacia aquel pueblo olvidado en la selva. Suponemos que su convivencia sería el mayor tiempo con las mujeres y los niños Wuao. Con ellas compartía sus actividades y con los niños jugaba, cantaba y les enseñaba.

El carisma de Inés es ser misionera; un carisma que luego se ha de perfilar providencialmente ser misionera entre los más pobres, ser misionera de las minorías.

En su quehacer misionero hizo vida las palabras que Luis Amigó nuestro fundador nos escribió en una de sus cartas:

“Vosotros mis amados hijos e hijas a quienes El ha constituido zagales de su rebaño, sois los que habéis de ir en pos de la oveja descarriada hasta devolverla al aprisco del Buen Pastor. Y no temáis perecer en los despeñaderos y precipicios en que muchas veces os habréis de poner para salvar a la oveja perdida…” OCLA 1831.

Inés tu causa es la de Cristo y aun nos reclama compromiso, ruega a Dios para que quienes tenemos posibilidades podamos dar con generosidad y seguir apostando por los más desprotegidos.

Termino con un pensamiento que nos cuestiona ¿de qué estamos convencidas? A la vez nos anima:

A propósito de todo acto de iniciativa y de creación

es preciso saber una verdad elemental:

Que en el momento que uno se compromete con convicción,

 la providencia se pone de su parte.

(Johann Wolfang. Goethe)

Ánimo para todas. Muchas gracias.  

Bilma Freire

 

LA VIDA DE INÉS

 INÉS ARANGO VELÁSQUEZ

Religiosa Colombiana, nacida en Medellín, el 6 de abril del año 1937 y muerta en la selva ecuatoriana alanceada por los indios Tagaeri el 21 de julio de 1987.

 

PRIMERA PARTE: FAMILIA E INFANCIA

“Nací libre como el viento

de las sierras antioqueñas”

 

Así reza el himno de la GRAN ANTIOQUIA, donde vio la luz del día nuestra muy querida y siempre recordada hermana INÉS ARANGO VELÁSQUEZ.

Entre los más grandes de Colombia

Antioquia es el sexto departamento colombiano en extensión territorial. Rico en paisajes, montañas, cerros, verdes y frescos calles, ríos, llanuras con fértiles pastos, hermosas costas a la orilla de los dos océanos que rodean a la hidalga Antioquia: Océano Atlántico y Océano Pacífico. Situado al noroeste de Colombia, es un departamento líder y promisorio.

Medellín, su capital “Ciudad Industrial de las flores” “Capital de la Montaña”, denominaciones que tiene que ver con sus paisajes, sus tradiciones, sus recursos y deseo de realizaciones, rodeada de montañas y cruzadas de sur a norte por el río Medellín, el río principal de su hidrografía. Situada en el Valle de Aburrá a 1.525 metros sobre el nivel del mar, y un promedio de 24 grados, es una de las ciudades más grandes de Colombia.

Fundada en 1.675 y convertida en un gran centro industrial desde los años 30. es hoy por hoy ejemplo de vanguardia y pujanza Antioqueña que con brazos abiertos recibe visitantes de todo el mundo, Medellín mezcla la majestuosidad del Valle de Aburrá (llamado así por los indígenas que lo habitan a la llegada de los españoles), con la armoniosa combinación de estructuras del siglo XX, con el verde de sus árboles primaverales y as imponentes montañas que sirven de murallas alrededor de la ciudad.

Para aquel entonces, en tiempo de la niñez de Inés, todavía Medellín no tenía el aire majestuoso de ciudad, pero ya se vislumbraba el crecimiento y progreso que iba alcanzando en el campo económico, social, cultural, comercial, etc. Inés llevaba en sí, muy adentro, el espíritu de verdadera paisa, cuyas características entre otras son:

Es un ser amable al saludar, fuerte y decidido al estrechar la mano; malicioso y hábil al hablar de negocios, franco y fiel a su palabra, brusco al decir la verdad, pero lo que dice es cierto, optimista en la derrota, alegre en el triunfo. No importa donde haya nacido, porque es tan especial, tenaz, laborioso, soñador, tierno, honrado, trabajador, hablador, que capaz de nacer donde le plazca sin dejar de ser un paisa, es regionalista porque se siente orgulloso de lo suyo y seguro de lo que es. Trabaja a diario por Colombia; le ama sobre todo y ante todo. Si lo ve podrá decirle al mundo que conoció un Paisa.

 

SUS PADRES Y ANTEPASADOS.

En uno de los barrios de Medellín, en el BARRIO BELÉN, vio la luz de l día una niña para quien la providencia tenía reservados caminos impredecibles.

Allí vivía por aquel entonces el ejemplar y patriarcal matrimonio formado por don Fabriciano Arango y doña Magdalena Velásquez, descendientes ambos de raza antioqueña, de fervientes principios cristianos, practicantes y defensores de su fe, la que sabiamente con palabras pero sobre todo con su ejemplo, con su testimonio de vida, fueron infundiendo cada día a sus hijos, testimonio que dejó en ellos huellas imborrables y fue siempre una impronta que los guió y definió en sus decisiones ante la vida y como cristianos.

De esta unión matrimonial vino al mundo una corona de 12 hijos: 5 varones y 7 mujeres, familia que iba creciendo y bebiendo de tan precioso árbol la nutriente savia que alimentara la vivencia de una vida de fe, de temor de Dios, y de confianza sin límites en la Providencia.

El ambiente familiar de donde provenían don Fabriciano y Doña Magdalena, fue un ambiente “levítico”. Ellos mismos fueron alimentados y vivificados en hogares recios y fuertes en virtudes. Sus familias provenían de esos troncos que a manera de robles se yerguen para responder valientes las arremetidas de la vida. Encontramos en su árbol genealógico hermanos, tías y tíos sacerdotes, misioneros y sobre todo una familia muy enraizados en el árbol franciscano ¿Qué extraño que al formar su hogar, fuera éste una prolongación y remedo de lo que cada uno vivió en el suyo?

En la unión matrimonial formada por don Fabriciano y doña Magdalena se dieron a cabalidad las características del matrimonio cristiano: unidad e indisolubilidad, fidelidad y fecundidad. Y como fruto precioso Dios les regaló doce hermosos y promisorios descendientes: Hernán, Fabiola y Orfa; Rafael, Otto, Ángela, Magdalena, León y Conrado, Cecilia, Inés y Ana Isabel.

Siete mujeres, cinco varones, siendo Inés entre los doce, la undécima, Cada nuevo hijo traía a la familia nueva alegría, nuevas esperanzas, nuevo planes de vida para el futuro.

La vida en familia se iba desarrollando normalmente: un papá laborioso dedicado a su trabajo en la Banca, donde fue escalando diversas posiciones, gracias a su dedicación honradez y pulcritud de costumbres, un poco apretada la situación económica, según testimonio de uno de sus propios hijos, y nada de extrañar, debido al duro pero gozoso compromiso y a la obligación moral de sostener y levantar familia tan numerosa, doña Magdalena dedicada de lleno al cuidado de sus hijos y del hogar; laboriosa y difícil tarea. Gracias a que aún no se ha dado la liberación femenina, tuvieron estos hijos la fortuna de gozar de lleno de los cuidados, mimos y detalles de su mamá.

Fue un hogar alegre y dinámico, con la presencia de chicos llenos de vida, energía e inquietud. Hogar de sanas costumbres y tradiciones, no fue golpeado por la degradación de sus raíces, tales como la ambigüedad acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, ni por la desintegración familiar, etc. Al contrario, fue un centro de transmisión de valores con el testimonio de cada día, viviendo a cabalidad o aprendiendo de sus mayores las costumbres de la época,: misa diaria desde pequeños los que eran conducidos por sus padres, rosario, catecismo dominical, salidas y expansiones siempre juntos, todo un beber en las fuentes el agua fresca de una fe robusta, futuro esperanzador para esos hijos que poco a poco se van abriendo a la vida y buscaron quien antes, quién después, su realización personal sin encontrar oposición, sino orientación y apoyo en clima de libertad.

 

En cuanto a su hogar, Cecilia su hermana dijo:

“Nuestro hogar podemos decir que fue modelo de piedad, fervor y religiosidad, ya que mis padres fueron verdaderamente cristianos. Con un gran amor a la Virgen Dolorosa, todos los problemas eran colocados en sus manos… todas las noches se rezaba el rosario y antes de ir a la cama cada uno pedía la bendición y recomendaba se le llamara para ir a la Misa al día siguiente”

Con el pasar de los años estos hijos fueron encontrando caminos de futuro y se organizaron: Fabiola, Cecilia e Inés, Terciarias Capuchinas. Los varones todos, formaron sus hogares y los bendijeron con el sacramento del matrimonio, semilleros y ejemplo para sus hijos, dando lo que ellos recibieron en abundancia… hombres de negocios, profesionales otros, comprometidos con Dios, con la patria y con la sociedad a la que pertenecen o pertenecieron. Al igual que Orfa, Magdalena y Ana Isabel, Ángela permanece soltera, desde ese estado realiza un importante papel como cristiana comprometida, respondiendo desde allí a su plan de salvación, porque aunque estuvo algunos años formando para de la comunidad de Hermanas Terciarias Capuchinas, poco a poco fue discerniendo que su lugar estaba como laica, ayudando a quienes lo necesitan, y como lo hace cada uno y cada una, desde el lugar de su realización y cumplimiento de su misión. Para este momento, ya varios han pasado a la Casa del Padre: Rafael, Otto, Conrado, Orfa.

 

BAUTISMO CONFIRMACIÓN, PRIMERA COMUNIÓN

La pequeña Inés recibe, como todos los niños de la época, las aguas bautismales a los pocos días de nacida, en la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de Belén, costumbre con la cual la Iglesia quiere ser fiel al mandato del Señor y además, siempre ha estimado que no se debe privar a los niños del bautismo durante mucho tiempo, sin justa causa. Es también una tradición memorable que se debe respetar. Este acontecimiento produce en la familia alegría y regocijo.

Siguiendo el hilo conductor de su infancia, llegamos a la recepción del Sacramento de la Confirmación, donde reafirma su condición de cristiana, adquiere una configuración más profunda con Cristo y una mayor abundancia del Espíritu Santo, Espíritu que le dará la plena madurez en la fe hasta las últimas consecuencias, hasta la inmolación en la cruz del martirio, como en ella se realizó.

Recibió este sacramento el 6 de octubre de 1940 de manos del entonces Arzobispo de Medellín, Monseñor JOAQUIN GARCÍA BENÍTEZ, sacramento que recibió en compañía de su hermana Cecilia. Tenía entonces 3 años y medio.

La Primera comunión la recibió en el Colegio de la Presentación de Medellín cuando cursaba el Infantil, apenas abriéndose a la vida, y con el entusiasmo y la limpieza de quien en la flor de la inocencia se acerca a recibir al dueño de la vida desde siempre y para siempre.

La niñez de Inés sigue su curso, desarrollándose al ritmo de las exigencias y costumbres de cada día, suave y tranquila al lado de sus padres, hermanos y hermanas en actividades, juegos y distracciones propias de su edad.

En 1944 ingresa al Colegio de la Presentación donde cursa el Infantil y los grados primero y segundo de educación primaria. Los grados tercero, cuarto, quinto y parte del 1º. De Bachillerato los cursa en la escuela normal de la ciudad, dirigida por honorables y especializadas pedagogas, muy admiradas en la sociedad.

Sus actividades en esta época son las normales para una niña de su edad: asiste puntual y gozosamente al Catecismo Dominical, donde participa de todo lo planeado y organizado por quienes lo dirigían. Es huésped seguro en las fiestas infantiles a las que asistía en compañía de sus hermanas, ya que vivaracha como era, todo lo disfrutaba a cabalidad. En Navidad asistía al rezo de la Novena al Niño Jesús y participaba del canto de villancicos y coros navideños.

 

SEGUNDA PARTE: ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Con el devenir de cada día, Inés fue entrando en la adolescencia, periodo crítico plagado de ajustes y problemas. Se entra en la adolescencia con buena parte de los sentimientos, actitudes, capacidades y dependencias de la vida anterior. Lo normal es que culminada esta etapa ya se esté preparando para comportase como persona responsable y adulta.

 

Un autor desconocido escribe acerca de esta etapa:

“No estás sólo. Perteneces a una familia y a unos amigos. Formas parte de un pueblo o ciudad, de una tierra, de un país y de una cultura. Goza y disfruta con las cosas y personas que la vida ha puesto en tu camino; hacerse mayor es una hermosa aventura que exige esfuerzo y no un juego para caprichosos”.

Como su hermana Fabiola, Terciara Capuchina, había sido trasladada a la Normal La Mercede Yarumal, dirigida por esta comunidad religiosa, Inés se fue a su lado a continuar sus estudios; ahí termina el 1º. Bachillerato que había iniciado en la Normal Antioqueña cursa además el 2º. e inicia el 3º. Esto hasta 1953, cuando su hermana es trasladada nuevamente y entonces Inés también emprende viaje de regreso a Medellín.

Al regresar de Yarumal, en su casi obsesión por realizar su sueño misionero, resuelve entrar de aspirante a la Comunidad de las Hermanas Misioneras de la Madre Laura, donde solo permaneció por escasos meses, fue un paso fugaz, ligero, como decisión tomada también a la ligera por una adolescente sin experiencia de la vida,. Su destino estaba en otro lugar, ya la Providencia le iría mostrando los caminos, como en efecto sucedió. Al salir del aspirantazo en 1953 se matricula en el Colegio María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas, donde termina el tercer año de bachillerato y cursa el 4º. año.

En esta época de su adolescencia se descubren en ella rasgos muy característicos de su edad y su temperamento: decisiones rápidas y poco estables; temperamento franco, ardiente, búsqueda de un ideal que para aquel entonces, aún no lograba. Sus hermanas carnales, sus compañeras de colegio, han dejado constancia de en sus testimonios de algunas manifestaciones en su actuar. La describen: amante y delicada con sus padres y en general con su familia, muy fuerte su devoción a la Sma. Virgen, su amor por las misiones por las que trabajó con empeño y dedicación en las jornadas misionales que se organizaban. Por sus venas corría sangre misionera, familiares muy cercanos de sus padres se destacaron como misioneros infatigables. Cuenta una prima salesiana que cuando recibió la primera comunión le dijo: “Yo seré monjita para entregarme a las misiones”

Se granjeaba el cariño de cuantos rodeaban por su sencillez y su alegría. Tenía una risa contagiosa, amante de la verdad, era transparente, no aceptaba nada incorrecto, lo que la hizo aparecer a veces como intransigente, poco tolerante.

De gran sensibilidad para con los pobres y necesitados. Del dinero que le daban para sus dulces y gastos semanales reservaba para compartir con ellos, sobre todo con los indígenas que siempre fueron soñado ideal. Tuvo muchos admiradores, pero su vista miraba otros horizontes, cuando se presentaban para visitarla siempre buscaba quien la sustituyera, el Señor no la llamaba al matrimonio, así lo expresó en varias oportunidades.

 

TERCERA PARTE: NACIMIENTO DE SU VOCACIÓN.

“Mi vocación es un fuego que llevo en el alma, con susurros de amor y de calma, como un viento que corre veloz, no es ilusión, no”

Cantaba con energía y alegría. Desde pequeña Inés sintió siempre en su corazón el fuego abrasador que la impelía a mirar hacia arriba y escalar las alturas de la santidad y de la entrega. La gracia de Dios la iluminó e impulsó a consagrarse a Dios plenamente y para siempre. Son llamadas a las que no se puede resistir sino que llevan a la entrega sin reservas.

Fiel a este fuego e impulso misionero ingresa en la comunidad de las “Hermanas Misioneras de María Inmaculada y de Santa Catalina” comúnmente conocidas como Misioneras de la Madre Laura o más familiarmente, Lauritas.

 

LAS MISIONERAS DE LA MADRE LAURA Son una congregación colombiana, netamente misionera, fundada para construir el reino desde los más pobres, por la Madre LAURA MONTOYA UPEGUI, nacida en Jericó, Antioquia, Colombia, en 1874 y muerta en Medellín el 21 de octubre de 1949.

El 5 de mayo de 1914 salieron de la ciudad de Medellín, Laura Montoya Upegui en compañía de su madre y cinco jóvenes valerosas, iniciando lo que ella denominó “la obra de los indios”. El 14 de ese mismo mes y año, funda la congregación en las selvas antioqueñas de Dabeiba, con los indígenas Catíos.

La madre Laura tuvo una visión universal de su misión, celo sin límites de lugar, ni personas, ni tiempo, se afirma en su biografía; al morir la madre Laura deja 90 casas fundadas en tres países: Colombia, Ecuador y Venezuela, y su carisma misionero sigue latente como respuesta al “tengo sed” grito de Jesús en la cruz desde el abandono y la marginación en que se encontraban los indígenas. A esta congregación ingresó Inés cuando regresó de Yarumal, movida por el anhelo, casi que obsesión de ser misionera, ye entregarse a la evangelización de los indígenas; decisión ligera, sin mucha maduración, propia de sus edad adolescente, pero de admirar porque dio el primer paso para alcanzar lo que tanto anhelaba. Pero así como ingresó, rápidamente, así fue su decisión para salir. Permaneció únicamente por tres meses. Fue un paso fugaz, tres meses, pues no era el lugar para la realización y consumación de su vocación, y mas concretamente de su vocación misionera, solo que en su inquietante búsqueda creyó seria en el seño de esa comunidad donde encontraría el terreno propicio para la realización de sus sueños, pero… mis caminos no son vuestros caminos.

Cuenta una de sus hermanas, que una tarde llegó al convento de la Madre Laura doña Magdalena, su mamá, a cancelar el aporte que debían hacer las aspirantes; no la llamaron donde su mamá, pero ella, no se sabe cómo, la vio llegar y cuando se disponía a regresar a casa, la llamó y le dijo desde lejos, “mamá, espéreme que yo me voy con usted, yo no que quiero quedar más aquí” ¿Motivo?... en última instancia, caminos de la Providencia que guía amorosamente nuestros pasos en el caminar hacia el Padre, porque “Yo soy el barro, Tú eres el Alfarero Señor”. Al retirarse del aspirantazo de la Madre Laura, continúa estudiando el 3er. Año de bachillerato en el colegio de María Auxiliadora dirigido por las Hermanas Salesianas. Corría el año 1953.

Las Hermanas Terciarias Capuchinas fueron para Inés como un ambiente natural desde su infancia, puesto que su Hna. Fabiola ya pertenecía por aquel entonces a esta comunidad y así tuvo desde pequeña la oportunidad de familiarizarse con las hermanas, conociéndolas poco a poco.

Esta comunidad fue fundada por FRAY LUIS AMIGO Y FERRER Obispo de Segorbe, el 11 de mayo de 1885.

En 1884 el joven Luis de Massamagraaell contaba solo 30 años, cuando movido por el Espíritu emprendió la colosal aventura de fundar esta comunidad, y cuatro años más tarde fundó la Comunidad de los Padres Terciarios Capuchinos de Ntra. Señora de los Dolores.

El Padre Luis había nacido en Massamagrell – España – el 17 de octubre de 1854. Desde niño sintió la llamada del Señor para consagrarse a su servicio. Después de vencer varias dificultades ingresó a la Orden Capuchina en Bayona Francia, el 12 de abril de 1874; tenía entonces 19 años; al regresar a España fue ordenado sacerdote en 1879.

Desde Massamagrell, su pueblo natal, ejerció su apostolado con varios grupos seglares y fue precisamente trabajando con estos grupos donde recibió la inspiración de fundar sus dos congregaciones, como él mismo lo escribe:

“El progreso siempre creciente de la Tercera Orden Seglar y el deseo de mayor perfección de algunas almas que querían consagrarse a Dios, me impulsaban ya mucho tiempo a intentar la fundación de una Congregación de Religiosas Terciarias Capuchinas y, creyendo ser voluntad de Dios, empecé a escribir unas Constituciones implorando para ello el auxilio divino”

La forma cómo surge esta Congregación pone de manifiesto los designios ocultos del Señor. El Padre Luis al escribir las Constituciones dejó muy en claro el espíritu propio de la Congregación. Le debe distinguir el espíritu cristiano en el amor y enmarcar su vida en la penitencia y en la minoridad franciscanas, dedicándose unas veces a la contemplación y otras a socorrer, con dedicación y esmero, las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, como la expresa en sus escritos:

“Las hermanas servirán al Señor en vida mixta, entregándose unas veces a las dulzuras de la contemplación y dedicándose otras, con solicitud y desvelo al socorro de las necesidades corporales y espirituales de sus prójimos, en los hospitales, asilos y casas de enseñanza… si en algún día La Sagrada Congregación de Propaganda FIDE las pidiese para las misiones entre infieles, se prestarán con toda docilidad”.

En 19885 el mismo año la fundación de las Hermanas Terciarias Capuchinas se desató en España, y sobre todo en Valencia, una terrible epidemia de CÓLERA ASIÁTICA que afectó profundamente la población, a tal punto que no encontraban quien atendiese a los enfermos ni quien le diera sepultura a los muertos.

Las autoridades angustiadas acudieron al Padre Luis pidiendo su heroica ayuda. Él expuso la situación al grupo de Hermanas que apenas iniciaban. Todas se ofrecieron generosamente. Cuatro se fueron a prestar el servicio en Massamagrell, y tres de ellas murieron contagiadas de la enfermedad.

Dejemos que sea el Padre Luis quien nos narre:

… “Por ser este un acto heroico me limité a exponer a las religiosas la petición y decirles que si alguna se veía con ánimo para ejercer la caridad me lo dijese. No hubo alguna que no se ofreciese al sacrificio. Se designaron cuatro que fuesen a Massamagrell…”

El diario “Las Provincias” se hizo eco del heroísmo de las hermanas de la naciente comunidad;

“Una simple invitación que los vecinos de Massamagrell hicieron a las hermanas terciarias capuchinas ha sido bastante para que se ofreciera toda la comunidad a asistir a los enfermos coléricos, siendo preciso que la superiora contuviera su fervor marchando solo alguna de ellas… es de desear que estas heroicas mujeres que en aras de la caridad corren a los sitios más peligrosos para cuidar a los coléricos, se prevengan en lo posible la epidemia”.

Como se aprecia, ya desde sus inicios la congregación da muestra de la entrega y vocación martirial de sus miembros.

Corría el 1954, año centenario del nacimiento del Padre Luis; una solemne celebración Eucarística se había preparado en el Noviciado Getsemaní, situado en Medellín, Belén para conmemorar este gran acontecimiento. A esta celebración fueron invitados los familiares de las hermanas, y la Hna. Fabiola hizo a Inés una invitación especial. Como era de esperar, la inquieta y dinámica Inés asistió llena de entusiasmo.

“En esta celebración iba a ingresar una joven – cuenta su hermana Cecilia que en aquel momento era novicia terciaria capuchina – cuando Inés se dio cuenta de ello, acudió donde la Madre Provincial, y le pidió que la recibiera. Ella le respondió que imposible, que estaba muy joven y que sus papás no sabían nada; siguió insistiendo y entonces la Madre llamó a Fabiola y le consultó. Decidieron entonces que ingresara y llamaron a la casa para dar esta noticia a mis padres, quienes al instante acudieron presurosos para asistir al ingreso… ”

 

Y en otra nota apunta la misma hermana:

“Su ingreso fue a las 11 a.m. después de la Misa Solemne en una sencilla ceremonia en la que se cantaban la Salve Regina, y luego el abrazo de toda la comunidad como señal de acogida. Desde ese momento solo pensaban en su misión, cada vez que tenía oportunidad de manifestar este deseo, lo hacía”.

 

PARTE CUARTA: SOR MARIA NIEVES DE MEDELLÍN

Con inmensa alegría, no pos eso sin dolor, Inés se despidió de los suyos, feliz de iniciar el camino que tanto había buscado y anhelado y que al fin se veía transitándolo en búsqueda de la realización de su ideal.

La esperó y acogió su familia religiosa quienes con verdadero amor fraterno la recibieron con un abrazo que no se quedó en simple símbolo de acogida, sino que se fue haciendo día tras día realidad. Inició entonces el Postulantado, tiempo destinado a la preparación para recibir el Hábito religioso, tiempo previo al Noviciado.

“Porque es imposible conocer a primera vista las cualidades de una joven y su vocación, ni esta, si los rigores de la Orden son o no sobre sus fuerzas, por eso antes de darle el Santo Hábito, se le tendrá como postulante, el cual tiempo pasará en el noviciado siguiendo en un todo los ejercicios a que se emplean las novicias”.

Su maestra de Postulantes, la Hermana Esperanza Vélez en sus testimonios nos dice de ella, acerca de cómo la vio en el postulantado.

“Era una persona muy decidida en su vocación, alegre y fervorosa especialmente en sus relaciones con el Señor Sacramentado y con la Inmaculada, una persona muy servicial dispuesta para todo, ningún trabajo era grande para ella, inquieta espiritual y físicamente, no se sabia estar en un solo punto mucho tiempo, era activar por naturaleza, de un modo de ser muy agradable, buena con sus compañeras, amiga de ayudar al que necesitaba y como tenía muchas cualidades podía ayudar mucho, porque no solo intelectualmente era muy capacitada, sino que humanamente tenía muchos dotes. El defecto que siempre se le corrigió a Inés era que era muy primaria, sus respuestas duras que de inmediato le causaban remordimiento, porque era una persona muy delicada de conciencia, como ella era así a la carrera quería que todo el mundo marchara a su compás y eso no se consigue”.

El periodo duraba seis meses o un poco más los que pasó en el Noviciado “Getsemaní” en Medellín. Transcurrido este tiempo tiene lugar la “Toma de Hábito” el dos de julio de 1955, ceremonia que fue presidida por el sacerdote José Lozano, terciario capuchino. Como era costumbre recomendada por el mismo padre Luis, cambió su nombre de pila por su nombre de religión SOR MARÍA NIEVES DE MEDELLÍN

Con la investigación del hábito se inicia el Noviciado y con esta etapa se inicia propiamente la Vida Religiosa. Es un tiempo más largo y con mayores responsabilidades y más fuertes decisiones; tiempo dedicado a que las novicias se arraigan más en la virtud y adquieran el espíritu seráfico que debe animar a las hijas del Patriarca de Asís, aprendiendo en que consiste la vida de la perfecta religiosa y verdadera terciaria capuchina.

El año del noviciado transcurrió normalmente; alegre como era, la infundía diáfana y ampliamente a sus compañeras, sorteando con valentía las inevitables dificultades, convencida de que la fe no las elimina y porque sabía que Dios vela y camina con nosotros aunque algunas veces a distancia. Puede parecer que Dios está ausente pero El no puede permitir que se hundan los suyos aunque deja actuar las causas segundas; lo definitivamente grave es el hundimiento de la fe. Pero pasaron los días e Inés continuó firme en su caminar.

Transcurrido el año de noviciado hizo su Profesión Religiosa el 7 de Julio de 1956 en Eucaristía que presidió el Padre Aureliano Restrepo, cuando contaba con 19 años de edad.

Con la Profesión Religiosa terminó la etapa de formación y pasó entonces a ejercer el apostolado en las diferentes obras que tenía la Provincia de San José. Fue designada para dedicarse a la tarea de la Educación.

 

QUINTA PARTE: SOR MARIA NIEVES COMO RELIGIOSA Y COMO EDUCADORA

Desde siempre y por siempre Inés soñó con ser misionera lo hemos afirmado ya varias veces, y misionera entre indígenas, pues en el sentido amplio de la palabra, todos somos misioneros al cumplir cada día la misión que Dios nos encomienda.

Como la Provincia no tenía obras dedicadas a las misiones entre indígenas, fue destinada a trabajar en los colegios que tenía la Provincia a los que Inés les dedicó buena parte de su vida, con entrega, dedicación y esmero. Prueba de ello son los diferentes testimonios emitidos por sus alumnas y hermanas que trabajaron con ella.

Inicia su misión como educadora, al estilo de Jesús, como misionera itinerante, por quien ella se dejó guiar, combatiendo con energía las debilidades naturales con fuerza certeza y seguridad a la manera de San Pablo: “Sé de quien me he fiado”. Cumplió con dedicación su trabajo, con sentido de humor para ver la vida con alegría y optimismo. Por eso porque era una hermana alegre, era de esas personas que conservan siempre su juventud, por eso era muy atrayente para con las alumnas con quienes siempre tuvo muy buenas relaciones; exponía sus puntos de vista sin violentarlas, les sabía exigir cuando era necesario sin violentarlas. La Hna. María nieves, la joven educadora, gozó siempre de gran acogida entre sus alumnas, quienes acudían a ella a pedir orientaciones especiales en sus momentos difíciles y siempre se retiraban confortadas y animadas.

En 1956 apenas emitió su primera profesión fue destinada al colegio “Manuela Beltrán” en Versalles (valle del Cauca), pero al siguiente año 1957 pasa al Colegio “Santa Inés en Bolívar 8Antioquia). Su Superiora local, la Hna. Blanca Myriam Arroyave, en su testimonio entre muchas cosas dijo:

“… El Señor me regaló convivir con la Hna. Inés en dos ocasiones, en Bolívar y años después en Armero, la conocí muy a fondo, guardo gratos recuerdos de ella y ahora como en aquel entonces sigue siendo mi ayuda. Fue siempre la persona generosa, activa, en sumo grado, nada se le dificultaba… leía en su mirada franca y sincera que me decía: ¿qué necesita? La alegría fue siempre una característica muy especial suya…”

En 1958 fue trasladada al Colegio “Santa Rosa de Lima” en Jericó (Antioquia); aquí emitió su profesión perpetua el quince de agosto de 1959 al cumplir tres años de votos temporales, en Eucaristía oficiada por el Señor Obispo de la Diócesis Monseñor Antonio José Jaramillo.

Allí estuvo acompañada por su familia en momento tan importante y decisivo para quien ha consagrado su vida al Señor, y poder hacerlo ahora en forma definitiva; esto en lenguaje jurídico, puesto que teológicamente hablando la entrega definitiva ha sido desde el sí de la Primera Profesión.

Acariciando y esperando el momento de marchar a las misiones, continúa prestando sus servicios como educadora. En 1960 estuvo como en la Norma “Nuestra Señora del Carmen” en Cereté (Cordoba), donde además obtuvo su título de Normalista Superior en 1964. Continuó laborando en el mismo establecimiento hasta cuando al finalizar 1967 es trasladada al Colegio “Sagrada Familia” en Armero (Tolima)

De sus alumnas se tiene testimonios valiosos y gratificantes. Citamos los de Eyder Tocher hoy terciaria capuchina:

 

Escribiendo a hna. Cecilia Arango le dice:

“Tú sabes el cariño la gratitud de quienes tuvimos la dicha de ser sus alumnas y más las internas… vivimos tan cerca alegrías, triunfos, fracasos,… ese pequeño cuerpo encerraba un alma gigante,… aprendí de ella como de un libro abierto, porque su vida fue perenne testimonio de entrega, de abnegación. Inés no conocía el cansancio para entregarse y servir”.

Los años 1969 – 1971 los vive en la Normal “La Merced” de Yarumal donde encontró gratos recuerdos de su adolecía y donde encontró a la Hna. Esperanza Vélez como superiora de la Comunidad, las mismas hermanas que había sido su muestra de postulantes….

Pasa luego al colegio de María de El Peñol (Antioquia), en 1974 fue trasladada al Colegio La Inmaculada de Puerto Berrío donde regresó en 1976, después de estar en el colegio La Inmaculada de Medellín y nuevamente en Armero en 1975.

Veinte años de paciente y desesperada espera para ser “misionera de verdad” como ella misma lo decía. Veinte años como educadora cuando su mirada siempre estuvo con las misiones, pero es Dios quien mueve y el hombre es movido por Dios.

“Yo me entré para ser misionera y me han dejado de maestra, ayúdeme usted que puede”, decía a la Hna. Ana Dolores Rojo en diálogo con ella, Superiora provincial de entonces. El Evangelio invita a estar abiertas a eventualidades dispares y opuestas.

Cuando la Hna. Beatriz Arbeláez (q.e.p.d.) se le solicitó hacer un flash acerca de Inés, escribe:

“Una mujer dinámica, entusiasta, activa, emprendedora, destacaría especialmente su dinamismo y su sentido de responsabilidad, su inquietud por la evangelización. Yo la conocí en Armeo, y además desde su trabajo como educadora con Amelia Echeverri se iban después de terminar las clases del colegio a una hacienda a dar catequesis a los niños que se preparaban para recibir los sacramentos; yo admiro mucho ese trabajo, porque el clima de Armero es muy fuerte, demasiado caliente, ellas no conocían la fatiga… Dentro de la comunidad era muy diligente y ágil poco paciente para acostumbrarse al ritmo de los otros, un poco colérica y tajante, cuando tenía que decir las cosas, su dinamismo la llevaba actuar así. Esto aunque pudiera verse como negativo es también muy positivo depende de uno según con quienes uno viva; personas así ayudan a despertar una comunidad a dinamizar un grupo”.

Y llegó la hora marcada y fijada por Dios para abrir a Inés el camino hacia la plenitud de sus sueños e ideales durante una vida y una larga espera ¡Misionera de verdad!

Fue su único ideal, como lo repitiera meses antes de morir, sueño al que hubo que esperar para verlo realizado, pero no porque ella no lo hubiera buscado y tocado en muchas puertas sin obtener respuesta inmediata. Cuando la provincia de la Inmaculada empezó una misión en el Zaire. Inés pensó que también ella podría ser misionera en África, como 5 hermanas de esa provincia que en 1971 llegaron a Kansenia.

En 1973, cuando se hablaba de la misión en Mitú a cargo de la Provincia del Sgdo. Corazón en los Llanos orientales de Colombia, Inés presentó una petición escrita para formar parte de la misma, pero esta solo se inició en 1978.

A petición del Superior de la Misión de Aguarico en el Ecuador y Prefecto Apostó lico de entonces Monseñor Jesús Langarica, las hermanas Terciarias Capuchinas llegaron a Ecuador en 1977 y en esta ocasión Inés fue designada para ir a trabajar en esa misión.

Al fin se cumplió su sueño tan acariciado, anhelado y esperado, ahora sí ¡misionera de verdad! Ahora sí tiene ante ella el inmenso horizonte y las selvas tanto tiempo deseadas y añoradas.

Ahora puede respuesta a esa vocación especial a la que el Señor le llamó, inmenso regalo como toda vocación; ahora puede saciar la sed de Jesús entre los más pobres y necesitados.

Nuevamente es la hna. Cecilia habla y describe la vocación misionera de su hermana, desde su pronto de vista:

“Tuvo que esperar 20 años para que al final la mandaran a las misiones. Llegado el momento no vaciló. Tenía muy claro en su mente y corazón las características de un buen misionero: pobreza absoluta, desprendiéndose de sus seres más queridos, su patria y hasta de su lengua, ya que tenía que aprender algunos dialectos, pero feliz marchó, sin tener en cuenta la enfermedad de mi mamá y también su edad avanzada. Marchó con el mayor entusiasmo y alegría sin limites… en todo lo que hacía y admiraba, contemplaba la presencia de Dios como lo hiciera San Francisco de Asís”

Inicia Inés una nueva etapa de su vida, llena de ilusiones y plena en realizaciones, esperando llevar a cabo los planes que durante una vida acarició, asumiendo realidades impensables pero aceptadas de antemano, pues bien sabía los riesgos que correría en sus peligrosos pero anhelados viajes en la misión. Fue su gesto, fue su anhelo, fue su ideal.

 

Hna. Estela Gómez Pineda. Terciaria capuchina.

 

Nota. Desde su llegada a Ecuador, la vida de Hna. Inés corre paralela con la de Mons. Alejandro Labaka hasta su muerte. También sus tumbas están juntas en la catedral de Coca.

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